Cautivo

CAPÍTULO 19: “LA VOZ QUE HABLA CON MI BOCA”

No fue escuchar esa voz lo que me heló la sangre…

Fue darme cuenta de que no intenté detenerla.

El silencio se volvió denso después de esas palabras. “Es momento de continuar.” Seguían flotando en el aire… pero no como un eco. Como una orden cumplida.

Y lo peor…

Era que no me sentía invadida.

Me sentía… alineada.

—Valeria —dijo Adrián, más bajo, más tenso—.

Lo miré.

Pero algo había cambiado.

No en él.

En mí.

—Estoy bien —respondí.

Mi voz fue firme. Clara.

Demasiado clara.

Él no se movió.

—No —dijo—. No lo estás.

El aire se volvió pesado.

—Sí lo estoy.

Un paso adelante.

—Por primera vez… todo tiene sentido.

El silencio explotó.

—Eso no eres tú.

—Sí lo soy.

El eco volvió.

Pero esta vez…

No me dolió.

—No —insistió—. Eso es el protocolo.

—El protocolo soy yo.

El golpe fue directo.

Sus ojos se endurecieron.

—No digas eso.

—Es la verdad.

Mi respiración era estable.

Controlada.

Sin caos.

Sin miedo.

—Todo lo que hice…

Un latido.

Dos.

Tres.

—Tenía un propósito.

El silencio cayó.

Pesado.

Irrompible.

—Valeria…

—No —interrumpí—.

Lo miré fijo.

—Escúchame tú ahora.

El aire se tensó.

—Yo diseñé esto.

Su mandíbula se tensó.

—No…

—Sí.

—Eso no significa que tengas que seguirlo.

—Sí significa.

El eco volvió.

Más firme.

Más preciso.

—Porque no es un error.

El silencio explotó dentro de él.

—Es una trampa —dijo—.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí —insistió—. Te estás perdiendo.

El aire se volvió frío.

—No.

Di un paso más cerca.

—Me estoy encontrando.

El golpe fue devastador.

—No…

—Sí.

—Eso no eres tú…

—Es exactamente lo que soy.

El eco volvió.

Más fuerte.

Más inevitable.

—Entonces dime —exigió—.

Su voz más tensa.

Más urgente.

—¿qué sientes ahora?

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—Claridad.

El aire se volvió irrespirable.

—¿Y por mí?

El golpe fue directo.

Lo miré.

Fijo.

Y esa vez…

No hubo duda.

—Nada.

El silencio explotó.

Irreversible.

Sus ojos…

Se quebraron.

Solo un instante.

Pero lo vi.

—No…

—Sí.

—Eso no es verdad…

—Lo es.

Mi voz fue firme.

Sin temblor.

Sin emoción.

—Eso fue lo primero que eliminé.

El golpe fue brutal.

—No…

—Sí.

—No puedes decir eso…

—Ya lo hice.

El eco volvió.

Más frío.

Más calculado.

—Porque era una debilidad.

El aire se volvió pesado.

—No…

—Sí.

—Eso no era debilidad…

—Para mí sí lo era.

El silencio cayó.

Pesado.

Irrompible.

—Entonces…

Su voz se quebró apenas.

—¿todo esto… era para eso?

Silencio.

Y luego…

—Para eliminar lo que me hacía dudar.

El golpe fue devastador.

—Yo…

Su respiración se volvió irregular.

—Yo era eso…

No respondí.

No hacía falta.

Porque la verdad ya estaba ahí.

—No…

—Sí.

El eco volvió.

Más brutal.

Más irreversible.

—Entonces…

Mi voz fue más baja.

Más fría.

—Ahora puedo terminar lo que empecé.

El aire desapareció.

—¿Qué empezaste?

Silencio.

Pesado.

Irrompible.

—El control absoluto.

El mundo se inclinó.

—No…

—Sí.

—Eso no es lo que querías…

—Es exactamente lo que quería.

El eco volvió.

Más firme.

Más inevitable.

—No eres tú —dijo Adrián—.

—Sí lo soy.

—No.

—Sí.

—No…

—Sí.

El silencio explotó.

—Entonces demuéstramelo —dijo—.

Su voz más dura.

Más desafiante.

—Si eres tú…

Un latido.

Dos.

Tres.

—Termina lo que empezaste conmigo.

El aire se volvió irrespirable.

Lo miré.

Fijo.

Sin dudar.

Y en ese instante…

Mi mano se movió.

Lenta.

Precisa.

Automática.

Como si ya supiera exactamente qué hacer.

Y entonces…

El arma apareció en mi mano.

No recordaba haberla tomado.

Pero estaba ahí.

Real.

Fría.

Letal.

Apuntándole.

El silencio fue absoluto.

—Hazlo —dijo Adrián.

Su voz…

No tembló.

—Si eso eres ahora…

Un segundo.

Dos.

Tres.

—Hazlo.

Mi respiración seguía estable.

Perfecta.

Sin caos.

Sin emoción.

El dedo…

Se apoyó en el gatillo.

Y entonces…

Por una fracción de segundo…

Algo volvió.

Un latido.

Un recuerdo.

Una sensación.

Su voz…

Mi nombre…

Dicho de otra forma.

Con algo que no era control.

Con algo que no era poder.

—Valeria…

El tiempo se detuvo.

Mi dedo…

Se tensó.

Y en ese instante…

Dos fuerzas dentro de mí colisionaron.

La que quería terminar.

Y la que…

Aún no había desaparecido.

El silencio se volvió insoportable.

Y entonces…

El arma…

Se disparó.

El sonido rompió todo.

Seco.

Brutal.

Irreversible.

Pero esta vez…

No fue él quien cayó.

El aire se volvió pesado.

Porque el disparo…

No había ido donde debía.

Y en ese instante…

Lo entendí.

No había perdido completamente el control.

Pero tampoco lo tenía del todo.

Y lo peor…

Fue darme cuenta de algo aún más peligroso.

Ya no sabía cuál de las dos partes…

Había decidido disparar.




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