No fue recordar que lo elegí…
Fue sentir que una parte de mí aún lo haría.
El nombre seguía retumbando en mi cabeza como un eco imposible de detener.
Elías.
No era solo un nombre.
Era una llave.
Y acababa de abrir algo dentro de mí que ya no podía cerrarse.
—No… —susurré, llevándome una mano a la sien—. Eso no puede ser real.
Pero lo era.
Lo sentía.
Demasiado claro.
Demasiado vivo.
Adrián no se movió.
Me observaba como si ya hubiera visto ese momento antes. Como si supiera exactamente lo que venía después.
—Dímelo —exigí, respirando con dificultad—. ¿Qué hice?
Silencio.
Pesado.
Cargado.
—Valeria…
—¡Dímelo!
Mi voz se quebró.
—No puedo seguir así. No sabiendo… no entendiendo…
Adrián cerró los ojos un segundo.
Como si le doliera.
Como si recordar conmigo fuera también una condena para él.
—Esa noche —empezó lentamente—. no fue solo una decisión.
Mi corazón latía con fuerza.
—Fue una elección que cambió todo.
—Ya lo dijiste —interrumpí—. Lo elegí a él.
—Sí.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque creíste que era la única forma de salvarme.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No me traicionaste por deseo…
Su voz bajó.
—Lo hiciste por sacrificio.
Mi respiración se cortó.
—Eso no tiene sentido…
—Lo tendrá.
—No —insistí—. Si quería salvarte, ¿por qué elegí a otro?
Se acercó lentamente.
—Porque te hicieron creer que yo ya estaba perdido.
El golpe fue directo.
—¿Quién?
—Elías.
El nombre quemó.
—Él te convenció de que era la única salida.
Mi mente giró.
—Eso no…
Pero no pude terminar la frase.
Porque una nueva imagen irrumpió.
Más fuerte.
Más clara.
Adrián…
Herido.
Sangre.
Demasiada.
Su cuerpo cayendo…
Y una voz detrás de mí…
—“Si te quedas con él… muere.”
Mi respiración se volvió errática.
—No…
—“Pero si vienes conmigo…”
Cerré los ojos con fuerza.
—Basta…
—“Puedo salvarlo.”
Abrí los ojos de golpe.
El corazón desbocado.
—Eso… eso no puede ser verdad…
Adrián no habló.
Pero su silencio…
Confirmó todo.
—Lo hiciste para salvarme —murmuró—. Pero no sabías que él nunca cumple lo que promete.
Un nudo se formó en mi garganta.
—Entonces…
Mi voz tembló.
—¿Tú… moriste?
Sus ojos se oscurecieron.
—Casi.
El aire desapareció.
—¿Y él?
—Ganó.
Mi pecho se apretó.
—¿Cómo?
Se inclinó apenas.
—Porque no solo me perdió a mí…
Su mirada se volvió más intensa.
—Te perdió a ti también.
El golpe fue brutal.
—No entiendo…
—Después de esa noche… desapareciste.
—¿Desaparecí?
—Sí.
Silencio.
—Y cuando volví a encontrarte…
Su voz se volvió más baja.
Más áspera.
—Ya no eras la misma.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no solo olvidaste lo que hiciste…
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Olvidaste quién eras conmigo.
El mundo se inclinó.
—Eso no es posible…
—Lo es.
—No…
—Lo es —repitió—. Porque alguien se encargó de borrarlo.
Mi mente se llenó de ruido.
Demasiadas piezas.
Demasiadas preguntas.
—Entonces… —susurré—. ¿él me hizo esto?
Silencio.
—No solo él.
El miedo creció.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que tú también lo permitiste.
El golpe fue directo.
—Eso no es cierto.
—Lo es.
—Yo no elegiría olvidar.
—Lo hiciste.
Mi respiración se volvió irregular.
—¿Por qué?
Se acercó más.
—Porque era la única forma de vivir con lo que hiciste.
El aire se volvió pesado.
—¿Qué hice?
Silencio.
Y luego…
—Me dejaste.
Mis ojos se llenaron de algo que no entendía.
—Eso no es…
—Me dejaste —repitió—. Aun sabiendo lo que significaba.
Un latido.
Dos.
Tres.
—Pero… si era para salvarte…
—No lo sabías con certeza.
El mundo se detuvo.
—Entonces…
Mi voz se quebró.
—¿Y si me equivoqué?
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Te equivocaste.
El silencio fue devastador.
—No…
—Sí.
—No…
—Sí.
El eco de sus palabras retumbó dentro de mí.
Porque esta vez…
No había duda.
—Entonces todo esto… —susurré—. es culpa mía.
Adrián no respondió de inmediato.
Pero cuando lo hizo…
Su voz fue más suave.
Más peligrosa.
—No solo tuya.
—Pero yo lo elegí…
—Sí.
—Yo lo dejé…
—Sí.
—Yo…
Mi voz se quebró por completo.
—…te destruí.
Silencio.
Y luego…
Adrián dio un paso más cerca.
—Y ahora estás aquí.
Levanté la mirada.
Confundida.
Rota.
—¿Para qué?
Se inclinó lentamente hacia mí.
—Para ver si puedes arreglarlo…
Su voz bajó.
—…o terminar de destruirme.
El aire se volvió irrespirable.
—No quiero hacerte daño…
—Ya lo hiciste.
—Entonces déjame ir —susurré—. Así no te lastimo más.
Sus ojos se endurecieron.
—Eso sería demasiado fácil.
—No es fácil…
—Para ti tal vez.
Se acercó más.
—Para mí…
Su voz bajó aún más.
—…no hay salida sin ti.
Un escalofrío me recorrió.
—Eso no es sano.
—Nunca lo fue.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—Entonces… ¿qué quieres de mí?
Su respuesta llegó sin dudar.
—La verdad.
Mi corazón se detuvo.
—¿Cuál?
Se inclinó hasta quedar a centímetros de mis labios.
—La que escondiste incluso de ti misma.
El mundo giró.