Cautivo

CAPÍTULO 11: “EL PACTO QUE NO RECUERDO… PERO ME PERTENECE”

No fue saber que había firmado algo lo que me rompió…

Fue sentir que lo hice sin arrepentirme.

El aire seguía denso, pesado, como si cada palabra hubiera dejado una marca invisible en las paredes. Mi mente intentaba reconstruir la imagen, pero no era suficiente. No todavía. Solo fragmentos. Solo sensaciones.

Pero había algo más.

Una certeza.

Yo no había sido obligada.

—No… —murmuré, retrocediendo un paso—. Eso no es posible.

El hombre frente a mí no se movió. No lo necesitaba.

—Lo es —respondió con calma—. Porque no te obligamos.

Mi corazón se detuvo.

—Entonces… ¿por qué lo hice?

Silencio.

Y luego…

—Porque querías poder.

El golpe fue directo.

—Eso no es cierto.

—Lo es —dijo—. Lo querías más que nada.

—No…

—Sí.

—No soy así.

—Lo eras.

El eco volvió.

Más fuerte.

Más cruel.

—Y puedes volver a serlo.

—No —susurré, pero mi voz no tenía fuerza.

—Sí —repitió—. Porque eso no se pierde… solo se esconde.

Mi respiración se volvió irregular.

—Valeria —intervino Adrián, acercándose un poco—. No lo escuches.

—No le estoy mintiendo —respondió el otro—. Solo le estoy recordando quién era.

—Ella no es esa persona ahora.

—Eso es lo que crees.

El silencio se tensó.

—Entonces dímelo —exigí, mirando al hombre—. ¿Qué firmé?

Sus ojos brillaron.

—Un acuerdo.

—¿Con quién?

Silencio.

—Con nosotros.

El aire desapareció.

—¿Quiénes son “nosotros”?

Sonrió.

Oscuro.

Inevitable.

—Los que están por encima de todo esto.

Mi mente giró.

—Eso no significa nada.

—Significa todo.

—No…

—Sí —respondió—. Porque ese acuerdo…

Se inclinó apenas.

—…te convirtió en algo más que una persona.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿En qué?

Silencio.

Y luego…

—En una pieza clave.

El mundo se inclinó.

—No…

—Sí.

—No soy parte de nada —dije, pero mi voz temblaba.

—Lo eres —respondió—. Lo fuiste desde el momento en que firmaste.

Un latido.

Dos.

Tres.

—Entonces… —mi voz se quebró—. ¿todo esto… es mi culpa?

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—No toda —dijo finalmente—. Pero sí el inicio.

El golpe fue brutal.

—Eso no es justo…

—Nunca lo fue.

Silencio.

—¿Qué querían de mí? —pregunté.

—Lo mismo que ahora.

—¿Y qué es eso?

Sus ojos no se apartaron de los míos.

—Control.

El aire se volvió frío.

—No…

—Sí.

—No soy alguien que controle a otros.

—Lo eras.

—No…

—Lo eras —repitió—. Y eras muy buena en eso.

Mi estómago se contrajo.

—¿Cómo?

—Influencia. Decisión. Manipulación.

Cada palabra era una herida.

—Eso no es…

—Eso es exactamente lo que eras.

—No…

—Y por eso te queríamos.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Y Adrián? —pregunté, mirando hacia él—. ¿Qué tenía que ver en todo esto?

El hombre sonrió apenas.

—Él… era el problema.

El aire se tensó.

—¿Problema cómo?

—Porque no podía ser controlado.

Mi corazón se aceleró.

—Y tú sí —añadió—.

El golpe fue directo.

—No…

—Sí.

—No soy alguien fácil de controlar.

—Lo fuiste.

Silencio.

—Pero dejaste de serlo… cuando lo conociste a él.

El mundo se detuvo.

—¿Qué…?

—Él te cambió.

Mi respiración se cortó.

—Eso no es cierto…

—Lo es —respondió—. Porque contigo… perdió el control…

Sus ojos se desviaron hacia Adrián.

—Y contigo… tú también lo perdiste.

El silencio explotó.

—Eso no tiene sentido…

—Lo tendrá.

—No…

—Sí.

—Entonces… —susurré—. ¿por eso me alejé?

Silencio.

Y luego…

—Sí.

El golpe fue devastador.

—Porque no podías permitirte sentir eso…

Su voz bajó.

—…y seguir siendo quien eras.

Mi pecho se apretó.

—Entonces elegí…

—Elegiste el poder —interrumpió—. Sobre el amor.

El aire desapareció.

—No…

—Sí.

—No…

—Sí.

El eco volvió.

Más fuerte.

Más irreversible.

—Entonces… —mi voz tembló—. ¿todo lo que sentí por él… era real?

Silencio.

Y esa vez…

El hombre dudó.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—Sí —dijo finalmente—.

El mundo se rompió.

—Pero no era suficiente.

El golpe fue brutal.

—No…

—Sí.

—No…

—Sí.

El silencio cayó.

Pesado.

Oscuro.

—Entonces… —susurré—. ¿qué soy ahora?

El hombre sonrió.

—Una elección incompleta.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué significa eso?

—Que aún no terminaste de decidir.

El aire se volvió irrespirable.

—No voy a elegir nada.

—Sí lo harás.

—No…

—Sí —repitió—. Porque todo esto…

Señaló el lugar.

—…no termina hasta que lo hagas.

Un latido.

Dos.

Tres.

—¿Elegir qué?

El silencio se alargó.

Y luego…

—A quién perteneces.

El golpe fue directo.

—No pertenezco a nadie.

—Eso crees.

—No…

—Sí.

Su mirada se volvió más intensa.

—Porque ese acuerdo…

Su voz bajó.

—…no fue solo sobre poder.

Mi corazón se detuvo.

—¿Entonces?

Silencio.

Pesado.

Irreversible.

—También fue sobre posesión.

El aire desapareció.

—¿Qué…?

—Firmaste para pertenecer.

El mundo se inclinó.

—Eso no es posible…

—Lo es.

—No…

—Sí.

—¿A quién? —susurré.

El silencio se volvió insoportable.

Y entonces…

—A nosotros.

El golpe fue devastador.

—No…

—Sí.

—No soy propiedad de nadie.

—Lo fuiste.

—No…

—Y puedes volver a serlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.