Casados por Venganza

Capítulo 48 El Cofre del Futuro

Las palabras de Isabella Montfort quedaron suspendidas bajo la inmensa cúpula de cristal.

Porque si lo abren… descubrirán que Victoria no solo predijo nuestro presente. También escribió el nombre de la persona que la traicionará… antes de que todo termine.

El jardín quedó en absoluto silencio.

Ni siquiera el murmullo del río parecía atreverse a romper aquel instante.

Todos dirigieron lentamente la mirada hacia el séptimo cofre.

El único sin apellido.

El único destinado a una familia que todavía no existía.

Valentina sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquella inscripción ya había despertado demasiadas preguntas.

Ahora escondía una amenaza aún mayor.

Adrián dio un paso adelante.

—Si Victoria escribió ese nombre…

¿Significa que nuestro destino ya está decidido?

Samuel Ortega negó lentamente.

Su voz sonó tranquila.

—No.

Victoria jamás creyó en un destino inamovible.

Creía en las personas.

Y las personas siempre pueden elegir.

Clara Ferrer se acercó al viejo olivo.

Apoyó una mano sobre su inmenso tronco.

La corteza parecía tibia.

Como si el árbol estuviera vivo de una forma diferente.

—Este lugar fue construido para recordar algo muy sencillo.

Todos la observaron.

—Las raíces no obligan a las ramas a crecer en una dirección.

Solo les dan la fuerza para hacerlo.

Gabriel sonrió levemente.

Aquella frase resumía todo lo que habían descubierto desde que llegaron al monasterio.

Leonardo Sarriá permanecía inmóvil junto a la entrada del jardín.

Sus hombres aguardaban en silencio.

Ninguno parecía dispuesto a avanzar sin una orden.

Sin embargo, Leonardo ya no miraba los cofres.

Observaba a Adrián y Valentina.

Recordaba el tiempo en que él también había creído que el amor podía cambiar el rumbo de una vida.

Hasta que lo perdió todo.

Daniel lo contempló desde la distancia.

Por primera vez comprendió que incluso los hombres más duros podían estar construidos sobre antiguas heridas.

Helena comenzó a recorrer lentamente la mesa de piedra.

Los seis primeros cofres eran prácticamente idénticos.

Solo cambiaban los apellidos grabados.

Pero el séptimo era diferente.

No estaba hecho de madera.

Era de mármol blanco.

Y en su tapa aparecía una delicada rama de olivo entrelazada con dos alianzas.

No tenía cerradura.

Solo una pequeña cavidad circular.

Valentina la observó atentamente.

—Parece…

Como si esperara algo.

Samuel sonrió.

—Exactamente.

Amelia se acercó.

Observó la pequeña cavidad.

Después dirigió la mirada hacia la alianza que Valentina llevaba en la mano.

Sus ojos se iluminaron.

—Victoria…

Siempre fuiste imposible de superar.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Amelia respondió con una sonrisa.

—No diseñó una cerradura.

Diseñó un acto de confianza.

Todos comprendieron casi al mismo tiempo.

Valentina levantó lentamente la antigua alianza de Arturo y Victoria.

La acercó a la cavidad.

Encajaba perfectamente.

Pero no la colocó.

Miró primero a Adrián.

—¿Estás seguro?

Él sonrió.

—Hace mucho que dejé de tener miedo de caminar contigo.

Valentina respiró profundamente.

Introdujo lentamente la alianza.

No ocurrió nada.

Durante unos segundos, absolutamente nada.

Después…

El mármol comenzó a iluminarse desde su interior.

Una fina línea dorada recorrió toda la superficie del cofre.

El jardín entero pareció despertar.

Las hojas del inmenso olivo comenzaron a moverse aunque el aire permanecía completamente inmóvil.

El río aumentó ligeramente su caudal.

Miles de pequeñas luces aparecieron entre las flores blancas.

No eran luciérnagas.

Parecían diminutas partículas de luz suspendidas en el aire.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Los seis cofres con apellidos comenzaron a abrirse al mismo tiempo.

Ramiro se acercó inmediatamente al suyo.

Dentro no había dinero.

Ni joyas.

Ni documentos de propiedad.

Solo una carta cuidadosamente doblada.

Cada familia tenía exactamente una.

Tomás abrió lentamente la correspondiente a los Beltrán.

Helena hizo lo mismo con la de los Alcázar.

Amelia tomó la de los Mendoza.

Nadie habló.

Todos comenzaron a leer en silencio.

Las lágrimas aparecieron casi de inmediato.

Aquellas cartas no contenían secretos.

Contenían perdones.

Victoria había escrito personalmente a cada familia.

No para juzgarla.

Sino para agradecer aquello que, incluso en medio de los errores, habían hecho por proteger el futuro.

Tomás apenas pudo susurrar:

—Nunca nos culpó…

Amelia cerró los ojos.

—Nos comprendió.

Gabriel observaba con emoción.

Victoria había conseguido algo extraordinario.

Después de cuarenta años, estaba reconciliando a personas que habían vivido enfrentadas toda una vida.

Isabella también contemplaba la escena.

Su serenidad comenzaba a desmoronarse.

No era aquella resolución la que había imaginado.

Solo permanecía cerrado el séptimo cofre.

El destinado a la familia que todavía no existía.

Adrián apoyó lentamente la mano sobre la tapa.

—¿Lo abrimos?

Samuel respondió con calma.

—Solo ustedes pueden decidirlo.

No porque sean los elegidos.

Sino porque son los únicos que llegaron hasta aquí sin dejar de cambiar.

Valentina asintió.

Los dos apoyaron las manos al mismo tiempo.

El mármol emitió un suave resplandor.

La tapa comenzó a elevarse lentamente.

Todos contuvieron la respiración.

Dentro no había un nombre.

Ni un testamento.

Ni una profecía.




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