Caso Confidencial

Capítulo 1

La sala del tribunal número tres del Distrito Sur de Manhattan se vaciaba lentamente, el murmullo de conversaciones y el roce de portafolios de cuero contra trajes caros llenaban el espacio que segundos antes había sido dominio del veredicto. Leah Stewart permanecía inmóvil en la mesa de la defensa, sus manos perfectamente entrelazadas sobre la superficie de roble pulido, la espalda recta como una bailarina, la barbilla alta. Nadie que la mirara en ese momento podría adivinar que por dentro, cada célula de su cuerpo gritaba.

Había perdido.

Después de dieciocho meses de preparación, setecientas horas facturables, ochenta y tres deposiciones, y una pila de documentos que literalmente llegaba hasta su cintura, había perdido.

—Leah. —La voz de Richard Brennan, el socio senior que supervisaba el caso, sonaba cuidadosamente neutral—. Necesitamos hablar sobre esto.

Ella levantó la vista hacia él. Richard tenía sesenta y dos años, cabello plateado perfectamente peinado y una expresión que había perfeccionado en cuatro décadas de práctica legal: decepción envuelta en profesionalismo.

—Por supuesto —respondió Leah, y su voz salió firme, controlada. Siempre controlada—. Dame quince minutos para despedirme del cliente y nos vemos en tu oficina.

Richard asintió y se alejó, dejándola sola con Theo Jones, el CEO de la compañía tecnológica que acababa de perder veinte millones de dólares en una demanda por infracción de patentes. Theo, para su crédito, no parecía furioso. Solo... resignado.

—Hiciste todo lo que pudiste —dijo él, guardando sus papeles en su maletín—. El jurado simplemente... no nos creyó.

Leah apretó los dedos con más fuerza. Ahí estaba el problema, ¿verdad? No había sido sobre la ley. La ley estaba de su lado. Los precedentes estaban de su lado. Pero la abogada del otro lado, una mujer de cincuenta años con un acento sureño que hacía que cada palabra sonara como miel derramándose sobre piedras calientes, había contado una historia mejor. Había hecho que su cliente pareciera el David contra el Goliat tecnológico de Theo.

Y los jurados amaban una buena historia de desvalido.

—Apelaremos —dijo Leah, aunque sabía que Theo probablemente no lo haría. Las apelaciones costaban dinero, tiempo, recursos—. Hay precedentes que el juez ignoró completamente en sus instrucciones al jurado. Podemos argumentar que—

—Leah. —Theo cerró su maletín con un clic definitivo—. Está bien. De verdad. Win some, lose some, ¿no es así como dicen?

No era así como Leah lo decía. Leah no perdía. O más bien, no había perdido. Treinta y siete casos en cinco años como asociada en Brennan & Associates. Treinta y siete victorias, desde casos menores hasta demandas multimillonarias. Su récord era perfecto.

Había sido perfecto.

—Hablaré con Richard sobre los siguientes pasos —dijo ella, extendiendo la mano—. Te mantendré informado.

Theo estrechó su mano, le dio una palmada paternal en el hombro que ella soportó con una sonrisa tensa, y se fue. Uno a uno, los asistentes legales, los paralegales, el equipo completo que había trabajado en el caso bajo su dirección, fueron saliendo. Algunos le ofrecieron sonrisas de ánimo. Otros evitaron su mirada.

Finalmente, Leah estaba sola.

Se permitió exactamente treinta segundos. Treinta segundos para cerrar los ojos, para sentir el peso completo del fracaso asentándose sobre sus hombros como una capa de plomo. Treinta segundos para imaginarse la conversación con Richard, las miradas de los otros socios, el susurro en los pasillos del bufete: Leah Stewart perdió el caso Jones. Su racha perfecta terminó. Tal vez no es tan buena como pensábamos.

Treinta segundos. Luego abrió los ojos, guardó sus documentos en su portafolio de cuero italiano, y salió de la sala con la cabeza en alto.

La reunión con Richard fue exactamente tan terrible como había anticipado.

—No te voy a mentir, Leah —dijo él, recostado en su silla ejecutiva de cuero negro, con los dedos formando un puente frente a su rostro—. Esto es un golpe. Jones era un cliente importante, y esperábamos... bueno, todos esperábamos un resultado diferente.

Leah permanecía sentada al otro lado del escritorio, la espalda sin tocar el respaldo de la silla. —Lo sé. Y asumo completa responsabilidad. Subestimé la estrategia emocional de la oposición. No anticipé que—

—Leah. —Richard levantó una mano—. No necesito un análisis post-mortem ahora. Lo que necesito es que entiendas que esto afecta la percepción de los socios sobre tu trayectoria aquí.

Ah. Ahí estaba. La sociedad. El premio que había estado persiguiendo desde que puso un pie en este bufete hace cinco años. Socia antes de los treinta y cinco. Ese era el plan. Ese había sido siempre el plan.

—Entiendo —dijo ella, manteniendo la voz uniforme.

—El voto para nuevos socios es en tres meses —continuó Richard—. Después de hoy... algunos de los socios más conservadores van a tener dudas.

Dudas. La palabra flotó en el aire entre ellos como humo tóxico.

—¿Qué necesitas que haga? —preguntó Leah directamente. No tenía sentido andarse con rodeos.

Richard la estudió por un momento. Ella sostuvo su mirada sin pestañear.

—Gana el próximo —dijo finalmente—. Lo que sea que asignemos después de esto, gana. Brillantemente. Y tal vez, solo tal vez, esto quedará como un mal recuerdo.

Leah asintió. —Lo haré.

—Bien. —Richard se levantó, señal universal de que la reunión había terminado—. Tómate el resto del día. Descansa. Mañana hablaremos sobre tu próximo caso.

Descansa. Como si Leah Stewart supiera cómo hacer eso.

Eran las cuatro y media de la tarde de un viernes cuando Leah salió del edificio del bufete en Midtown Manhattan. El aire de marzo todavía tenía ese filo cortante del invierno que se resistía a morir, y ella se ajustó el abrigo de cachemira mientras caminaba sin rumbo particular por las calles atestadas.




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