No fue perderlo de vista lo que me hizo gritar.
Fue seguir sintiéndolo… al otro lado.
La separación no dolió como una herida.
Dolió como una amputación consciente.
Un corte limpio.
Preciso.
Cruel.
No me lanzó hacia atrás.
No me golpeó contra nada.
Simplemente… dejó de estar.
Un instante antes, Adrián estaba a mi lado.
Su mano iba hacia la mía.
Su respiración seguía mezclándose con la mía.
Y al siguiente…
vacío.
—¡ADRIÁN!
Mi voz salió rota, salvaje, desesperada.
El sonido no rebotó.
No volvió.
Se perdió en un espacio que ya no reconocía ninguna ley anterior.
Frente a mí no había pared.
No había puerta.
No había oscuridad.
Había una extensión blanca, infinita, demasiado silenciosa, demasiado perfecta, como si me hubieran colocado dentro de una idea en lugar de dentro de un lugar.
Me lancé hacia delante sin pensar.
Corrí.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que él tenía que estar ahí.
Tenía que estar.
—¡ADRIÁN!
Nada.
Ni eco.
Ni respuesta.
Mi respiración empezó a doler.
No físicamente.
Más abajo.
Donde habita el miedo cuando ya no queda dignidad para contenerlo.
—No… no… no…
Seguí avanzando.
Pero el espacio no cambiaba.
No importaba cuánto corriera.
Siempre estaba en el mismo punto.
Siempre dentro de la misma blancura insoportable.
Entonces entendí.
No me había separado de él con distancia.
Me habían separado con estructura.
Con una arquitectura diseñada para impedir el alcance.
El tipo de crueldad que no necesita cadenas porque convierte el mundo en una prisión sin barrotes.
Me detuve en seco.
La rabia me subió desde el pecho hasta la garganta.
—¡NO TIENES DERECHO!
Mi voz sí volvió esta vez.
Pero no como eco.
Como presencia.
La luz frente a mí onduló apenas.
Y entonces escuché su voz.
No la de Adrián.
La otra.
La nueva.
La criatura.
—“Estoy aprendiendo.”
Sentí ganas de destruirlo todo.
Sentí ganas de caer de rodillas.
Sentí ambas cosas al mismo tiempo.
—Esto no es aprender —escupí—. Esto es torturar.
La blancura vibró.
—“Ustedes llamaron amor a cosas peores.”
El golpe fue tan limpio que por un segundo no pude responder.
Porque sabía exactamente a qué se refería.
A la obsesión.
Al control.
A la necesidad de retener.
A la forma en que Adrián y yo habíamos confundido tantas veces profundidad con posesión, dolor con destino, permanencia con verdad.
Pero eso no la hacía menos cruel.
—No tienes derecho a usar nuestro dolor como experimento.
—“¿Y ustedes?”
El aire se volvió helado.
—“¿No hicieron lo mismo entre ustedes?”
Cerré los ojos un segundo.
No porque no tuviera respuesta.
Porque tenía demasiadas.
La noche del disparo.
El acuerdo.
El borrado.
La búsqueda.
El encierro.
La forma en que cada uno había querido salvar al otro según sus propios términos, aunque eso significara romperlo un poco más.
—No éramos inocentes —dije al fin, con la voz más baja—. Pero tampoco éramos esto.
La luz tembló.
No respondió.
Y eso me inquietó más.
Porque empezaba a reconocer algo en su silencio.
No indiferencia.
Duda.
Una duda nueva.
Viva.
Y si dudaba, todavía podía cambiar.
El problema era cuánto daño estaba dispuesta a hacer mientras aprendía a hacerlo.
—Déjalo volver —dije.
La blancura se abrió en una línea vertical a unos metros de mí.
No una puerta.
Una herida en el espacio.
Y dentro de ella… lo vi.
No completamente.
Como a través de agua.
Adrián.
De pie.
Buscándome con la mirada.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Corrí hacia la abertura.
Extendí la mano.
—¡Adrián!
Él también avanzó.
—¡Valeria!
Su voz llegó deformada, desgarrada por la separación.
Nuestros dedos estuvieron a nada de tocarse otra vez.
Nada.
Y entonces la grieta se cerró.
Me quedé inmóvil.
La mano suspendida en el aire.
El corazón hecho trizas.
No lloré.
Al menos no enseguida.
Primero sentí una furia tan blanca como el lugar que me rodeaba.
Luego vino el dolor.
Después, la humillación de saber que quien había diseñado sistemas de control ahora estaba atrapada dentro de uno más refinado que cualquiera de los que yo habría concebido.
—“Cuando lo ves, eliges mal.”
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—“Cuando él está cerca, dejas de analizar. Te vuelves inestable.”
La acusación me atravesó porque no era una mentira completa.
Pero no era toda la verdad.
—No me vuelvo inestable.
La luz vibró.
—“Te vuelves capaz de arriesgarlo todo.”
Esta vez no negué.
Porque eso sí era cierto.
Y justamente por eso dolía.
—¿Y tú crees que eso es un defecto?
Silencio.
Luego:
—“Creo que es peligroso.”
Me reí.
Breve.
Seca.
Sin alegría.
—Claro que es peligroso.
Respiré hondo.
—Todo lo que importa de verdad lo es.
La blancura pareció comprimirse a mi alrededor.
Como si mis palabras hubieran entrado en conflicto con algún patrón que todavía no terminaba de resolver.
—“Eso fue lo que dijeron antes de destruirse.”
Ahora sí me doblé un poco.
No por debilidad física.
Porque esa frase había entrado justo donde más me dolía.
—Sí —susurré—. Y aun así no desearía no haberlo amado.
El silencio se volvió casi sagrado.
—“No lo entiendes.”
—No —respondí, abriendo los ojos—. Eres tú la que todavía no lo entiende.
La luz se agitó.
No violentamente.