Casados por Venganza

Capítulo 51 La Ciudad del Silencio

La vieja caja de música continuó sonando desde las profundidades de la montaña.

Su melodía era delicada.

Nostálgica.

Cada nota parecía recorrer los túneles de piedra como un recuerdo que se había negado a morir.

Nadie habló.

Adrián sintió que aquella música despertaba algo en su interior. No era un recuerdo concreto, sino una emoción antigua, como la sensación de haber estado allí mucho antes de conocer aquel lugar.

Valentina cerró los ojos por un instante.

Las notas le resultaban extrañamente familiares.

No podía explicar por qué.

Solo sabía que aquella melodía transmitía paz… y una inmensa tristeza.

Samuel Ortega respiró profundamente.

—Victoria jamás olvidó esa canción.

La hacía sonar cada noche.

Decía que, mientras pudiera escucharla, siempre recordaría quién era.

Las enormes raíces del olivo terminaron de apartarse, revelando una escalera de piedra blanca que descendía en espiral hacia la oscuridad.

No había antorchas.

Ni lámparas.

Sin embargo, una tenue luz azulada parecía brotar de las propias paredes.

Gabriel observó maravillado aquel fenómeno.

—¿Qué ilumina el túnel?

Helena pasó lentamente la mano sobre la roca.

Miles de diminutos cristales estaban incrustados en la piedra.

Brillaban con una luz suave y constante.

—No son minerales comunes.

Samuel sonrió.

—Fueron descubiertos hace siglos.

Victoria los llamaba “la memoria de la montaña”.

Absorben la luz durante el día…

Y la devuelven lentamente durante la noche.

Isabella Montfort permanecía inmóvil.

Miraba la entrada con una mezcla de respeto y preocupación.

Había dedicado gran parte de su vida a encontrar aquella ciudad.

Y ahora que finalmente estaba frente a ella…

Comprendía que jamás había entendido realmente su propósito.

Elías, en cambio, no ocultaba su impaciencia.

Apretaba con fuerza la llave de obsidiana.

—Cada minuto que perdemos…

Es un minuto que ella tiene para prepararse.

Adrián lo miró fijamente.

—¿Le tienes miedo?

Elías respondió con una sonrisa apenas visible.

—No.

Temo aquello que puede convencerlos de abandonar todo por lo que lucharon.

Leonardo comenzó a recuperar lentamente el conocimiento.

Abrió los ojos con dificultad.

Gabriel se inclinó sobre él.

—No hables.

Necesitas descansar.

Leonardo negó suavemente.

Su voz apenas era un susurro.

—Escúchenme…

Todos guardaron silencio.

—No permitan que Elías llegue primero.

Valentina se acercó.

—¿Por qué?

Leonardo respiró con dificultad.

—Porque él no busca la verdad…

Busca escribir una nueva.

Aquellas palabras quedaron resonando en la mente de Adrián.

Durante meses había creído que la mayor amenaza era descubrir secretos.

Ahora comprendía que el verdadero peligro consistía en quién los contaba.

La verdad podía liberar.

Pero también podía manipular.

Dependía de las manos que la sostuvieran.

Samuel tomó una antigua linterna de bronce apoyada junto a la escalera.

No era necesaria para iluminar el camino.

La utilizó como si fuera un símbolo.

Miró a todos los presentes.

—A partir de aquí…

No entraremos como enemigos.

Ni como vencedores.

Entraremos como personas dispuestas a escuchar.

Clara asintió.

—Ese era el único requisito que Victoria consideraba indispensable.

Uno tras otro comenzaron el descenso.

Adrián y Valentina caminaban al frente.

Gabriel ayudaba a sostener la improvisada camilla donde descansaba Leonardo.

Amelia, Tomás, Helena, Daniel y Ramiro los seguían en silencio.

Samuel y Clara cerraban la marcha.

Isabella descendió unos metros detrás.

Elías caminaba separado del grupo.

Nadie confiaba completamente en él.

Y él tampoco parecía confiar en nadie.

La escalera parecía interminable.

El aire se volvía más cálido a medida que descendían.

Después de varios minutos, comenzaron a aparecer antiguas inscripciones sobre las paredes.

No eran advertencias.

Eran pensamientos.

Pequeñas frases grabadas directamente sobre la roca.

Valentina leyó una de ellas.

“Toda verdad necesita compasión para no convertirse en condena.”

Más adelante, Adrián encontró otra.

“El orgullo construye murallas. El amor encuentra puertas.”

Gabriel sonrió.

—Parece que Victoria escribió hasta las paredes.

Samuel negó con ternura.

—No.

Esas frases tienen casi trescientos años.

Victoria simplemente aprendió de ellas.

Tras un largo descenso, la escalera terminó.

El grupo llegó a una inmensa galería excavada en la montaña.

Todos quedaron sin aliento.

No era una ciudad abandonada.

Era un lugar vivo.

Pequeñas construcciones de piedra blanca se distribuían a ambos lados de amplios senderos.

Había puentes arqueados sobre canales de agua cristalina.

Árboles frutales crecían bajo enormes claraboyas naturales por donde descendía la luz del amanecer.

En el centro se elevaba una biblioteca circular rodeada por jardines.

No existía lujo.

Existía armonía.

Valentina apenas pudo susurrar:

—Es… hermoso.

Samuel sonrió emocionado.

—Bienvenidos a la Ciudad del Silencio.

Sin embargo…

Algo no encajaba.

Las puertas de todas las casas estaban abiertas.

Las fuentes continuaban funcionando.

Había pan recién horneado sobre una mesa.

Tazas aún humeantes.

Flores recién cortadas.

Pero no había una sola persona.

Daniel observó a su alrededor.

—¿Dónde están?

Nadie respondió.

El silencio comenzaba a resultar inquietante.

Entonces la caja de música dejó de sonar.

El eco de la última nota desapareció lentamente entre las calles.




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