Casarse en un mes

Capítulo 6

Capítulo 6

—Bueno, me parece que, antes que nada, ¡un hombre es necesario para que una mujer comprenda que es la mejor del mundo! —empecé a explicar—. Debe decirle cumplidos, saber bromear con tacto, tener sentido del humor... Y también ganar dinero. ¡Pero el dinero para mí no es lo importante! —le eché un vistazo a mi abuela, que me escuchaba con los labios fruncidos con escepticismo—. También debo entenderlo. Y él a mí. Debemos tener gustos en común, ambos debemos resolver juntos todos los problemas... Y en general, los hombres de...

—¡Detente, Fro! ¿Te estás escuchando? ¡El hombre te ha salido simplemente ideal, como sacado de una foto o de alguna novela romántica! ¡Eso no existe! ¿Y los calcetines sucios y malolientes? ¿Y el toser y sonarse la nariz en el baño cuando se lava la cara y se cepilla los dientes? ¿Y las cosas tiradas por toda la casa, que tú recoges mientras maldices? Te lo digo como ejemplo —explicó la abuela Olisava, al ver mi mirada de sorpresa—. ¿Y las fiestas con los amigos para beber cerveza? ¿Y la pesca? ¿Y cuando llega tarde y tú te mueres de celos como una loca?

Hm. La abuela Olisava tenía buena experiencia y recuerdos. Creo que no se inventó todo eso, sino que lo recuerda de su propia vida, que fue muy... eh... interesante...

—¡Las personas ideales no existen, y mucho menos los hombres! —sentenció la abuela.

—¡Entonces, busco a uno ideal! —me emperré—. Ay, abuela, debe amarme, llevarme en brazos, decirme cumplidos, ser un guaperas atlético y en forma, muy leído, inteligente y ganar mucho dinero —miré soñadora al techo, como si allí estuviera colgado el retrato de mi hombre ideal—. Bueno, al diablo con el dinero, ya lo ganaré yo... ¡Ese es el ideal que busco! —le guiñé un ojo a mi abuela.

—¡Pues te casarás con uno que no es ideal y harás de él uno ideal! —concluyó la abuela nuestra conversación, para no avivar la discusión.

Porque ese tipo de discusiones las teníamos muy a menudo, sobre todo cuando mi abuela traía a otro pretendiente para mi mano. Yo siempre encontraba algo negativo al hablar con él o en su aspecto físico, y nunca me gustaba nadie...

"¡Pues prefiero tener un perro o un gato, y que su pelo esté tirado por todo el apartamento y yo tenga que limpiar lo suyo, antes que esos pelos del hombre que has traído! ¡Ya tengo bastante con mi propia melena!" —le decía a mi abuela sobre el enésimo novio que tenía la barba larga o el pelo largo...

"Prefiero charlar con ChatGPT, y discutiremos con él varios problemas. ¡Aunque se equivoque, de todos modos proporciona cierta información interesante! ¡Pero este hombre no se ha leído ni un solo libro! ¡Cuando empecé a hablar con él, resultó ser de muy pocas luces! ¡Y es imposible hablar de temas profundos, debatir sobre literatura, arte u otra cosa con él! ¿Y tú quieres que vivamos en perfecta armonía?" —esos eran otros de mis argumentos.

Cuanto mayor me hacía, más comprendía que quería quedarme sola y que nunca soportaría a mi lado a una persona que tuviera rasgos que no tolero... O que no fuera lo suficientemente educada, es decir, que no cumpliera con todos esos requisitos que me había formado en la cabeza... Probablemente, este es el problema de muchas mujeres que ya han hecho carrera, han logrado algo en la vida y ahora tienen su nido acogedor al que no quieren dejar entrar a ningún macho. A no ser que se pueda tener a algún hombre por ahí al lado con quien satisfacer las necesidades fisiológicas. Yo también había tenido ese tipo de relaciones breves... Sin embargo, después de ellas, por alguna razón, me sentía asquerosa por dentro...

—¡Ay, Fro, eres tonta! ¡Aunque seas mi nieta! —meneó la cabeza la abuela con reproche—. ¡Sigue leyendo! ¿Quién más hay en la lista?

El siguiente, el cuarto pretendiente, era Myjailo Fedorovsky. Trabajaba como profesor de matemáticas en una de las escuelas de nuestra ciudad. Lástima que en esta lista no hubiera fotos, porque enseguida me vino a la cabeza la imagen de un profesor de matemáticas: un empollón, un cuatroojos, un ratón de biblioteca que de vez en cuando les grita a los niños en clase, y que además se pasa el tiempo escarbando en sus fórmulas sin ver la luz del día. Tenía cuarenta años y en el pasado había estado casado, y ahora estaba divorciado. Y, por cierto, tenía un hijo de su primer matrimonio. Era el primer pretendiente que tenía hijos. Su afición, y ni siquiera me sorprendió, era el ajedrez. Yo también jugaba al ajedrez, la verdad, se me daba mal. Y cuando perdía contra alguien, lloraba mucho por ello... ¡Sí! El profesor de matemáticas no me gustó desde el primer momento...

Pero el quinto me sorprendió. Allí donde debía estar el nombre, ponía "Míster X". Y la dirección de residencia. Eso era todo. Esto me intrigó y a la vez me irritó.

Reconozco a Román. En su tiempo estuvimos casados dos años. Durante ese tiempo me di cuenta de que era impredecible y, en cierto modo, cruel. Cruel en el sentido de que tenía tendencia a hacer bromas pesadas. Y que era cruel en la vida real y en sus acciones, lo comprendí en mis propias carnes, por así decirlo. Por eso nos divorciamos, al fin y al cabo. Y le doy gracias a Dios por darme la cordura de no seguir aguantando y alejarme de ese hombre de inmediato...

Pero me mantuvo atrapada en sus redes durante mucho tiempo, hasta que pasó a otras mujeres y a otras cosas que le resultaban más interesantes. Sin embargo, nunca me perdió de vista. Yo lo sabía. ¡Por eso siempre, absolutamente siempre, estuve en guardia!




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