Cautivo

CAPÍTULO 2: “LA JAULA DONDE APRENDÍ A DESEARLO”

Desperté sabiendo algo que me aterraba más que las cadenas…

No había gritado.

No había intentado escapar.

Y eso decía más de mí… que de él.

Abrí los ojos lentamente, dejando que la luz tenue recorriera el techo alto, elegante, casi irreal. No era una celda. No era un sótano oscuro. Era una habitación demasiado perfecta… demasiado pensada.

Demasiado controlada.

Como él.

Tragué saliva.

El silencio era espeso. Pesado.

Pero no estaba sola.

Lo sabía.

Lo sentía.

Giré la cabeza apenas.

Ahí estaba.

Sentado en un sillón, en la penumbra, observándome.

Inmóvil.

Paciente.

Como si pudiera esperar toda la vida… si eso significaba tenerme.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté, con la voz aún débil.

No respondió de inmediato.

Se tomó su tiempo.

Siempre se tomaba su tiempo.

—El suficiente para que empieces a entender —dijo finalmente.

Fruncí el ceño.

—¿Entender qué?

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, sin apartar sus ojos de mí.

—Que esto no es temporal.

Un escalofrío me atravesó.

—Esto es ilegal. Me van a buscar.

—Ya lo están haciendo.

Mi corazón dio un vuelco.

—Entonces esto va a terminar mal para ti.

Sonrió.

Esa maldita sonrisa.

—No, Valeria… —murmuró—. Esto recién empieza para nosotros.

Apreté los dientes.

—No hay “nosotros”.

Se levantó.

Lento.

Seguro.

Dominante.

Caminó hacia mí sin apuro, como si cada paso marcara territorio.

Como si yo ya fuera parte de él.

Se detuvo a centímetros.

Demasiado cerca.

—Te equivocas —susurró—. Siempre hubo un “nosotros”.

Mi respiración se volvió irregular.

—No recuerdo haberte visto en mi vida.

Su mirada cambió apenas.

Algo oscuro.

Algo herido.

Algo… peligroso.

—Ese es el problema —dijo—. Tú no recuerdas.

Mi estómago se tensó.

—¿Recordar qué?

No respondió.

En cambio… extendió la mano.

Y rozó mi mejilla.

Su toque fue suave.

Demasiado suave para alguien que me había secuestrado.

—No deberías hacer eso —susurré.

—¿Qué cosa?

—Tocarme como si…

No terminé la frase.

Pero él sí la entendió.

—¿Como si fueras mía?

Mi corazón se detuvo por un segundo.

—No lo soy.

Su pulgar recorrió lentamente mi piel.

—Todavía no.

Ese “todavía” cayó como una sentencia.

—Estás enfermo —repetí, aunque mi voz ya no tenía la misma fuerza.

—Probablemente —admitió sin culpa—. Pero tú…

Se inclinó más cerca.

—…tú eres la única cura que quiero.

Un escalofrío me recorrió entera.

—No soy tu salvación.

—No —respondió—. Eres mi obsesión.

Silencio.

Pesado.

Peligroso.

Real.

Aparté la mirada.

—¿Cómo te llamas? —pregunté, casi sin querer.

No respondió enseguida.

Como si esa simple pregunta tuviera demasiado peso.

—Adrián —dijo finalmente—. Adrián Varela.

El nombre me golpeó.

No sabía por qué.

Pero algo en mi interior reaccionó.

Algo profundo.

Algo olvidado.

—No me suena —mentí.

Él lo notó.

Claro que lo notó.

—Sí te suena —murmuró—. Solo que aún no sabes por qué.

Mi pulso se aceleró.

—Estás jugando conmigo.

—No —dijo—. Estoy recordándote quién eres… cuando estás conmigo.

Lo miré, desafiante.

—Entonces dime —exigí—. ¿Qué soy para ti?

Sus ojos se oscurecieron.

Y su respuesta…

No fue la que esperaba.

—La mujer que me traicionó.

El aire se congeló.

—¿Qué?

Se apartó apenas.

Pero su mirada no me soltó.

—La mujer que me dejó morir.

Mi corazón se desbocó.

—Estás equivocado.

—No —dijo con firmeza—. Nunca me equivoco contigo.

—No te conozco —insistí.

—Me conociste mejor que nadie.

Negué con la cabeza, desesperada.

—Esto no tiene sentido.

—Lo tendrá —murmuró—. Cuando recuerdes.

Mi respiración se volvió irregular.

—Yo no te hice nada.

Su mandíbula se tensó.

—Eso es lo que tú crees.

Silencio otra vez.

Pero esta vez…

Dolía.

Porque en el fondo…

Algo dentro de mí comenzaba a temblar.

—¿Por qué yo? —susurré—. Hay miles de personas en el mundo…

Se acercó de nuevo.

Demasiado.

—Porque eres la única que pudo destruirme…

Su voz bajó.

Peligrosa.

Íntima.

—…y la única que puede volver a armarme.

Mi pecho subió y bajó con fuerza.

—Eso no es amor.

—Nunca dije que lo fuera.

Sus dedos atraparon mi mentón, obligándome a mirarlo.

—Esto es algo mucho peor.

Un latido.

Dos.

Tres.

—Entonces déjame ir —susurré.

Me sostuvo la mirada.

Y por un segundo…

Creí ver duda.

Una mínima grieta en su control.

Pero desapareció.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No quiero.

Esa fue la verdad.

Cruda.

Directa.

Irrefutable.

—Esto no va a terminar bien —dije.

—Ya terminó mal hace mucho tiempo —respondió—. Ahora solo estamos viviendo las consecuencias.

Mi mente giraba.

Demasiadas preguntas.

Demasiadas piezas faltantes.

—Si alguna vez te conocí… —murmuré—. ¿por qué no lo recuerdo?

Su expresión cambió.

Por primera vez…

Dolor.

—Porque alguien se encargó de que lo olvidaras.

El mundo se detuvo.

—¿Quién?

No respondió.

Pero su mirada dijo todo.

No confiaba en nadie.

Ni siquiera en mí.

—Estás mintiendo —dije, aunque ya no estaba segura.

—Ojalá lo estuviera.

Silencio.

Pesado.

Oscuro.

Y entonces…

—No eres mi enemigo —susurré, sin saber por qué lo decía.

Él sonrió apenas.

Triste.

Peligroso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.