Cautivo

CAPÍTULO 6: “EL HOMBRE QUE NO DEBERÍA CONOCER”

No fue su presencia lo que me heló la sangre…

Fue la certeza de que mi corazón ya sabía quién era.

La puerta se abrió por completo con un crujido lento, casi calculado. La silueta avanzó un paso dentro de la habitación, dejando que la luz revelara su rostro… y en ese instante, el mundo se detuvo.

No lo conocía.

No debía conocerlo.

Y sin embargo…

Algo dentro de mí se tensó como si lo hubiera esperado toda la vida.

—Vaya… —dijo con una voz grave, suave, peligrosamente tranquila—. Así que aquí estás.

Mi respiración se volvió irregular.

No aparté la mirada.

No pude.

Era alto. Elegante. Su presencia no era caótica como la de Adrián… era peor. Era ordenada. Precisa. Como si cada gesto estuviera medido para dominar sin esfuerzo.

—Llegaste tarde —dijo Adrián, colocándose levemente delante de mí.

Protegiéndome.

O reclamándome.

No sabía cuál de las dos cosas era peor.

El hombre sonrió.

Pero no fue una sonrisa cálida.

Fue fría.

Calculadora.

—Nunca llego tarde —respondió—. Solo dejo que tú te adelantes.

El aire se volvió irrespirable.

—No deberías estar aquí —gruñó Adrián.

—Y sin embargo… aquí estoy.

Sus ojos se movieron hacia mí.

Y en cuanto lo hicieron…

Sentí el golpe.

No físico.

Peor.

Interno.

Un reconocimiento brutal.

Una conexión que no entendía… pero que me atravesó por completo.

—Valeria —murmuró él.

Mi nombre en su voz…

Fue distinto.

Más íntimo.

Más antiguo.

Como si lo hubiera dicho mil veces… en otros momentos… en otra vida.

—¿Quién eres? —pregunté, aunque mi voz no salió tan firme como quería.

Él inclinó levemente la cabeza.

—¿De verdad no me recuerdas?

Mi corazón dio un vuelco.

—No.

Adrián soltó una risa seca.

—No juegues con eso.

—No estoy jugando —respondió el otro sin mirarlo—. Es fascinante verla así… tan intacta.

—No la mires —dijo Adrián, más bajo, más oscuro.

El hombre ignoró completamente la advertencia.

—Pensé que habrías recuperado algo más para ahora —continuó—. Después de todo… siempre fuiste más rápida que él.

Fruncí el ceño.

—¿Más rápida en qué?

Sus ojos volvieron a mí.

Y esta vez…

Había algo más que frialdad.

Había… posesión.

—En entender quién eres realmente.

Mi pulso se aceleró.

—No sé de qué estás hablando.

—Claro que lo sabes —respondió—. Solo que aún no puedes aceptarlo.

—Aléjate de ella —intervino Adrián, dando un paso al frente.

La tensión entre ellos era palpable.

Real.

Antigua.

—¿Vas a impedirme acercarme? —preguntó el hombre con una leve sonrisa—. ¿Otra vez?

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.

—No es tuya —gruñó Adrián.

El hombre rió suavemente.

—Nunca fue tuya.

Mi respiración se cortó.

—¿Qué significa eso? —pregunté, mirando a ambos.

Ninguno respondió enseguida.

Pero sus miradas…

Lo dijeron todo.

Esto no era nuevo.

Esto ya había pasado.

—Dímelo —exigí—. ¿Quién es él?

Adrián no habló.

Pero el otro sí.

—Soy el hombre que elegiste.

El golpe fue brutal.

—Eso no es cierto —respondí de inmediato.

—Lo es —dijo con calma—. Aunque no quieras recordarlo.

Mi mente giró.

Demasiado rápido.

Demasiado confuso.

—No… yo no…

—Sí —interrumpió—. Me elegiste a mí.

Silencio.

Un latido.

Dos.

Tres.

—Mientes —susurré.

—Ojalá lo hiciera.

Adrián tensó la mandíbula.

—No le hables.

—¿Por qué? —preguntó el otro—. ¿Tienes miedo de que recuerde?

—Tengo miedo de lo que hiciste con ella.

El hombre ladeó la cabeza.

—Yo no hice nada que ella no quisiera.

Mi estómago se contrajo.

—Eso no puede ser verdad…

—Lo es —respondió—. Siempre supiste lo que hacías.

—Cállate —gruñó Adrián.

—¿Por qué? —insistió el otro—. ¿Porque no puedes aceptar que te dejó por mí?

El silencio explotó.

Adrián avanzó un paso.

—No vuelvas a decir eso.

—Es la verdad.

—Es tu versión.

—Es la única que importa.

La tensión entre ellos era insoportable.

Pero lo peor…

Era lo que estaba pasando dentro de mí.

Porque mientras discutían…

Mi mente comenzó a fragmentarse.

Imágenes.

Rápidas.

Confusas.

Dolorosas.

Una mano que no era la de Adrián…

Sujetándome.

Una voz…

La suya.

—“Confía en mí.”

Un beso…

Diferente.

Más frío.

Más controlado.

Abrí los ojos de golpe.

—No…

Los dos me miraron al mismo tiempo.

—Lo estás viendo —murmuró Adrián.

—Claro que lo está viendo —respondió el otro—. Siempre fue buena recordando lo que le convenía.

—No es así —dije, aunque mi voz temblaba.

—¿No? —se acercó un paso—. Entonces dime…

Se inclinó apenas.

—¿Por qué tu cuerpo no se aleja de mí?

Mi respiración se detuvo.

Porque tenía razón.

No me había movido.

No había retrocedido.

Nada.

—Eso no significa nada —intenté decir.

—Significa todo —murmuró—. Porque tú me elegiste… incluso sabiendo lo que era.

El aire se volvió denso.

—¿Qué eres? —pregunté.

Sonrió.

Pero no fue una sonrisa amable.

Fue oscura.

Profunda.

—El hombre que te enseñó a mentirle a quien amabas.

Mi corazón se rompió en dos.

—Eso no es cierto.

—Lo es.

—No…

—Lo hiciste —insistió—. Y lo harías otra vez.

—Basta —intervino Adrián—.

Su voz fue baja.

Pero cargada de algo peligroso.

—No te acerques más.

El otro lo miró sin miedo.

—¿Y qué vas a hacer?

Silencio.

Tensión.

Peligro.

—No me obligues —murmuró Adrián.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.