No fue su voz lo que me desestabilizó…
Fue la forma en que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
No debía sentir eso.
No después de todo.
No en esta situación.
Y sin embargo… lo sentía.
Abrí los ojos con una respiración entrecortada, como si hubiera estado corriendo en sueños. Pero no era un sueño. Era peor. Era una sensación. Una imagen difusa clavándose en mi cabeza sin forma clara, sin sentido completo… pero con una emoción tan intensa que dolía.
Sus manos.
Su voz.
Su cercanía.
No de ahora…
De antes.
Me incorporé de golpe, tirando levemente de las cadenas. El sonido metálico rompió el silencio de la habitación, pero no fue eso lo que me heló la sangre.
Fue darme cuenta de que no estaba sola otra vez.
—Ya empezaste a recordar —dijo él desde la penumbra.
Giré la cabeza bruscamente.
Adrián estaba de pie junto a la ventana, observando la lluvia caer como si el tiempo no importara. Como si todo ya estuviera escrito.
—No —respondí rápido—. No recuerdo nada.
Mentí.
Y él lo supo.
—Tu respiración cambia —murmuró sin mirarme—. Siempre lo hace cuando algo dentro de ti despierta.
Mi pulso se aceleró.
—No sabes lo que dices.
Se giró lentamente.
Sus ojos…
Maldita sea, sus ojos.
Eran demasiado intensos. Demasiado seguros.
—Lo sé todo —dijo—. Más de lo que quisieras aceptar.
Negué con la cabeza.
—Esto es manipulación.
—No —respondió—. Esto es memoria.
—No tengo nada que recordar contigo.
Se acercó.
Paso a paso.
Sin apuro.
Como siempre.
—Eso también lo dijiste antes.
Mi respiración se trabó.
—¿Antes cuándo?
Se detuvo frente a mí.
Muy cerca.
Demasiado.
—La última vez que intentaste olvidarme.
El mundo se inclinó por un segundo.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá —murmuró—. Cuando dejes de luchar contra lo que ya sabes.
—No sé nada —insistí, aunque mi voz ya no era firme.
Su mirada descendió lentamente por mi rostro, como si leyera cada emoción que intentaba ocultar.
—Tu cuerpo sí.
Sentí un calor incómodo recorrerme.
—Eso no significa nada.
—Significa todo —dijo—. Porque tu mente puede mentir… pero tu cuerpo no.
Tragué saliva.
—No puedes obligarme a sentir algo que no existe.
Sus labios se curvaron apenas.
—No necesito obligarte.
Se inclinó.
Y su voz bajó.
—Ya lo sientes.
Un latido fuerte.
Luego otro.
Y otro más.
Demasiado rápido.
Demasiado real.
—Eso no es… —intenté decir.
Pero no terminé la frase.
Porque su mano rozó mi cuello.
Suave.
Lenta.
Como si conociera cada punto exacto donde mi piel reaccionaría.
Y reaccionó.
Maldita sea… reaccionó.
—Ves —susurró—. No necesitas recordar… para responder.
Cerré los ojos un segundo, furiosa conmigo misma.
—Esto no es real.
—Es lo más real que has sentido en mucho tiempo.
Lo miré con rabia.
—Eres un manipulador.
—Y tú… una mentirosa.
El golpe fue directo.
—¿Perdón?
—Te mentiste a ti misma durante años —continuó—. Fingiste no sentir. Fingiste no recordar. Fingiste que eras libre.
Mi pecho subía y bajaba con fuerza.
—Lo soy.
Él negó suavemente.
—Nunca lo fuiste.
Silencio.
Pesado.
Denso.
Peligroso.
—Si dices la verdad… —murmuré—. entonces dime algo que lo pruebe.
Sus ojos brillaron.
No con triunfo.
Con algo más oscuro.
—¿Quieres pruebas?
—Sí.
Se inclinó más cerca.
Demasiado.
—La noche en que te fuiste…
Mi corazón se detuvo.
—…llevabas un vestido rojo.
El aire desapareció.
—Y dijiste que volverías.
Un nudo se formó en mi garganta.
—Mentira.
—No volviste.
Mi respiración se volvió irregular.
—Eso no prueba nada.
—Te esperé durante horas.
Su voz se volvió más baja.
Más áspera.
—Hasta que entendí que me habías dejado morir.
Mi mente giró.
Demasiado rápido.
Demasiado confuso.
—No hice eso —susurré.
Pero ya no sonaba tan segura.
—Lo hiciste.
—No…
—Lo hiciste.
Su voz no subió.
No gritó.
Pero fue más fuerte que cualquier grito.
—¿Qué pasó esa noche? —pregunté, casi sin darme cuenta.
Silencio.
Por primera vez…
Dudó.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
—No todavía —dijo finalmente.
—¿Por qué?
—Porque si lo recuerdas todo de golpe…
Se detuvo.
Su mirada cambió.
Algo más oscuro.
Más profundo.
—…no sé si podré seguir controlándome.
Un escalofrío me atravesó.
—¿Controlarte cómo?
No respondió.
Y eso…
Fue peor.
—Tienes miedo —dije, intentando recuperar terreno.
Él sonrió.
Pero no fue burla.
Fue algo más peligroso.
—No… Valeria —murmuró—. El problema es que tú todavía no lo tienes.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
Era diferente.
Porque ahora…
Había duda.
Dentro de mí.
Y eso era mucho peor que el miedo.
—Si alguna vez estuve contigo… —susurré—. ¿por qué no lo recuerdo?
Se acercó una vez más.
Lento.
Seguro.
Irrompible.
—Porque alguien decidió que eras más útil… sin mí.
El mundo se detuvo.
—¿Útil para qué?
Sus ojos se oscurecieron.
—Para destruirme.
Mi pecho se apretó.
—No haría eso.
—Ya lo hiciste.
Sus palabras cayeron como una sentencia.
—Entonces… —dije con la voz quebrada—. ¿por qué no me odias?
Esa fue la pregunta.
La única que importaba.
Y su respuesta…
Fue peor que cualquier amenaza.
Porque no dudó.
—Porque nunca dejé de amarte.
El aire se volvió irrespirable.