Las cuatro llaves comenzaron a vibrar al mismo tiempo.
No era un movimiento violento.
Parecía una llamada.
Un reconocimiento.
Como si, después de décadas separadas, hubieran percibido la cercanía de una hermana perdida.
La tenue luz dorada que emitían se volvió más intensa hasta envolver la gran mesa circular.
Nadie se atrevía a tocarlas.
El silencio era absoluto.
El joven mensajero seguía arrodillado, respirando con dificultad. La sangre que descendía por su brazo izquierdo comenzaba a formar un pequeño charco sobre el antiguo piso de piedra.
Amelia Mendoza se inclinó junto a él.
—Respira despacio, Daniel.
Ya estás a salvo.
El muchacho negó con la cabeza.
—No…
Aquí ya nadie está a salvo.
Ellos encontraron el Sendero del Norte.
La expresión de Tomás Beltrán cambió por completo.
—Eso es imposible.
Ese acceso fue destruido hace cuarenta años.
Daniel levantó lentamente la vista.
—No estaba destruido.
Solo estaba oculto.
Y alguien les mostró el camino.
Aquellas palabras cayeron como una losa.
Gabriel fue el primero en reaccionar.
—¿Quieres decir que tienen un infiltrado?
Daniel tragó saliva.
—No.
Quiero decir que siempre lo tuvieron.
El silencio regresó.
Las miradas comenzaron a cruzarse entre todos los presentes.
Nadie quería sospechar de nadie.
Después de todo lo vivido, desconfiar nuevamente parecía el peor de los castigos.
Valentina dio un paso adelante.
—No vamos a repetir los errores del pasado.
No volveremos a acusarnos sin pruebas.
Amelia sonrió discretamente.
Victoria habría dicho exactamente lo mismo.
Ignacio permanecía inmóvil frente al enorme mapa de la Cámara.
Observaba atentamente los antiguos corredores que aparecían grabados sobre la piedra.
Había algo que no terminaba de comprender.
—Daniel…
¿Viste al hombre que llevaba la quinta llave?
—Sí.
—Descríbelo.
El joven cerró los ojos intentando recordar.
—Era alto.
Muy elegante.
Cabello oscuro con algunas canas.
No parecía un soldado.
Parecía…
Como si perteneciera a este lugar.
Tomás intercambió una mirada con Esteban.
Aquella descripción despertaba demasiados recuerdos.
Mientras tanto, en el exterior del monasterio, la lluvia comenzaba a intensificarse.
Los vehículos negros permanecían inmóviles.
Ninguno de sus ocupantes mostraba ansiedad.
Esperaban.
El hombre que dirigía el operativo observaba la antigua construcción a través de unos binoculares.
Llevaba un largo abrigo oscuro y guantes de cuero negro.
Colgado del cuello brillaba un antiguo medallón.
No era un adorno.
Era una llave.
De plata envejecida.
Más grande que las otras cuatro.
Sobre ella podía distinguirse un símbolo distinto.
Cinco estrellas formando un círculo.
El hombre sonrió.
—Ya pueden sentirla…
susurró.
Una mujer se acercó hasta él.
—¿Entramos?
Él negó con calma.
—Todavía no.
Quiero que sean ellos quienes terminen de abrir el Archivo.
Así evitaremos cometer el mismo error de hace cuarenta años.
En la Cámara de los Orígenes, Helena seguía examinando frenéticamente los documentos.
Había encontrado un viejo plano del monasterio completamente diferente al que conocían.
El edificio parecía mucho más grande.
Mucho más complejo.
Decenas de túneles comunicaban distintas dependencias.
Pero hubo uno que llamó especialmente su atención.
Estaba marcado con tinta azul.
Y terminaba en una sala desconocida.
Sobre ella solo podía leerse una inscripción.
Sala del Pacto.
Helena levantó inmediatamente la vista.
—Amelia…
¿Existe otra cámara?
Amelia permaneció en silencio unos segundos.
Finalmente respondió.
—Sí.
Pero jamás debía abrirse.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Por qué?
La mujer respiró profundamente.
—Porque allí se tomó la decisión que cambió el destino de nuestras familias.
Y también…
La que las condenó.
Adrián caminó lentamente hasta el enorme ventanal de piedra.
Observó la tormenta.
Durante unos instantes pensó en lo lejos que habían quedado los días en que todo parecía reducirse a un matrimonio por contrato.
Sonrió para sí.
Aquel documento, que había nacido como un instrumento de venganza, había terminado convirtiéndose en el puente que unía dos familias rotas.
Sintió la presencia de Valentina a su lado.
Ella apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.
—¿En qué piensas?
—En que jamás imaginé que terminaríamos aquí.
Valentina sonrió.
—Ni yo.
Creí que te odiaría para siempre.
Adrián la miró con ternura.
—Y yo estaba convencido de que nunca volvería a confiar en nadie.
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Parece que los dos nos equivocamos.
No hubo necesidad de decir nada más.
En medio de tanta incertidumbre, aquel instante de calma era el mayor tesoro que poseían.
Alejandro se acercó lentamente a Tomás.
—¿Recuerdas la última vez que vimos la quinta llave?
Tomás cerró los ojos.
—Perfectamente.
Era una noche como esta.
Llovía.
Victoria insistía en que el Archivo debía dividirse.
Ignacio defendía mantenerlo unido.
Arturo permanecía en silencio.
Y Amelia…
Amelia propuso una tercera opción.
Guardar el verdadero legado en un lugar donde nadie pensara buscarlo.
Amelia bajó la mirada.
—Pensé que era la única forma de protegerlo.
Alejandro preguntó con voz temblorosa:
—¿Funcionó?
La mujer respondió con una tristeza infinita.
—Solo durante cuarenta años.
El cilindro metálico emitió un nuevo sonido.