Casados por Venganza

Capítulo 40 Los diez minutos

El eco de la voz amplificada permaneció suspendido sobre las montañas.

Tienen exactamente diez minutos para entregar el Archivo Original. Después de ese tiempo… Santa Aurora dejará de existir.

Nadie habló.

El silencio fue mucho más aterrador que la amenaza.

Helena seguía observando por la estrecha abertura de piedra.

La lluvia había comenzado nuevamente.

Las gotas golpeaban los antiguos tejados del monasterio mientras una interminable fila de vehículos negros avanzaba lentamente por el único camino de acceso.

No eran patrullas.

No eran vehículos militares.

Carecían de cualquier identificación oficial.

Solo llevaban el extraño emblema plateado.

El círculo abierto atravesado por una línea vertical.

Un símbolo que ninguno de los jóvenes había visto jamás.

Pero los ancianos sí.

Y el miedo que apareció en sus rostros bastó para comprender que el verdadero peligro acababa de llegar.

Adrián caminó hasta Ignacio.

—¿Quiénes son?

Ignacio no respondió inmediatamente.

Observaba fijamente el símbolo reflejado por uno de los focos exteriores.

Parecía estar recordando algo que había intentado olvidar durante toda una vida.

Finalmente habló.

—Se hacen llamar El Círculo del Umbral.

No son una familia.

No son una empresa.

Ni un gobierno.

Son una organización que ha sobrevivido cambiando de nombre durante generaciones.

Su única misión consiste en controlar toda información capaz de alterar el equilibrio del poder.

Tomás completó la explicación.

—Cada vez que una verdad podía transformar la historia…

Ellos desaparecían a quienes la conocían.

Ramiro sintió un escalofrío.

—¿Y nosotros?

Ignacio lo miró con gravedad.

—Ustedes nunca fueron el objetivo.

El objetivo…

Siempre fue este lugar.

Gabriel volvió la vista hacia la inmensa biblioteca.

Miles de documentos.

Siglos de memoria.

Comprendió entonces la magnitud de la amenaza.

No pretendían robar una fortuna.

Pretendían borrar una historia completa.

Valentina pasó lentamente la mano sobre uno de los antiguos diarios.

Pensó en Victoria.

En Julián.

En Ernesto.

En Arturo.

Todo el sacrificio realizado para conservar aquellos archivos podía desaparecer en una sola noche.

—No podemos permitirlo.

Su voz fue firme.

Adrián la observó.

Aquella mujer que había conocido consumida por el orgullo ahora estaba dispuesta a proteger un legado que ni siquiera le pertenecía.

Sintió una inmensa admiración.

Esteban de Aranda caminó hasta la enorme mesa circular.

Las cuatro llaves continuaban brillando.

Apoyó ambas manos sobre la madera.

Después levantó la vista.

—Existe otra salida.

Todos lo miraron.

Tomás negó lentamente.

—Juramos que jamás volveríamos a utilizarla.

—Lo sé.

—Es demasiado peligrosa.

—También lo sé.

León intervino.

—¿De qué están hablando?

Esteban respiró profundamente.

—Cuando construimos Santa Aurora…

No levantamos solo un monasterio.

Construimos un refugio.

Y todo refugio necesita una última defensa.

Helena comprendió antes que nadie.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿La Cámara puede sellarse?

Esteban asintió.

—Completamente.

Alejandro palideció.

—Pero eso dejaría atrapados a quienes permanezcan dentro.

Un largo silencio respondió la pregunta.

Nadie necesitó explicaciones.

Gabriel miró uno por uno a los presentes.

Comprendió inmediatamente cuál era el pensamiento de los ancianos.

Pensaban quedarse.

Sacrificarse.

Como ya lo habían hecho una generación atrás.

Dio un paso adelante.

—No.

Esta vez no.

Ignacio levantó lentamente la mirada.

—Es la única forma.

—No.

Es la única forma que ustedes conocen.

Nosotros encontraremos otra.

Aquellas palabras hicieron sonreír a Victoria… aunque solo existiera en el recuerdo de quienes la habían amado.

Tomás cerró los ojos.

Era exactamente lo que ella habría dicho.

No aceptar un sacrificio como única respuesta.

Buscar siempre un camino diferente.

Mientras tanto, en el exterior, el convoy terminó de rodear completamente el monasterio.

Del vehículo principal descendió un hombre alto, vestido con un impermeable negro.

Su rostro permanecía oculto bajo la capucha.

A su lado caminaban mujeres y hombres con la misma vestimenta.

Nadie hablaba.

Todos parecían actuar con una disciplina absoluta.

El desconocido levantó lentamente la vista hacia la torre principal.

Después consultó un antiguo reloj de pulsera.

—Nueve minutos.

En el interior de la Cámara, Helena seguía revisando frenéticamente los documentos.

Algo no encajaba.

Si aquella organización llevaba décadas buscando el Archivo Original…

¿Por qué esperó precisamente hasta esa noche?

¿Por qué no había atacado antes?

Sus dedos recorrían rápidamente cientos de páginas.

Hasta que encontró una carta escrita por Arturo.

Solo contenía una frase.

“Nunca atacarán mientras el Archivo permanezca incompleto.”

Helena sintió un sobresalto.

—¡Ya sé por qué vinieron!

Todos giraron hacia ella.

—No buscan los documentos.

Buscan la última firma.

El contrato quedó completo hace apenas unos minutos.

Antes…

El Archivo no tenía valor para ellos.

Ignacio cerró lentamente los ojos.

—Exactamente.

Por eso esperaron cuarenta años.

Valentina recordó entonces la firma oculta.

La sexta firma.

Nunca llegaron a descubrir el nombre.

Todo había sido interrumpido por la llegada del convoy.

Miró el contrato proyectado sobre la mesa.




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