Cautivo

CAPÍTULO 12: “LO QUE OLVIDÉ… TAMBIÉN ME ESTÁ BUSCANDO”

No fue la idea de recordar lo que me hizo temblar…

Fue entender que tal vez ya no había forma de detenerlo.

El silencio que quedó tras la partida de aquel hombre no fue alivio. Fue un vacío lleno de ecos. Cada palabra, cada mirada, cada insinuación… seguían girando dentro de mí como piezas de algo que estaba a punto de encajar.

Y no quería que encajara.

—Adrián… —susurré—.

Él estaba de pie, inmóvil, observando la puerta por donde había salido. Su respiración era lenta, controlada… pero su cuerpo no lo estaba.

—Dime que no es verdad —pedí—. Dime que no firmé nada.

No respondió.

Y ese silencio…

Fue la respuesta más cruel de todas.

—Dímelo —insistí, con la voz quebrándose—.

Se giró lentamente hacia mí.

Sus ojos…

No tenían duda.

—Lo hiciste.

El golpe fue seco.

Irreversible.

—No…

—Sí.

—No puedo haber hecho algo así.

—Lo hiciste —repitió—. Y sabías exactamente lo que significaba.

Mi respiración se volvió irregular.

—No recuerdo eso.

—Porque no quieres.

—No —negué—. Porque no soy esa persona.

Se acercó un paso.

—Lo eras.

El eco volvió.

Más fuerte.

Más profundo.

—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Qué soy ahora?

Silencio.

—Eso es lo que tienes que decidir.

El aire se volvió pesado.

—No quiero decidir nada.

—No es una opción.

—¿Por qué?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Porque ellos no van a esperar.

Un escalofrío me recorrió entera.

—¿Quiénes exactamente?

—Los que firmaron contigo.

Mi corazón se detuvo.

—¿Hay más?

—Muchos más.

El miedo creció.

—¿Qué quieren?

—Lo mismo que siempre quisieron.

—¿Y eso es…?

Se inclinó apenas.

—Que cumplas tu parte.

El aire desapareció.

—¿Qué parte?

Silencio.

Pesado.

Irrompible.

—Aún no lo recuerdas.

Mi pecho se apretó.

—Entonces ayúdame.

—No puedo.

—¿Por qué?

Su expresión cambió.

—Porque si lo haces…

Se detuvo.

—…todo lo demás va a venir con eso.

Un latido.

Dos.

Tres.

—¿Qué más?

Silencio.

Y luego…

—Todo lo que hiciste después de firmar.

El mundo se inclinó.

—No…

—Sí.

—No quiero saber eso.

—No importa lo que quieras.

Su voz fue más dura.

—Va a volver.

El miedo se volvió real.

Visceral.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—No lo sé.

—¿Qué significa eso?

—Que ya empezó.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué empezó?

Sus ojos se oscurecieron.

—El proceso.

El aire se volvió irrespirable.

—¿Qué proceso?

—El de recuperar lo que eras.

El golpe fue directo.

—No quiero eso.

—No depende de ti.

—Tiene que depender —insistí—. Es mi mente.

—No completamente.

Silencio.

—¿Qué quieres decir con eso?

No respondió enseguida.

Pero cuando lo hizo…

Su voz fue más baja.

Más peligrosa.

—No todo lo que recuerdes… va a ser tuyo.

El mundo se detuvo.

—¿Qué?

—Algunas cosas…

Se acercó más.

—…te las pusieron.

El aire desapareció.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá.

—No…

—Sí.

—Entonces… —mi voz tembló—. ¿mis recuerdos no son reales?

—Algunos sí.

—¿Y otros?

—Otros… fueron diseñados.

El golpe fue devastador.

—¿Para qué?

Silencio.

—Para controlarte.

Mi mente explotó.

—No…

—Sí.

—Entonces… ¿yo no soy yo?

El silencio fue brutal.

—Esa es la pregunta correcta.

Mi corazón se desbocó.

—No…

—Sí.

—No puede ser…

—Lo es.

El eco volvió.

Más fuerte.

Más irreversible.

—Entonces… —susurré—. ¿cómo sé qué es real?

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—Por lo que sientes.

Mi respiración se cortó.

—Eso no es suficiente.

—Es lo único que tienes.

Silencio.

—Y por eso…

Su voz bajó.

—…ellos quieren recuperarte antes de que recuerdes todo.

El miedo creció.

—¿Por qué?

—Porque si lo haces…

Se detuvo.

—…puede que dejes de ser útil.

El aire se volvió frío.

—¿Útil para qué?

—Para lo que viene.

El silencio cayó.

—¿Qué viene?

Y entonces…

Adrián dudó.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

Y eso…

Fue suficiente.

—Dímelo —exigí.

—No.

—Dímelo.

—No.

—¡Adrián!

Mi voz se quebró.

—¡No puedo seguir así!

El silencio explotó.

—Lo sé —respondió finalmente—. Pero no puedo arriesgarme a perderte otra vez.

El golpe fue directo.

—Entonces ya me perdiste.

Sus ojos se endurecieron.

—No digas eso.

—Es la verdad —susurré—. Porque no soy la persona que crees… ni la que él dice…

Mi respiración se volvió irregular.

—No sé quién soy.

El silencio cayó.

Y por primera vez…

Él no tuvo respuesta.

—¿Ves? —murmuré—. Ya está pasando.

Mi mente giraba.

Las imágenes…

Las voces…

Las sensaciones…

Todo se mezclaba.

—Adrián…

Levanté la mirada.

—Si empiezo a recordar…

Un latido.

Dos.

Tres.

—¿qué pasa si ya no quiero quedarme contigo?

El aire se volvió irrespirable.

Él no respondió de inmediato.

Pero cuando lo hizo…

Su voz fue más peligrosa que todo lo anterior.

—Entonces voy a hacer que te quedes.

El golpe fue brutal.

—Eso no es una elección.

—Nunca lo fue.

Silencio.

—No puedes obligarme —susurré.

—No quiero obligarte.

Se acercó más.

—Quiero que me elijas.

El aire se tensó.

—¿Y si no lo hago?

Sus ojos se oscurecieron completamente.

—Entonces voy a convertirme en alguien que sí puedas elegir.




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