No fue el sonido lo que me hizo temblar…
Fue reconocerlo.
Ese golpe metálico, seco, preciso… no era improvisado. No era un error. Era una señal. Y en el instante en que volvió a escucharse, algo dentro de mí reaccionó antes que mi mente.
Lo conocía.
No sabía cómo… pero lo conocía.
—No… —susurré, retrocediendo apenas—. Ese sonido…
Adrián ya estaba de pie, completamente alerta. Su cuerpo se había transformado. Cada músculo tenso, cada sentido enfocado.
—No te muevas —ordenó.
Pero no podía quedarme quieta.
Porque algo dentro de mí… estaba despertando.
—Yo… yo sé qué es eso —dije, llevándome una mano al pecho—.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Qué?
Tragué saliva.
—Es una señal de entrada.
El silencio se volvió brutal.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó, más bajo.
Mi respiración se aceleró.
—No lo sé… simplemente lo sé.
Otro golpe.
Más cerca.
Más claro.
Y entonces…
Otra imagen.
Oscura.
Precisa.
Personas vestidas de negro.
Movimientos sincronizados.
Un código.
Ese mismo sonido.
Mi voz…
—“Está limpio. Entren.”
Abrí los ojos de golpe.
—No…
Adrián me observaba fijamente.
—Lo hiciste antes —murmuró.
—No… yo no…
—Sí.
Su voz no dudó.
—Tú abrías las puertas.
El aire se volvió helado.
—Eso no puede ser verdad…
—Lo es.
Otro golpe.
Más fuerte.
Más cerca.
—Están entrando —dijo Adrián.
Mi corazón explotó en mi pecho.
—¿Qué quieren?
—A ti.
El miedo finalmente llegó.
Real.
Visceral.
—¿Por qué?
—Porque ya no eres útil donde estás…
Sus ojos se oscurecieron.
—…y quieren recuperarte.
Un escalofrío me recorrió entera.
—Yo no voy a ir con ellos.
—Eso no depende solo de ti.
El sonido se repitió.
Más rápido ahora.
Más agresivo.
—Escúchame —dijo Adrián, acercándose a mí—.
Sus manos se cerraron alrededor de mis muñecas.
Firmes.
Pero no violentas.
—Si entran aquí…
Su voz bajó.
—…no van a intentar convencerte.
Mi respiración se detuvo.
—¿Entonces qué van a hacer?
Silencio.
Y luego…
—Te van a romper.
El mundo se inclinó.
—¿Romperme cómo?
—Como lo hicieron antes.
Mi mente explotó.
—No…
—Sí.
—No recuerdo eso…
—Porque no quieren que lo recuerdes.
Otro golpe.
Más fuerte.
La puerta de algún pasillo cedió.
El sonido retumbó en toda la casa.
—Tenemos que movernos —dijo Adrián.
—No puedo correr —respondí, mirando las cadenas.
Él no dudó.
Sacó una llave.
Y en un movimiento rápido…
Las cadenas cayeron.
El sonido metálico resonó en la habitación.
Libre.
Por primera vez desde que desperté ahí.
Pero no se sentía como libertad.
Se sentía como el comienzo de algo peor.
—Ven —dijo, tomándome de la mano.
No me resistí.
No podía.
Porque ahora…
El peligro no era él.
Era todo lo que venía detrás.
Salimos de la habitación.
El pasillo estaba oscuro.
Demasiado silencioso.
Demasiado vacío.
—¿Dónde estamos? —susurré.
—En un lugar donde no deberían encontrarte —respondió—. Pero alguien habló.
Mi pulso se aceleró.
—¿Quién?
Silencio.
—Aún no lo sé.
Avanzamos rápido.
Sus pasos eran firmes.
Seguros.
Como si ya hubiera vivido esto antes.
Y tal vez…
Lo había hecho.
—Escucha —murmuró de pronto, deteniéndose.
Contuve la respiración.
Pasos.
Lejanos.
Pero acercándose.
—Son ellos —dijo.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Cuántos?
—Suficientes.
El miedo volvió.
Más fuerte.
—No podemos enfrentarlos —dije.
—No vamos a hacerlo.
Me miró.
Directo.
Intenso.
—Vamos a salir antes de que te encuentren.
—¿Y si no podemos?
Su expresión no cambió.
—Entonces no te dejo.
El golpe fue directo.
—Eso no es una opción —susurré.
—Para mí sí.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—Adrián…
Mi voz tembló.
—Si me atrapan…
—No lo harán.
—Si lo hacen —insistí—. prométeme algo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No hagas eso.
—Prométemelo.
Silencio.
—¿Qué?
Tragué saliva.
—No me dejes volver a ser quien era.
El aire se volvió denso.
—Valeria…
—Prométemelo.
Su mandíbula se tensó.
—No puedo.
—¿Por qué?
Se acercó más.
—Porque si tengo que elegir entre perderte…
Su voz bajó.
Oscura.
—…o dejar que seas quien eras…
Un latido.
Dos.
Tres.
—Voy a elegir tenerte.
El golpe fue brutal.
—Eso no es justo…
—Nunca lo fue.
Pasos.
Más cerca ahora.
Demasiado cerca.
—Se están acercando —dijo.
—Entonces muévete —respondí.
Corrimos.
Pasillos.
Puertas.
Sombras.
Todo se mezclaba.
Mi respiración era irregular.
Mi mente… un caos.
Y entonces…
Otra imagen.
Más clara.
Más peligrosa.
Yo.
Caminando por un lugar como ese.
Pero no huyendo.
Guiando.
Abriendo puertas.
Señalando caminos.
—“Por aquí.”
Me detuve en seco.
—No…
Adrián giró.
—¿Qué pasa?
—Yo… estuve aquí antes.
El silencio explotó.
—Eso no es posible —dijo.
—Sí lo es —respondí—. Conozco este lugar.
Mi corazón latía con fuerza.
—¿Cómo?
Cerré los ojos un segundo.
Buscando.
Sintiendo.
Y entonces…
—Por aquí —dije, señalando un pasillo lateral.
Adrián dudó.
Solo un segundo.
—¿Estás segura?
Lo miré.