Cautiva de los Emiratos

Capítulo 9

Había pasado cerca de una semana desde nuestra conversación con el señor Halim. Todo ese tiempo esperé sumisamente a que se cumpliera mi petición. En primer lugar, me resultaba incómodo comunicarme con mi madre a través del teléfono de Malika; en segundo lugar, entendía que en casa todo estaba muy mal con el dinero. Quería ayudarlos de alguna manera, pero ni siquiera podía salir de la casa. Esto último me puso muy en alerta.

Si antes Malika decía que era mejor no abandonar el perímetro de la casa por mi cuenta, ahora la situación era diferente. El señor Halim había ordenado que no me dejaran salir. Por más que intentaba averiguar la razón de esto, me ignoraban en silencio. La ama de llaves tampoco sabía por qué se había tomado esta decisión.

Dos veces intenté llegar hasta el señor Halim, pero ninguna de ellas lo logré. Él se marchaba a la oficina muy temprano por la mañana y regresaba tarde por la noche. Malika decía que su señor no estaba de muy buen humor en este momento y me aconsejaba no cruzarme en su camino cuando estaba furioso. Yo tampoco quería, pero las circunstancias lo requerían.

Al atardecer del sexto día, una de las chicas que trabajaba en la casa Al-Bishi vino a buscarme por orden del señor Halim. Casi llevándome del brazo, me condujeron al despacho, donde se encontraba una preocupada Malika. Al ver el aspecto de la mujer, mi presentimiento interno comenzó a gritar que se avecinaba una desgracia. Pero ni siquiera podía imaginar lo que podría haber sucedido.

Todos estos días me había comportado decentemente, profesando tradiciones extrañas para mí y sin contradecir a nadie. Escuchaba atentamente las recomendaciones de Malika e intentaba no salir del dormitorio innecesariamente. No había nada en mis acciones que pudiera provocar la mirada colérica del señor Halim.

—Buenas noches —basta con que cruce el umbral del despacho para sentir en mis entrañas una atmósfera opresiva.

El señor Halim me indica con la cabeza un sillón junto a su escritorio, en el cual me siento con las piernas temblorosas. Lanzo una mirada cautelosa hacia Malika, con la esperanza de ver algún gesto de aliento, pero no lo hay. Todo esto me pone cada vez más ansiosa. No tengo ni la más remota idea de lo que va a ocurrir a continuación.

—¿Qué pasó con tus documentos? —la pregunta me sorprende, ya que yo ya le había dado una respuesta.

—Los robaron junto con mis pertenencias. Me quedé en el aeropuerto sin nada.

—¿Entonces qué es esto? —el señor Halim se levanta de detrás del escritorio y empuja hacia mí una maleta, ante cuya vista mi corazón da un vuelco. No tengo tiempo de decir ni una palabra cuando la abren frente a mí, y de su interior cae mi ropa.

—Yo… yo… —en mi pecho se siente un fuerte ardor debido a la intensa agitación. Me resulta difícil no solo hablar, sino también respirar.

—¿Señora? —Malika da un paso hacia mí, pero el señor Halim la detiene.

—Déjala, porque eso no es todo —en el escritorio aparecen primero mis documentos y luego varias fotos con una firma. Con manos temblorosas me estiro hacia ellos y, con horror, me doy cuenta de que yo misma había rellenado la mitad de ese formulario. ¿De dónde lo había sacado el señor Halim?—. ¿No quieres explicar nada?

—N-ni siquiera sé cómo hacérselo.

—Señora, se lo ruego, cuente la verdad. Será lo mejor —para dar más convicción, Malika me asintió dos veces con la cabeza. No había escapatoria. Realmente era mejor relatar mi historia para que no hubiera malentendidos.

—Está bien —llenando mis pulmones de aire, decidí contarlo todo desde el mismísimo principio—. Nadie robó mis pertenencias. En realidad, me secuestraron. En el aeropuerto me recibieron traficantes de personas, me inyectaron una porquería y, cuando perdí el conocimiento, me llevaron a saber dónde. Durante once días me tuvieron encerrada en una especie de sótano, donde me rompieron psicológicamente antes de decirme que un acaudalado noble me había elegido como esposa…

Hablé de todo, desde el principio hasta el fin. Incluso le conté lo de la operación, a lo que recibí una mirada vacía del señor Halim, quien no reaccionaba en absoluto a mis palabras. Deseaba obtener aunque fuera un poco de compasión, pero en su lugar solo veía hielo frío.

—Me trajeron por la fuerza a esta casa, donde su hermano quería viol… —no me dejó terminar un fuerte golpe sobre el escritorio, que resonó como un trueno en medio de un cielo despejado.

—Suficiente. Estaba dispuesto a escuchar tus mentiras, las cuales presentas con mucha habilidad, pero no te atrevas a difamar la buena memoria de mi difunto hermano —el señor Halim se inclinó sobre mí y sentí un peligro real, el mismo que en aquella noche de pesadilla en la que estuve a punto de quedarme sin mi dignidad. Por el miedo, deseaba fundirme con aquel sillón para no ver esos ojos negros y abismales que casi perforaban un agujero en mí.

—Se lo juro, no quiero difamar la memoria de su hermano, pero es la verdad. Por su culpa entré en el infierno en vida y ahora me veo obligada a estar sentada en esta jaula —la mandíbula del señor Halim se tensa y las venas de su cuello comienzan a pulsar. El hombre ante mí está sumamente furioso y tengo miedo incluso de imaginar qué se puede esperar de él.

—¿Entonces estás en el infierno o en una jaula de oro? Sabes, nunca he oído que a una mujer que venden a la esclavitud sexual le regalen joyas de decenas de miles de dólares. Tampoco he oído que les encarguen vestidos de novia exclusivos o que abran cuentas a su nombre. Algo no encaja, ¿verdad? —las lágrimas corren por mis mejillas al darme cuenta de que no me creen.




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