Capítulo 7
—¡Bueno! —levantó la mirada hacia mí mi abuela—. ¿Nos vamos?
—¿Adónde? —me sorprendí, releyendo la lista una vez más.
¡Es una especie de museo de rarezas, y no una lista, lo digo en serio! ¡Uno muge, el otro juega al ajedrez (¿quién juega a eso ahora, en la era de la alta tecnología?), el otro manosea las frutas para arrancarles la pegatina!...
—¡Al restaurante! ¡A "El Nido Dorado"! —la abuela agitó las manos ante mi nariz—. ¡Justo ayer me hice la manicura! Qué bonita, ¿verdad?
—Ajá —estuve de acuerdo, contemplando sus uñas moradas con mariposas arcoíris dibujadas en ellas. La verdad es que eran bonitas, pero, a mi parecer, un poco extravagantes y... no acordes a su edad. Al fin y al cabo, en las manos de alguna adolescente habrían quedado más apropiadas. Pero esa era mi opinión personal. Mi abuela es una obra maestra andante, así que yo estaba de acuerdo y elogiaba todas sus iniciativas. ¡Es la mejor! ¡La abuela más moderna del mundo!
—Abu, pero si acabamos de comer —asentí hacia los platos vacíos y los restos de filetes rusos—. ¿Qué restaurante?
—¿Y qué? ¡Tomaremos el postre! —decidió la abuela y revoloteó por el pasillo hacia su habitación.
—¡Ponte ese vestido en el que tienes un escote pronunciado! ¡Con él te pareces a Marilyn Monroe! —me gritó la abuela.
—¡Abu! —gemí—. ¡Es un vestido de noche! ¡Y ahora son las doce del mediodía! ¡Esto viola las normas de etiqueta! —esgrimí mi último argumento, a sabiendas de que seguro no funcionaría. Porque si la abuela decidía algo, me presionaría hasta conseguirlo.
—Fro —se asomó la abuela desde su habitación con una blusa larga de flores y unos pantalones capri celestes por debajo de las rodillas—. ¿Quién va a esperar a la noche cuando tu destino se decide al mediodía? ¡Hay que estar armada hasta los dientes las veinticuatro horas del día! —agitó hacia mí su dedo con la manicura de mariposas—. ¡No discutas! ¡Yo sé lo que hago!
—Eh... ¿quizás debería ir sola, ya que me empujas a ese restaurante? —pregunté, guardando la lista y las llaves en el sobre, y metiendo el propio sobre en el bolso—. Voy un momentito y vuelvo.
—¡Ese es el problema, Fro, que tú vas "un momentito"! —la abuela salió de su habitación ya arreglada de punta en blanco.
Unas gafas de sol ahumadas que le cubrían media cara, el pelo azul cardado en un desorden elegante y unos pendientes tintineantes hasta los hombros la hacían parecer una especie de extraña y misteriosa adivina. Además, la abuela se había puesto unas sandalias de plataforma alta y ahora caminaba como un pavo real, despacio y con el brazo apartado con gracia para mantener el equilibrio. Porque con la otra mano apretaba contra sí una larga bolsa ecológica de tela, rellena de a saber qué y con el gran dibujo de un ojo muy abierto con pestañas largas. "¡Mira el mundo y admíralo!" —decía escrito en la bolsa.
—¡Hay que ir despacio! ¡Y con placer! Para que él, tu elegido, comprenda que no vas a ir a ninguna parte sin él. Y él sin ti. ¡Hay que llegar y sentarse allí un buen rato! Y si digo un buen rato, ¡es muuuucho rato! ¿Entendido?
—¡Abuela, ¿qué dices?! —me asusté—. Solo voy a conocer a ese... eh... creo que se llama Oleg. Le explicaré de qué va el asunto, qué se exige de él, y le pediré que venga a la fiesta. Planearemos la primera para el sábado. Hoy es martes, y para el sábado ya tendré todo arreglado y habré conocido a todos los pretendientes de la lista.
—¿Eres tonta o te lo haces? —la abuela me midió con la mirada—. ¡Fro, bajo ningún concepto puedes hablarles del testamento! ¡Entonces ellos, esos pretendientes, competirán entre sí y lucharán por ti no por ti misma, sino por el dinero!
—¡Pues no necesito su competencia! —hice un gesto de desdén con la mano—. ¡Si alguno de ellos acepta casarse enseguida, por supuesto, de forma formal, me alegraré muchísimo!
—¡Y entonces no habrá cuatro fiestas! ¡Las cuales deben celebrarse según el contrato! ¡Tontita!
La abuela meneó la cabeza con disgusto. Y tenía razón. Porque en el fondo era verdad. Si llegaba a un acuerdo con uno, a los demás ya no les interesaría venir a las fiestas que tenía planeadas para este mes. Hm. ¿Y qué hacer entonces?
—¿Y qué harías tú sin mí? —asintió la abuela triunfante—. ¡Por eso tienes que enamorar a todos esos pretendientes de la lista! Y luego...
—¿Enamorarlos? —me eché a reír a carcajadas—. Abu, ¿y cómo te imaginas eso?
—Bueno —estuvo de acuerdo la abuela Olisava—. Con lo de enamorar he exagerado. ¡Despertar su interés! ¡Hacer que corran detrás de ti! ¡Que luchen por ti! ¡De verdad! Y todos ellos, como corderitos, irán corriendo a tu fiesta. Y al haberlos interesado profundamente, no le darás preferencia a ningún pretendiente durante el mayor tiempo posible, pero dejarás claro que estás eligiendo... ¡Oh! —la abuela levantó soñadora los ojos hacia el techo—. ¡Bueno, exactamente como en la serie "Mi preciosa y perdida alma"! Allí también...
—Abuela, pero eso no está bien —intenté resistirme—. Estaré engañando a estas personas. O sea, a los hombres...
—Entiéndelo, Fro —la abuela se puso seria—. En el amor todo vale, eso para empezar; y en segundo lugar, ¿por qué has decidido que los estarás engañando? ¡¿Y si resulta que esos pretendientes de la lista son unos galanes de primera?! ¿Y te gustan todos de verdad? ¡Y tú a ellos! ¡Bueno, de esto último no tengo ninguna duda! ¿Y si de verdad no pudieras elegir? ¿Puede pasar eso en la vida? ¡Pues claro que sí!...