Cautivo

CAPÍTULO 1: “LA NOCHE EN QUE ME ROBÓ… Y YO NO QUISE VOLVER”

No fue el secuestro lo que me rompió… fue la forma en que mi cuerpo no quiso huir.

Aún puedo sentir la lluvia golpeando mi piel esa noche, fría y violenta, como si el mundo entero intentara advertirme y yo, orgullosa, decidiera avanzar igual. Siempre fui así, desafiante, convencida de que nada podía doblegarme, hasta que él apareció.

Mi nombre es Valeria Ríos. Y esa noche todo lo que creía controlar dejó de pertenecerme.

La oficina estaba casi vacía, iluminada por la luz fría de la pantalla mientras revisaba documentos que ya no sentía como propios. Mi vida se había vuelto mecánica, ordenada, segura, y yo necesitaba ese control porque el caos, una vez que entra en tu vida, nunca se va del todo.

Miré el reloj, suspiré, cerré la laptop y tomé mi bolso. Todo parecía normal, demasiado normal, y ahora sé que esa calma era solo el preludio de algo mucho más oscuro.

Caminé por el pasillo vacío hacia el ascensor, pero algo no encajaba. Esa sensación… esa certeza incómoda de que alguien me observaba.

Me detuve. Giré lentamente.

Nada.

Aun así, mi cuerpo no se relajó porque el instinto nunca se equivoca.

Mi corazón empezó a latir más rápido, no por miedo, sino por una tensión que me recorría la piel como electricidad.

—Estás exagerando —murmuré para mí misma.

Pero mi voz no sonó convincente.

Apuré el paso. Necesitaba salir de ahí, recuperar el control, respirar… pero el control ya no era mío.

El estacionamiento estaba casi vacío. El eco de mis pasos retumbaba demasiado fuerte y la lluvia golpeaba el concreto como un presagio.

Busqué mis llaves mientras caminaba, intentando convencerme de que todo estaba bien.

Mi auto estaba a unos metros.

Solo tenía que llegar.

Uno.

Dos.

Tres pasos…

—Valeria.

Mi nombre en su voz me congeló.

No fue un llamado.

Fue una afirmación.

Lenta.

Segura.

Íntima.

Giré.

Y ahí estaba.

Apoyado contra una columna como si siempre hubiera estado esperándome.

Alto. Oscuro. Imponente.

Pero no fue su presencia lo que me desarmó…

Fueron sus ojos.

Había algo en ellos. Algo que no se explica. Que no se entiende.

Algo que te atrapa… y no te suelta.

—¿Quién eres? —pregunté, intentando mantener firme la voz.

Él se incorporó lentamente, cada movimiento calculado, dominando el espacio… dominándome.

—Te encontré —dijo.

Fruncí el ceño.

—Estás confundido.

Sonrió.

Pero no fue una sonrisa amable.

Fue la de alguien que ya ganó.

—No —respondió—. Esperé demasiado tiempo para confundirme.

Un escalofrío me recorrió.

—No te conozco.

—Pero yo a ti sí.

Retrocedí un paso.

Luego otro.

—Esto es absurdo.

—No —dijo acercándose—. Esto es inevitable.

Y entonces lo sentí.

El peligro real.

Giré y corrí.

No pensé. No dudé.

Solo corrí.

Busqué las llaves desesperadamente.

Mis manos temblaban.

Abrí el auto…

Pero no llegué a entrar.

Su mano se cerró sobre mi muñeca.

Fuerte.

Inquebrantable.

Un jadeo escapó de mis labios.

—Suéltame —dije, forcejeando.

Pero él no lo hizo.

Al contrario.

Me acercó a él.

Demasiado.

Sentí su respiración contra mi piel.

—No —susurró—. No después de todo lo que hice para encontrarte.

Mi corazón golpeó con fuerza contra mi pecho.

—No te conozco —repetí.

—Pero yo sí a ti.

Su mirada descendió a mis labios por una fracción de segundo.

Y algo dentro de mí…

Se quebró.

Porque no había odio en sus ojos.

Había algo peor.

Deseo.

Oscuro.

Peligroso.

Inevitable.

—Esto es un error —logré decir.

Él negó lentamente.

—No, Valeria… esto es destino.

Y entonces…

Me besó.

No fue suave.

No fue dulce.

Fue un impacto.

Un incendio que me atravesó por completo.

Intenté resistirme.

De verdad lo intenté.

Pero mi cuerpo…

Mi maldito cuerpo…

Respondió.

Y en ese instante…

Supe que estaba perdida.

Me aparté con dificultad, respirando agitada.

—Estás enfermo —dije, aunque mi voz no tenía la fuerza que debería.

Él me observó en silencio, como si evaluara algo dentro de mí.

—Tal vez —admitió—. Pero eso no cambia lo que eres para mí.

—No soy nada para ti.

Su sonrisa volvió.

Lenta.

Peligrosa.

—Eso es lo que crees.

Y antes de que pudiera reaccionar…

Oscuridad.

Cuando desperté, no sabía dónde estaba.

El techo era alto. Elegante. Extraño.

No era mi casa.

No era ningún lugar que conociera.

Mi respiración se aceleró.

Intenté moverme.

Y entonces lo sentí.

Las cadenas.

No apretaban.

No dolían.

Pero estaban ahí.

Recordándome una sola cosa.

Ya no era libre.

—Tranquila —dijo su voz desde la sombra.

Giré la cabeza.

Y ahí estaba.

Observándome.

Como si yo fuera suya.

—¿Qué quieres? —pregunté, con la voz quebrada.

Se acercó lentamente.

Se inclinó apenas, lo suficiente para que nuestras miradas se encontraran.

—A ti.

Sentí un nudo en el estómago.

—Esto es ilegal… esto es una locura.

—Tal vez —respondió sin inmutarse—. Pero no te haré daño.

—Ya lo estás haciendo.

Sus ojos se oscurecieron apenas.

—No… lo que viene es mucho peor.

Un escalofrío me recorrió entera.

—¿Quién eres? —susurré.

Él sonrió.

Pero esta vez…

Había algo más.

Algo profundo.

Irrompible.

—Soy el hombre que te perdió una vez…

Mi corazón se detuvo.

—…y que no piensa volver a hacerlo.

Y en ese instante lo entendí.

Esto no era un secuestro.

Era una historia que ya había empezado mucho antes de esa noche.




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