Cautivo

CAPÍTULO 21: “EL DISPARO QUE LO CAMBIÓ TODO”

No fue el sonido lo que me paralizó…

Fue el silencio que vino después.

El eco del disparo se desvaneció lentamente, pero algo dentro de mí ya se había roto antes de que la bala alcanzara su destino. No hubo duda esta vez. No hubo resistencia.

Solo ejecución.

El tiempo pareció detenerse en el instante exacto en que el impacto ocurrió.

Y entonces…

—…

Nada.

No un grito.

No un movimiento.

No un colapso inmediato.

Solo… un segundo de absoluta quietud.

—No…

Mi voz salió en un susurro roto.

El arma cayó de mi mano.

El sonido metálico golpeó el suelo… y con él…

Volví.

De golpe.

Bruscamente.

Como si alguien hubiera arrancado un interruptor dentro de mi mente.

—No… no… no…

Mi respiración se volvió caótica.

Mis manos temblaban.

Mi cuerpo ya no respondía con precisión.

—Adrián…

Levanté la mirada.

Y ahí estaba.

De pie.

Aún.

Pero distinto.

Demasiado distinto.

Un hilo de sangre comenzaba a abrirse paso lentamente a través de su camisa.

Rojo.

Real.

Irreversible.

—No…

Di un paso hacia él.

—No… no…

Pero él no cayó.

No inmediatamente.

Me miró.

Fijo.

Profundo.

Y en sus ojos…

No había sorpresa.

No había miedo.

Había algo peor.

Aceptación.

—Lo hiciste…

Su voz fue baja.

Rota.

Pero estable.

—No…

—Sí…

El eco volvió.

Pero esta vez…

Me atravesó.

—No fui yo…

Mi voz tembló.

—No… yo no…

—Lo sé…

El golpe fue directo.

—¿Qué…?

—Lo sé…

Su respiración se volvió más pesada.

—Pero igual pasó…

El mundo se inclinó.

—No…

—Sí…

Dio un paso hacia atrás.

Su cuerpo empezó a ceder.

Y esta vez…

No pudo sostenerse.

Cayó.

El sonido fue seco.

Definitivo.

—¡NO!

Corrí hacia él.

Mis manos buscaron detener la sangre…

Pero no sabían cómo.

—No… no… no…

Mi respiración era un caos.

—Adrián… mírame…

Sus ojos estaban abiertos.

Pero más débiles.

Más lejanos.

—Estoy aquí…

Su voz apenas era un susurro.

—No…

—Valeria…

Sus dedos buscaron los míos.

Y cuando los encontró…

Apreté con fuerza.

—No te vayas…

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—No puedo…

El golpe fue devastador.

—No…

—Sí…

—No…

—Escúchame…

Su voz se quebró apenas.

—No es tu culpa…

El aire se volvió irrespirable.

—Sí lo es…

—No…

—Sí…

—No eras tú…

—Pero fui yo quien disparó…

El eco volvió.

Más brutal.

Más real.

—Valeria…

Su mirada se clavó en la mía.

—Eso no define quién eres…

Mi respiración se volvió errática.

—Sí lo hace…

—No…

—Sí…

—No…

Su mano apretó la mía con la poca fuerza que le quedaba.

—Escúchame…

El silencio se tensó.

—Tienes que terminar esto…

El aire desapareció.

—No…

—Sí…

—No sin ti…

—Conmigo…

Su voz bajó aún más.

—…o sin mí…

El golpe fue directo.

—No…

—Sí…

—No puedo…

—Sí puedes…

El eco volvió.

Más profundo.

Más inevitable.

—Porque tú…

Su respiración se quebró.

—Tú eres la única que puede detenerlo…

El mundo se inclinó.

—No…

—Sí…

—No quiero esto…

—Nadie lo quiso…

Silencio.

—Pero tú lo empezaste…

El golpe fue devastador.

—Y tú…

Sus ojos se oscurecieron lentamente.

—…tú puedes terminarlo…

El aire se volvió frío.

—Adrián…

No respondió.

—Adrián…

Su mano…

Se aflojó.

El mundo se detuvo.

—No…

Mi voz se quebró completamente.

—No… no…

Lo sacudí suavemente.

—¡Adrián!

Pero no hubo respuesta.

No movimiento.

No nada.

El silencio fue absoluto.

Pesado.

Irreversible.

Y en ese instante…

Lo entendí.

Lo había hecho.

Esta vez…

Sin duda.

Sin error.

Sin vuelta atrás.

—No…

Mi respiración se volvió irregular.

—No…

El mundo se derrumbaba alrededor.

Pero entonces…

Algo cambió.

No afuera.

Dentro de mí.

Una sensación.

Familiar.

Oscura.

Precisa.

—“Continuar.”

La voz volvió.

Pero esta vez…

No me tomó por sorpresa.

Levanté lentamente la cabeza.

Mis ojos…

Ya no estaban llenos de caos.

Ni de culpa.

Ni de miedo.

Solo…

Claridad.

—No…

Susurré.

Pero mi voz…

Ya no temblaba.

—No voy a continuar.

El silencio se tensó.

Y por primera vez…

La voz…

No respondió.

El aire se volvió pesado.

Denso.

Como si algo…

Estuviera recalculando.

Y en ese instante…

Lo sentí.

Una resistencia.

Una ruptura.

Algo que no estaba en el plan.

—“Error…”

El susurro fue débil.

Inestable.

—“Desviación detectada…”

Mi corazón latía fuerte.

Pero esta vez…

No por miedo.

Por decisión.

—No soy tu sistema…

Dije en voz baja.

—No soy tu protocolo…

El silencio vibró.

—“Corrección…”

El aire se volvió frío.

—“Reiniciar…”

Mi respiración se detuvo.

—No…

—“Reinicio en curso…”

El mundo se inclinó.

—¡NO!

Pero ya era tarde.

Porque en ese instante…

Todo dentro de mí…

Se apagó.

Y lo último que vi…

Antes de perder completamente el control…

Fue su cuerpo.

Inmóvil.

Frío.

Y una sola verdad atravesándome por completo.

Lo había perdido.

De verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.