Leah despertó con luz de sol filtrándose a través de las cortinas que había olvidado cerrar completamente, creando rayas doradas a través de su habitación. Por un momento, flotó en ese espacio nebuloso entre el sueño y la vigilia, donde todo se sentía cálido y posible.
Luego la realidad se instaló en capas.
Primera capa: resaca. No terrible, pero presente. Una pulsación sorda detrás de sus ojos que hablaba de demasiado Cabernet.
Segunda capa: estaba desnuda. Completamente desnuda bajo sus sábanas de algodón egipcio de 800 hilos.
Tercera capa: no estaba sola.
Leah giró la cabeza lentamente, y ahí estaba él. Nathaniel Evans. Dormido boca abajo, un brazo extendido sobre el espacio donde ella había estado durmiendo, el otro doblado bajo la almohada. La sábana le cubría hasta la cintura, dejando expuesta la extensión de su espalda—musculosa de una manera que su traje definitivamente no había advertido. Tenía una pequeña cicatriz entre los omóplatos, y Leah recordó vagamente haberla trazado con sus dedos a las tres de la mañana, preguntándole de dónde venía.
"Partido de rugby en la universidad," había murmurado él contra su cuello. "Mala decisión, buena historia."
Oh Dios.
Leah cerró los ojos de nuevo, haciendo inventario. Habían dormido juntos. No solo dormido—habían... bueno. Múltiples veces. Con una intensidad que hizo que su piel se calentara incluso ahora al recordarlo.
Había sido espectacular.
También había sido completamente impulsivo, totalmente fuera de personaje, y absolutamente no algo que Leah Stewart hiciera. Ella no recogía hombres en bares. No tenía sexo casual con extraños atractivos que resultaban ser igual de inteligentes que atractivos. Ella era cuidadosa. Controlada. Planeaba sus relaciones con la misma meticulosidad que planeaba sus estrategias de casos.
Y sin embargo.
Nathaniel se movió en su sueño, un sonido bajo en su garganta, y Leah se quedó completamente quieta. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Despertarlo? ¿Ofrecer café? ¿Fingir que esto era algo que ella hacía todo el tiempo?
Su alarma del teléfono resolvió el dilema al explotar en vida desde su mesita de noche—seis y media de la mañana, como todas las mañanas, porque tenía una reunión del equipo a las ocho y necesitaba tiempo para revisar—
Oh mierda.
La reunión. El caso. El trabajo. Realidad colisionó completamente, ahogando los restos de lo que sea que hubiera sido la noche anterior.
Leah alcanzó su teléfono, silenciando la alarma, y Nathaniel se despertó con el movimiento. Ella lo sintió despertar detrás de ella, su respiración cambiando, el brazo extendido retrayéndose.
—Hey —dijo su voz, ronca de sueño, y el sonido de ella hizo cosas a su estómago que definitivamente no debían estar sucediendo.
—Hola —respondió Leah, sosteniendo la sábana contra su pecho mientras se giraba para mirarlo.
Él se veía... Dios, se veía bien. Cabello revuelto, ojos medio cerrados, sombra de barba más oscura ahora, una leve sonrisa jugando en sus labios mientras la miraba.
—Entonces —dijo Nathaniel—, eso sucedió.
A pesar de todo, Leah sintió una sonrisa tirando de sus propios labios. —Aparentemente.
—¿Arrepentimientos?
La pregunta era casual, pero ella podía ver la atención real en sus ojos. Esto importaba. Su respuesta importaba.
—No —dijo ella honestamente—. ¿Tú?
—Ni uno solo. —Se sentó, sin pudor sobre su propia desnudez, y Leah obligó a sus ojos a permanecer en su rostro—. Aunque debo admitir, generalmente soy mejor obteniendo el apellido de una mujer antes del... bueno.
—Stewart —dijo Leah—. Leah Marie Stewart. Brennan & Associates, especialidad en litigio corporativo, Harvard Law, clase del 2018.
—Nathaniel James Evans. Morrison, Keller & Wade. También litigio corporativo. Columbia Law, 2017. —Extendió su mano formalmente, y ella la estrechó, muy consciente de que ambos estaban desnudos y esto era absolutamente ridículo.
Pero también encantador.
—Encantada de conocerte oficialmente, Nathaniel James Evans.
—El placer es completamente mío, Leah Marie Stewart. —Sostuvo su mano un momento más largo de lo necesario, su pulgar rozando sobre sus nudillos—. Aunque siento que ya nos conocemos bastante bien.
El calor subió por el cuello de Leah. —Bastante bien sí.
Un momento pasó entre ellos, cargado de posibilidad. Él podría inclinarse. Ella podría cerrar el espacio. Podrían continuar exactamente donde habían dejado hace unas horas cuando finalmente, exhaustos, se habían quedado dormidos enredados el uno en el otro.
El teléfono de Leah vibró. Luego el de Nathaniel, desde algún lugar del piso de su habitación, perdido entre la ropa desechada.
La realidad, llamando.
—Tengo una reunión a las ocho —dijo Leah con genuino pesar.
—Yo a las nueve. —Nathaniel se pasó una mano por el cabello, haciéndolo pararse en ángulos imposibles que eran criminalmente atractivos—. Aunque después de ayer, no estoy seguro de tener reuniones en absoluto.
—¿Tan mal fue?
—Digamos que "percepción de trayectoria" fue la frase más amable que se usó. —Se encogió de hombros, pero ella pudo ver la tensión en sus hombros—. Pero esa es una preocupación para después del café.
—Café. —Leah se iluminó—. Puedo hacer café. Tengo una Nespresso ridículamente cara que compré en un ataque de justificación de que si trabajo desde casa a veces, debería tener buen café en casa.
—¿Trabajas desde casa?
—Nunca. —Sonrió—. Pero la máquina es hermosa.
Nathaniel se rio, y el sonido llenó su habitación de una manera que se sentía peligrosamente bien. —Café suena perfecto.
—Bien. Okay. —Leah se levantó de la cama, llevando la sábana con ella como un vestido toga improvisado, muy consciente de que esto era su apartamento y no debía sentirse nerviosa en su propia habitación pero de alguna manera lo estaba—. Tú... puedes usar la ducha si quieres. Las toallas están en el armario. Yo voy a... empezar el café.