No fue saber que alguien más me buscaba lo que me quebró…
Fue darme cuenta de que quizá ya me había encontrado antes.
El silencio después de sus palabras no fue vacío. Fue pesado. Vivo. Como si algo invisible acabara de entrar en la habitación con nosotros.
—¿Quién? —pregunté, aunque una parte de mí no quería escuchar la respuesta.
Adrián no respondió de inmediato. Su mirada se desplazó hacia la ventana, hacia la lluvia que caía con una violencia casi hipnótica.
—Alguien que no comete errores —dijo finalmente.
—Eso no significa nada.
—Significa todo.
Fruncí el ceño.
—No puedes decir algo así y esperar que me quede tranquila.
—No quiero que estés tranquila.
Su respuesta fue directa. Fría. Real.
—Quiero que entiendas el peligro en el que estás.
—Estoy encadenada en una habitación contigo —repliqué—. Ya entiendo el peligro.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No —murmuró—. Yo no soy el peor de ellos.
El aire se volvió más denso.
—Eso no es tranquilizador.
—No lo es.
Silencio.
Mi mente intentaba ordenar todo. Las piezas no encajaban, pero estaban ahí… dispersas, esperando ser vistas.
—Si alguien más me busca… —dije lentamente—. ¿por qué no me encontró antes que tú?
Adrián sonrió apenas.
Pero no fue arrogancia.
Fue conocimiento.
—Porque yo siempre llego primero.
Un escalofrío me recorrió.
—Eso no suena mejor.
—No tiene que hacerlo.
Apreté los labios.
—Entonces dime la verdad completa.
—No puedo.
—No quieres.
—No puedo —repitió—. Porque no confías en mí.
Solté una risa breve, amarga.
—¿Y debería hacerlo?
Se acercó un paso.
—Más de lo que crees.
—Me secuestraste.
—Te protegí.
—Me encadenaste.
—Te mantuve conmigo.
—Eso no es lo mismo.
—Para mí sí.
El silencio volvió a caer entre nosotros.
Pero esta vez…
Había algo distinto.
Una grieta.
—Si realmente quisieras protegerme… —susurré—. me dirías quién me está buscando.
Su mirada se endureció.
—Si te lo digo… vas a empezar a recordar más rápido.
Mi pulso se aceleró.
—Entonces dímelo.
—No.
—¿Por qué?
Se inclinó apenas hacia mí.
—Porque no sé si lo que vas a recordar… te va a hacer correr hacia mí…
Su voz bajó.
—…o alejarte para siempre.
Mi pecho se apretó.
—Eso ya lo decidí —mentí.
—No —dijo con calma—. Todavía no.
Silencio.
Un latido.
Dos.
Tres.
—Dijiste que te traicioné —murmuré—.
—Lo hiciste.
—Pero también dijiste que me amabas.
—Lo hago.
—Entonces… —lo miré fijamente—. ¿por qué siento que hay algo más que no me estás diciendo?
Su expresión cambió.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
Duda.
—Porque lo hay.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
Se alejó un paso.
Como si necesitara distancia.
Como si decirlo fuera más difícil de lo que parecía.
—No solo me traicionaste a mí —dijo finalmente.
El mundo se inclinó.
—¿Qué significa eso?
Sus ojos volvieron a los míos.
Más oscuros.
Más peligrosos.
—Significa que también te traicionaste a ti misma.
Mi estómago se contrajo.
—No entiendo.
—Lo harás.
—No, Adrián —insistí—. Dímelo ahora.
Silencio.
Pesado.
Irrompible.
—Esa noche… —comenzó—. no solo desapareciste.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué hice?
No respondió enseguida.
Pero cuando lo hizo…
Sus palabras me atravesaron.
—Elegiste a alguien más.
El aire desapareció de mis pulmones.
—Eso no es posible.
—Lo es.
—No lo recuerdo.
—Porque no quieres hacerlo.
Negué con la cabeza.
—No soy esa persona.
—Sí lo eres.
Su voz no fue cruel.
Fue peor.
Fue segura.
—Entonces dime quién —susurré—. ¿a quién elegí?
El silencio se alargó.
Y en ese instante…
Lo sentí.
Algo dentro de mí.
Una presión.
Una imagen intentando salir.
Pero no podía verla.
No completamente.
—No —murmuré—. no…
Adrián dio un paso hacia mí.
—Valeria…
—No quiero ver esto —dije, apretando los ojos.
Pero ya era tarde.
La imagen llegó.
Fugaz.
Violenta.
Un rostro.
Desconocido…
Y sin embargo…
Familiar.
Una voz.
—“Elegiste bien.”
Abrí los ojos de golpe, jadeando.
—¿Quién es él?
Adrián se quedó inmóvil.
Demasiado quieto.
—Ya empezaste a verlo —dijo en voz baja.
—¿Quién es? —insistí—. ¿Quién es ese hombre?
Su mandíbula se tensó.
—El motivo por el que me perdiste.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá.
—No, dime su nombre —exigí—.
Silencio.
Y luego…
—No todavía.
—¡Basta de eso!
Mi voz se quebró.
—Estoy atrapada aquí, sin recuerdos, sin respuestas… y tú sigues jugando conmigo.
Él no reaccionó como esperaba.
No se enojó.
No se defendió.
Solo me miró.
Con algo… distinto.
—No estoy jugando contigo —murmuró—. Estoy tratando de no perderte otra vez.
El golpe fue directo.
—Entonces deja de esconder cosas.
Se acercó lentamente.
—Si te digo su nombre…
Se detuvo frente a mí.
—…todo va a cambiar.
—Ya cambió.
—No como crees.
Silencio.
—Dímelo —susurré.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Y por primera vez…
Vi algo que no había visto antes.
Miedo real.
—Si lo recuerdas…
Su voz bajó.
—…puede que ya no me necesites.
Mi pecho se tensó.
—Eso no depende de ti.
—No —admitió—. Depende de lo que fuiste… antes de olvidarme.
Un latido.
Dos.
Tres.
—Entonces quiero saberlo —dije.