Cautivo

CAPÍTULO 4: “EL RECUERDO QUE NO DEBERÍA EXISTIR”

No fue la verdad lo que me hizo temblar…

Fue darme cuenta de que una parte de mí quería creerle.

Me quedé inmóvil después de aquella imagen fugaz, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros sin moverme. No era solo confusión. Era algo más profundo, más peligroso… algo que se abría paso dentro de mí sin pedir permiso.

—Lo sentiste —dijo Adrián en voz baja.

No respondí.

No podía.

Porque sí… lo había sentido.

Y eso me aterraba más que todo lo demás.

—No significa nada —murmuré finalmente, aunque ni yo misma me creí.

Él no se movió.

No necesitaba hacerlo.

—Significa que estás empezando a volver —respondió.

—No tengo que volver a ningún lado.

—Sí tienes.

Su seguridad me irritó.

—No decides eso.

—Ya lo decidiste tú… hace tiempo.

Apreté los puños.

—No recuerdo nada contigo.

—Pero tu cuerpo sí —repitió con calma.

—Deja de decir eso —exigí—. No prueba nada.

Se acercó un paso.

Solo uno.

Pero bastó para que el aire cambiara.

—Prueba todo —murmuró—. Porque lo que hubo entre nosotros… nunca fue superficial.

Mi respiración se volvió irregular.

—No hubo nada.

—Hubo todo.

El silencio se tensó entre nosotros.

Como una cuerda a punto de romperse.

—Entonces dime —dije—. ¿por qué lo olvidé?

Esa vez no respondió enseguida.

Y eso… fue distinto.

Porque Adrián no dudaba.

Nunca.

Hasta ahora.

Sus ojos se oscurecieron.

—Porque te obligaron.

El mundo se detuvo.

—¿Quién?

—Alguien que sabía lo que eras para mí.

Mi corazón dio un salto incómodo.

—Eso no responde nada.

—Responde todo.

Negué con la cabeza.

—No tiene sentido.

—Lo tendrá —repitió—. Cuando dejes de ver solo una parte de la historia.

—Entonces muéstramela —desafié—. Si dices la verdad, haz que recuerde.

Sus ojos se clavaron en los míos.

Y por primera vez…

Vi algo distinto.

No poder.

No control.

Miedo.

—No estás lista —dijo.

—No decides eso.

—Sí lo hago.

Su voz fue más firme.

Más dura.

—Porque si recuerdas todo…

Se detuvo.

Su mandíbula se tensó.

—…no sé si voy a poder seguir tratándote así.

Un escalofrío me recorrió entera.

—¿Así cómo?

No respondió.

Pero su mirada…

Dijo demasiado.

—No me asustas —mentí.

—Debería.

El silencio volvió.

Pesado.

Cargado.

—Si dices que te traicioné… —susurré—. ¿por qué no me mataste?

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Y su respuesta…

Llegó demasiado rápido.

—Porque no puedo.

Mi corazón se detuvo.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí lo tiene.

Se acercó más.

Demasiado.

—Podría destruirte —murmuró—. Podría hacerte pagar por todo lo que me hiciste.

Su voz bajó.

Oscura.

Íntima.

—Pero prefiero tenerte así.

Mi piel se erizó.

—¿Encadenada?

—Cerca.

Esa palabra…

Dolió más de lo que debería.

—Eso no es amor.

—Nunca dije que lo fuera.

Silencio.

Un latido.

Dos.

Tres.

—Entonces dime qué es —exigí.

Sus ojos se endurecieron.

—Es lo único que me queda de lo que fuimos.

Mi pecho se tensó.

—No recuerdo nada de eso.

—Lo harás.

—¿Y si no quiero?

Se inclinó lentamente hacia mí.

—Ya empezaste.

Mi respiración se cortó.

—Eso no significa que…

Pero no terminé la frase.

Porque en ese instante…

Otra imagen.

Más fuerte.

Más clara.

Una risa.

Mía.

No como ahora.

Más libre.

Más viva.

Sus manos entrelazadas con las mías.

Luz.

Calor.

Un susurro cerca de mi oído…

“Quédate conmigo.”

Abrí los ojos de golpe.

El corazón desbocado.

—No… —murmuré—. Eso no es real.

Adrián no se movió.

Pero su mirada…

Ardía.

—Sí lo es.

—No puede ser.

—Lo es.

—No te conozco así —insistí, aunque mi voz temblaba.

—Me conociste mejor que nadie.

El aire se volvió pesado.

—Entonces… ¿qué pasó?

Silencio.

Y esta vez…

Dolió.

—Nos destruyeron —dijo finalmente.

Mi estómago se contrajo.

—¿Quién?

—Los mismos que te hicieron olvidarme.

Mi mente giró.

—¿Por qué?

Sus ojos se endurecieron.

—Porque éramos un problema.

—¿Para quién?

Se inclinó más cerca.

—Para gente que no perdona… ni olvida.

Un escalofrío me recorrió entera.

—Esto no es solo sobre nosotros —susurré.

—Nunca lo fue.

Silencio.

Denso.

Real.

—Entonces… ¿por eso me trajiste? —pregunté—. ¿Para vengarte?

Su expresión cambió.

Algo oscuro cruzó por sus ojos.

—Al principio… sí.

Mi corazón se apretó.

—¿Y ahora?

Se acercó lo suficiente para que nuestras respiraciones se mezclaran.

—Ahora… ya no sé si quiero destruirte…

Su voz bajó aún más.

—…o recuperarte.

El mundo se inclinó.

—No puedes tener ambas cosas.

—Eso es lo que vamos a descubrir.

Un latido.

Dos.

Tres.

—Esto está mal —susurré.

—Siempre lo estuvo.

Sus dedos rozaron mi mejilla otra vez.

Y mi cuerpo…

Respondió.

Otra vez.

—No… —murmuré—. Esto no puede estar pasando.

—Está pasando.

—No quiero sentir esto.

—Pero lo sientes.

Cerré los ojos un segundo.

—Esto no es real.

—Es lo único real que te queda.

Silencio.

Y entonces…

—Si esto es verdad —dije—. entonces alguien nos separó.

—Sí.

—Y alguien hizo que lo olvidara.

—Sí.

—Entonces… —lo miré directo a los ojos—. ¿quién gana con que estemos así?

Su expresión cambió.

Se endureció.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.