Yo estoy de pie en la proa de un gran yate y miro lejos en el horizonte, donde se divisan las montañas de Irán. Cuando mi cintura es envuelta por una mano ajena, yo poco a poco me tenso, aunque con la cabeza comprendo que no corresponde. Es mejor entregarse a los sentimientos y disfrutar del momento. Apoyo la cabeza en el hombro ajeno y cierro los ojos. Esta puede ser la única oportunidad de la que corresponde hacer uso.
Pero el idilio dura poco. Es como si una descarga eléctrica me golpeara cuando escucho mi nombre de los labios del hombre.
—Asya… mi niña —el cuerpo se deprime y yo abro abruptamente los ojos—. Mi joven esposa.
Me sacudo hacia adelante, pero el agarre en la cintura se vuelve más fuerte. Consigo solo girarme un poco de lado para poder lanzar una mirada al odiado rostro, el cual enmarca una vil sonrisa.
—¿Por qué te pusiste tan sombría? Hace un momento le sonreías así a mi hermano menor, y ahora te fias —por el miedo se me cortó el habla. Dos veces intenté decir algo, pero la boca no emitía ningún sonido.
Esto no puede ser verdad. Él está muerto. Hace tiempo ya debe estar en el infierno.
—Sí, querida, tienes razón. Hace tiempo estoy en el infierno, y ya muy pronto tú te unirás a mí. Responderás por haber mirado cómo yo moría y regodearte con ello.
La presión en la cintura desaparece. Tengo la oportunidad de girarme por completo con el torso hacia el hombre cuyo rostro prefería olvidar de una vez por todas.
—¿Qué, te gusta Halim? ¿Piensas en él? ¿Sueñas con pertenecerle? —yo sacudo negativamente la cabeza, aunque comprendo que miento. Halim ocupa la mayoría de mis pensamientos y no puedo hacer nada con ello.
—Mentirosa, pequeña mentirosa que piensa que todo le saldrá bien.
El hombre da un paso adelante y aprieta dolorosamente mi cuello. Instintivamente abarco su muñeca para de algún modo debilitar la presión, pero esta se vuelve cada vez más fuerte. Me es difícil respirar, por lo que intento emitir un estertor, pero el viejo engendro solo se mofa de ello.
—No pasa nada, nosotros dos ya muy pronto nos encontraremos. No pudimos estar juntos en el mundo entre los vivos, pues nos reuniremos entre los muertos —estas fueron las últimas palabras que escuché antes de que de bajo mis pies desapareciera el apoyo.
El fantasma del pasado me arrojó al agua. Extraño, pero cuando volaba hacia abajo, ni siquiera miedo sentía. Al contrario, había ligereza. Miraba alto al cielo y pensaba en lo hermoso que era.
Y luego hubo un fuerte golpe. El agua me fagocitó, atrayéndome a sus fríos abrazos. Mi corazón latía de manera irregular y me sentía como en una trampa que despiadadamente me aprieta por todos lados.
La necesidad de respirar me cubrió y yo comprendía que la lucha por la vida ya había comenzado. Mis pulmones ardían por la imposibilidad de inhalar aire, y la esperanza de salvación se calcinaba, mezclada con el miedo y el impotente deseo de sobrevivir.
Comencé a toser tan fuertemente como si quisiera escupir mis pulmones. Pero esto me ayudó a despertarme de aquella pesadilla que a la lengua no le dará la vuelta llamar un sueño.
Todo esto no fue de verdad.
Es solo un sueño.
Puedo respirar.
La caja torácica se eleva como si hubiera corrido un maratón. Una y otra vez intento expectorar, aunque comprendo que en mis pulmones no hay agua. Es solo un sueño y ha quedado atrás. Lo que no se puede decir de mis manos atadas y la sangre seca que veo en la ropa. Sobreviví a la noche, pero ella puede ser la última.
***
Fue la noche más larga de mi vida. No podía pegar un ojo, y la subconsciencia gritaba que el amanecer nunca llegaría.
Después de la conversación con Marina fui al dormitorio de Asya, en el cual ella tanta falta hacía. Alguna vez este fue el cuarto de mi madre, pero decidí que quería alojar en él a esta muchacha. Tal vez, inconscientemente, quería que ella estuviera más cerca de mí. Ahora, en cambio, comprendo que actué correctamente. Con la aparición de Asya las paredes vacías se llenaron de vida y de nuevo se volvieron acogedoras.
Miraba las nimiedades femeninas distribuidas por todo el cuarto. Las joyas en los cofres y las hermosas prendas en las perchas. Algo Asya se ponía, y algo no alcanzó a tocar.
Sé que aquí no es mi lugar, pero no puedo hacer nada conmigo mismo. Al igual que contenerme para no tocar el pañuelo de seda con el que Asya cubría su cabeza. Sabe Alá, me es tan difícil luchar conmigo mismo. Los ojos se cierran solos y acerco la mano al rostro. Una apenas perceptible estela de perfume llena mis pulmones y me adormece la cabeza.
¿Cómo ocurrió que en tan mísero tiempo perdí la tranquilidad por una joven eslava a la que con engaños trajeron a los Emiratos? ¿Acaso era el destino que nos encontráramos así? ¿O simplemente tomo por mi cuenta dicha coincidencia? Preguntas hay muchas, pero sé exactamente una cosa: Asya no me es indiferente. Y comprendiendo esto, mi preocupación por ella se vuelve cada vez más fuerte.
Pobre mi niña... ¿Dónde está? ¿Qué está pasando con ella? ¡Qué asustada debe estar!
Por primera vez siento un miedo tan fuerte y desamparo. Ni mis fortunas, ni mis contactos pueden influir de ninguna manera para que yo pueda regresar a Asya a casa. Aquí el asunto es solo de la Interpol, y a mí me toca esperar. Aunque, verdad sea dicha, es insoportable. Vago por el dormitorio como un fantasma y no puedo encontrar lugar.