Casados por Venganza

Capítulo 49 La Última Lealtad

El disparo retumbó bajo la inmensa cúpula de cristal como un trueno atrapado entre las raíces del tiempo.

Durante un instante, nadie reaccionó.

Leonardo Sarriá permanecía de rodillas.

La sangre comenzaba a teñir lentamente la hierba que rodeaba el gran olivo.

Sus ojos reflejaban algo muy distinto al dolor.

Sorpresa.

Una sorpresa tan profunda que parecía incapaz de comprender lo ocurrido.

El arma seguía apuntándole.

Quien la sostenía era uno de los hombres que durante años había formado parte del Círculo del Umbral.

Un rostro casi invisible hasta ese momento.

Un hombre silencioso.

Disciplinado.

Siempre un paso detrás de Leonardo.

Hasta ahora.

Isabella Montfort fue la primera en reaccionar.

—¡Baja el arma!

Su voz resonó con una autoridad incuestionable.

Pero el desconocido no obedeció.

Sonrió lentamente.

Una sonrisa vacía.

—Durante demasiado tiempo obedecimos órdenes equivocadas.

Ya no.

Leonardo levantó la vista con enorme esfuerzo.

—¿Elías…?

El hombre asintió.

—Sí.

Soy yo.

Y lamento que hayas sobrevivido tanto tiempo.

El silencio volvió a caer sobre el jardín.

Todos comprendieron que aquella traición no había nacido aquella noche.

Había comenzado muchos años atrás.

Gabriel y Daniel corrieron inmediatamente hacia Leonardo.

Presionaron la herida con sus manos mientras Samuel se arrodillaba junto a ellos.

—La bala no atravesó el corazón.

Todavía hay esperanza.

Leonardo sonrió débilmente.

—Qué ironía…

Toda mi vida creyendo que moriría enfrentando a mis enemigos.

Y termina siendo uno de los míos.

Samuel sostuvo su mano.

—Todavía no terminó.

Leonardo cerró lentamente los ojos.

—Quizá…

Ahora recién comienza.

Mientras tanto, Elías retrocedía lentamente.

Nadie intentó detenerlo.

Su tranquilidad resultaba inquietante.

Miró uno por uno a todos los presentes.

Finalmente fijó sus ojos en Adrián.

—Siempre buscaron al enemigo equivocado.

Adrián dio un paso adelante.

—¿Quién eres realmente?

El hombre dejó escapar una leve risa.

—Durante cuarenta años fui exactamente quien necesitaban que fuera.

Un soldado.

Un custodio.

Una sombra.

Pero mi verdadero trabajo nunca fue proteger el Archivo.

Era impedir que alguien descubriera quién movía realmente los hilos.

Helena sintió un estremecimiento.

Aquellas palabras coincidían con las últimas advertencias de Victoria.

La traición aún no había terminado.

Solo estaba cambiando de rostro.

Clara Ferrer observó fijamente a Elías.

Su expresión se endureció.

—No perteneces al Círculo del Umbral.

Él sonrió.

—Nunca pertenecí.

Isabella frunció el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

—Que durante décadas ustedes creyeron dirigir una organización.

Cuando en realidad…

También eran vigilados.

Un silencio pesado recorrió el jardín.

Incluso Isabella parecía desconcertada.

Samuel comprendió antes que nadie.

—Existe otra organización.

Elías inclinó ligeramente la cabeza.

—Exactamente.

Más antigua.

Más paciente.

Y mucho menos conocida.

Gabriel sintió un nudo en el estómago.

—¿Cómo se llama?

Elías respondió sin emoción.

—La Orden del Eclipse.

Al pronunciar aquellas palabras, el viento pareció intensificarse.

Ni Samuel.

Ni Clara.

Ni Tomás.

Ni Amelia.

Habían escuchado ese nombre en décadas.

Tomás respiró profundamente.

—Pensé que había desaparecido.

Elías negó.

—No.

Solo aprendió algo que ustedes jamás comprendieron.

Las organizaciones sobreviven cuando dejan de buscar reconocimiento.

Cuando trabajan desde el silencio.

Valentina observaba atentamente al desconocido.

Había algo extraño.

No transmitía odio.

Transmitía una convicción absoluta.

Como si realmente creyera estar salvando al mundo.

—¿Qué quieren?

preguntó.

Elías respondió sin dudar.

—Evitar que las personas decidan.

Porque cuando deciden libremente…

Siempre terminan destruyéndose.

Samuel negó con tristeza.

—Ese fue exactamente el error que cometimos nosotros hace cuarenta años.

Creer que podíamos proteger a las personas quitándoles la libertad.

Leonardo abrió lentamente los ojos.

La voz apenas le salía.

—Elías…

Acércate.

El hombre dudó unos segundos.

Finalmente avanzó.

Se inclinó para escuchar.

Leonardo sonrió débilmente.

—Durante años pensé que eras el discípulo más leal que había conocido.

Elías no respondió.

—Y ahora descubro…

Que nunca llegué a conocerte.

Elías bajó lentamente la mirada.

Por un instante, una sombra de tristeza atravesó su rostro.

—No tuve elección.

Leonardo hizo un enorme esfuerzo para hablar.

—Todos…

Tenemos elección.

Esas fueron las últimas palabras que alcanzó a pronunciar antes de perder el conocimiento.

Daniel buscó el pulso.

Seguía vivo.

Muy débil.

Samuel respiró aliviado.

—Necesitamos llevarlo inmediatamente al exterior.

Amelia y Gabriel improvisaron una camilla utilizando dos largas ramas y sus abrigos.

Mientras trabajaban, Valentina volvió a mirar el espejo del séptimo cofre.

Algo estaba ocurriendo.

El cristal volvía a iluminarse.

Esta vez no aparecían palabras.

Aparecía un mapa.

Muy detallado.

El monasterio.

Los jardines.

Los túneles.

Y mucho más allá…

Una enorme construcción dibujada bajo la montaña.

Helena abrió los ojos con asombro.

—Eso nunca apareció en los planos.

Samuel observó atentamente.

Su expresión cambió por completo.




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