Cautiva de los Emiratos

Capítulo 11

Un suave golpe en la puerta me obliga a distraerme de mi propio flagelo. Mi huida de ayer fue un acto irreflexivo. No bastando con que volví a meterme en problemas, también hice que personas ajenas se preocuparan por mí. Si bien la reacción de Malika era de esperarse, el señor Halim me sorprendió gratamente.

—Adelante —no era difícil adivinar quién aparecería en el umbral de la habitación, ya que no me había presentado a desayunar. Me sentía incómoda de mirar al personal a los ojos y temerosa de encontrarme con el señor Halim, quien me provocaba sentimientos contradictorios.

—Joven señora, no quería molestarla, pero seguro que tiene hambre —en el dormitorio, además de Malika, apareció una de las sirvientas, quien colocó una bandeja con comida sobre mi cama.

—Gracias, pero no era necesario —estas personas realmente me tratan como a una verdadera señora, aunque disto mucho de serlo.

—No ha probado bocado desde ayer por la noche. No se aceptan excusas. Además, el señor Halim pidió vigilar que usted se sintiera bien.

—¿Por qué? ¿Acaso no soy un dolor de cabeza para él? —ante mi pregunta, Malika solo le indicó con la cabeza a la sirvienta que saliera del dormitorio y se asegurara de cerrar bien la puerta.

—Después de que usted dejó el despacho, tuvimos una conversación. Le conté la verdad que yo sé y también le mostré su vestido de novia. Sí, en su cabeza no cabe que el señor Muhammad pudiera actuar de semejante manera, pero al menos se puso a pensar en que usted también podría estar diciendo la verdad.

—Él juró ante Dios que me dejaría ir cuando aclarara todo esto.

—Si el señor Halim dijo eso, así será. Es un hombre de honor y de palabra. Por cierto… —Malika se calla abruptamente y sale corriendo del dormitorio. Me asombra su cambio de humor, pero espero sumisamente a que la mujer regrese a mí.

Pasan unos minutos en los que no está, y luego veo en el umbral mi maleta de un rosa tierno, la cual resulta que estuvo en la casa todo este tiempo. —El señor Halim pidió transmitirle que usted no es una prisionera en esta casa, sino una invitada. Y que lamenta mucho la discusión de ayer.

Junto con la maleta me entregaron también todos mis documentos y un teléfono nuevo y empaquetado. Del mío, lo más probable es que simplemente se hubieran deshinchado de él, por lo que el señor Halim compró otro para que pudiera comunicarme con mis seres queridos. Ese gesto me dejó una sensación tan cálida en el alma.

—Le estoy infinitamente agradecida por todo. Perdón por lo de ayer…

—No tiene nada de qué disculparse. Entiendo por qué lo hizo, y el señor Halim, probablemente, también. Dele un poco de tiempo, porque para él también es difícil.

—Si soy sincera, ni siquiera sé cómo comportarme con él. Ese hombre me causa disonancia. Por un lado le temo, pero ayer sentí que podía confiar en él. Y es tan extraño.

—No tiene nada de qué temer. Ya lo verá, en cuanto el señor Halim descubra la verdad por sí mismo, sin duda hablarán de todo.

—Eso espero.

Cuenta por cuenta, voy repasando el rosario de malaquita para poder concentrarme en mis pensamientos. Llevo varios días sin ser yo mismo. La revelación de Malika me obligó a reflexionar sobre si realmente conocía a mi hermano mayor, si conocía al único ser querido que me quedaba tras la muerte de mis padres.

Muhammad y yo no éramos muy cercanos. La diferencia de edad de veinte años dejó su marca. Yo tenía cinco años cuando mi hermano se casó con Aisha y comenzó a construir su propia familia. Pero a pesar de ello, siempre participó en mi crianza. Desde la infancia y hasta su misma muerte, vi ante mí un ejemplo al que quería llegar a igualar.

En mi concepto, mi hermano era un hombre noble que siempre seguía las tradiciones y costumbres. Era un buen señor en la casa y un socio sabio en los negocios. Todo esto infundía un respeto infinito, tanto en mí como en la sociedad. Pero quién iba a pensar que detrás de esa imagen pudiera ocultarse algo secreto. Algo de tal magnitud que hace que la sangre se congele en las venas.

Ante mis ojos aparece la imagen de la llorosa Asya que huía con desesperación de la casa paterna, y en mi cabeza resuena la voz de Malika, que me decía: “Parecía un pequeño animal acorralado, al que el corazón se le iba a partir de miedo en cualquier momento”. Y aquello me hace sentir incómodo.

Mis reflexiones se vieron interrumpidas por el invitado que apareció en el umbral del despacho. Por un lado me alegra ver a Ayrat, pero por el otro no estoy completamente listo para escuchar la verdad.

—As-Salamu Alaykum, Ayrat —me aparto de la ventana panorámica para poder abrazar al hombre que conozco desde mi juventud. Durante más de veinte años trabajó para mi hermano y nos ayudó a llevar el negocio familiar.

—Wa-Alaykum As-Salam, Halim. En los funerales no era el momento para estas palabras, pero me alegra que hayas regresado a los Emiratos.

—Gracias, hermano.

Tras pedirle a la secretaria que nos preparara café, le propuse a Ayrat sentarse en el sofá, ya que nos esperaba una conversación no muy agradable por delante.

—¿Cómo está tu familia? ¿Todos sanos?

—Alabado sea Alá, sí. Mi nuera pronto me dará otro nieto, lo estamos esperando de un día para otro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.