Henry Palacio:
Soy Henry, soy uno y la vez soy muchos, quizá me conoces pero tal vez sea alguien de la misma apariencia, pero no sea el mismo. Soy Henry, y tengo trastorno disociativo.
Soy huérfano, crecí en un orfanato. Nunca fui un chico normal, nadie me consideraba así y yo tampoco lo hacía.
Podría describir lo anormal que era: Un chico solitario y constantemente hallaba vacíos en mi memoria, usualmente nunca recordaba haber llegado a ciertos lugares; cosa que me preocupaba, y que quería contar, pero nadie escuchaba.
Crecí solo. Nadie me quiso adoptar, tal vez por mis extraños comportamientos.
Al cumplir los dieciocho años salí del orfanato y sobreviví con un pequeño subsidio que el estado estaba obligado a darme cada mes, conseguí trabajo, me enamoré, tuve una boda y con esta, una hermosa hija.
Solo Leila, mi esposa, se dio cuenta de mis extraños comportamientos. Muchas veces no me reconocía y me comportaba con si no fuera yo. Ambos tomamos la decisión de ir a un psicólogo, el cual, me remitió a un psiquiatra para confirmar sus sospechas: Trastorno de personalidad múltiple.
Según los médicos sucede por un evento traumático de la infancia, o algo así. No sé qué me habría traumado, no hay en mi mente recuerdo alguno sobre algún evento traumático, pero, sea cual sea que haya sido aquel momento, creó en mi mente un terrible personalidad, una personalidad muy, pero muy distinta a mí; o eso era lo que me decía Leila, hasta que lo descubrí por mí mismo.
— ¡Eres un maldito! — exclamó furiosa.
— ¿Eh? ¿Qué rayos te sucede por qué me hablas así? — pregunté confundido. No sabía por qué me gritaba de tal manera.
— ¿No será porque estás desnudo y Reina está desnuda a tu lado, y por si fuera poco llorando? — respondió.
— ¿Eh? — giré mi cabeza —. Amor…
—Nada de “amor” — interrumpió —. ¿Cómo demonios te atreviste a violar a nuestra hija?
— ¿Violar? — Estaba confundido.
— ¡Sí! — exclamó —. Ya mi amor, ya. — se acercó para agarrar a la niña.
—Yo no fui, yo no lo hice — traté de explicar.
— ¡Por favor! — Se le quebró la voz —. Mis ojos no mienten. ¡Lárgate de mi casa!
—Amor…
— ¿Amor? ¡Amor! — Me abofeteó —. No me vengas con que no fuiste tú. ¡Yo te vi!
—Amor, tienes que creerme ¡Yo no lo hice! — insistí.
— ¡Cállate! No quiero escucharte — ordenó —. Vámonos de aquí mi tesoro. — tomó a la niña.
— ¡No! — Traté de detenerla —. No te vayas.
No me escuchó. Salió de la casa sin decir palabra alguna.
Me levanté de la cama consternado por lo que había pasado, pues en mi mente no habían recuerdos de lo ocurrido; miré hacia abajo y estaba desnudo, miré hacía la cama, la cual, estaba hecho un desastre; me volví a sentar, puse mi mano en el colchón, o más bien, sobre algo viscoso.
—Semen — pensé.
Me quedé mirando al vacío, forzando mi mente a recordar, pero fue en vano por unos minutos, pues, al parecer, esta parte de mí, si tenía recuerdos audibles de lo sucedido.
Escuchaba llantos, muchos llantos, de dolor, de angustia.
— ¿Qué hiciste? — pregunté —. ¡Qué demonios hiciste!
Me levanté y fui hacia el gran espejo que se hallaba en una esquina de la habitación. Miré todo mi cuerpo, de pies a cabeza; me miré con asco, con repugnancia.
Me miré, miré mi cabello, miré mis ojos azules, mis carnosos labios, mis pectorales y abdominales.
—Mucha belleza — sonreí —. Este cuerpo tiene mucha belleza, para cargar dentro de sí, un monstruo tan horrible como tú.
Apreté mis puños, con la intención de contener mi ira. Apreté los puños con una intención fallida; golpeé el cristal, causando que se quebrara en mil pedazos y que mi mano sangrara a chorros.
—Lo merecías — dije al mirar mis manos —. Merecías esto, esto y más.
Deslicé mi sangrienta mano, por mi pecho y mi abdomen; manché mi rostro de sangre y mi cabello.
— ¡Maldito! ¡Maldito violador! — Escuché que gritaban.
Eran los vecinos enfurecidos, que me acusaban de algo que no fue mi intención hacer.
—Ya, por favor. Es suficiente — susurraba una y otra vez sin parar.
— ¡Muere! ¡Puerco, sucio, animal!
— ¿Morir? — pensé —. ¿Morir?
— ¡Ábrenos! — Se escuchaba entre los estruendos.
Miré una vez más mi rostro en el cristal quebrado. Pardeé un par de veces sin saber qué hacer, estaba aturdido y aún seguía confundido; había violado a mi propia hija, y no me di cuenta de eso, me culpaba sin tener yo la culpa.