Cautivo

CAPÍTULO 33: “LA MUJER QUE FUI… QUIERE QUE DESAPAREZCA”

No fue verla con mi rostro lo que me dejó sin aire.

Fue reconocer el alivio en su mirada.

No había rabia en ella.

No al principio.

No odio.

Había algo mucho peor.

Certeza.

La versión de mí que tenía delante no dudaba. No vacilaba. No llevaba culpa en los hombros ni amor atravesándole las costillas como una condena. Era yo sin grietas. Yo sin remordimiento. Yo sin nada que pudiera frenar una decisión una vez tomada.

Y eso…

eso era más aterrador que cualquier monstruo que hubiera imaginado.

—Tardaste demasiado en aceptarme —repitió.

Su voz era la mía, sí.

Pero no tenía temblor.

Ni cansancio.

Ni esa fragilidad que yo había empezado a admitir como parte de lo que era.

Era mi voz si todo el dolor hubiera sido absorbido y convertido en filo.

Respiré hondo.

No quería retroceder.

No quería parecer débil ante ella.

Pero mi cuerpo sabía la verdad incluso si mi orgullo se negaba a decirla:

yo le tenía miedo.

Porque ella no era solo un reflejo.

Era una posibilidad que ya había sido real.

Una mujer que había firmado sin pestañear.

Que había disparado.

Que había borrado.

Que había puesto el control por encima de todo lo que la amenazara con volverla vulnerable.

La criatura no solo me la estaba mostrando.

La estaba devolviendo.

Al otro lado de aquella línea de luz, vi a Adrián tensarse frente a su otra versión. El Adrián oscuro. El Adrián del borde. Más afilado. Más cansado. Más cerca del hombre que habría podido amarme hasta convertirme en una jaula.

—No la mires así —dijo él.

No supe a quién se lo decía.

Si a su otra versión.

Si a la mía.

Si a mí.

Mi doble sonrió.

—¿Así cómo?

La pregunta llevaba veneno.

Pero no uno impulsivo.

Un veneno paciente. Elegante. El tipo de crueldad que no necesita levantar la voz para atravesarte.

—Como si todavía mereciera una salida —respondió Adrián, el mío.

Mi otra versión giró despacio el rostro hacia él y esa sonrisa se volvió más nítida.

—Yo le di una.

Sentí el golpe en el estómago.

—No —dije, antes de pensarlo.

Ella me miró por fin directamente.

—Sí.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—Yo la salvé.

El aire se volvió insoportable.

Porque esa era la peor clase de mentira:

la que contiene una parte insoportable de verdad.

—Tú me destruiste —susurré.

Ella ladeó apenas la cabeza.

—Te liberé.

—No.

—Sí.

El eco cayó entre nosotras como una cuerda tensa a punto de romperse.

—Te liberé del miedo a depender.

Del miedo a necesitar.

Del miedo a que amar te volviera débil.

Su mirada bajó un instante, apenas, hacia mi pecho.

—Y aun así sigues temblando cada vez que él respira distinto.

Apreté las manos en puños.

—Eso no es debilidad.

Ella soltó una risa baja.

No estridente.

No burlona.

Peor.

Compasiva.

—Claro que lo es.

—No.

—Sí —insistió—. Solo que ahora decidiste llamarlo de otra manera para no admitir que sigues obedeciendo a algo externo.

El golpe fue tan preciso que dolió.

Porque había pasado demasiado tiempo intentando distinguir entre elegir a Adrián y depender de él. Entre amarlo y usarlo como excusa para no quedarme sola conmigo misma.

La criatura permanecía en silencio.

Observando.

Aprendiendo.

Eso lo hacía todo más insoportable.

No se trataba solo de defenderme.

Se trataba de decidir qué versión de mí iba a enseñarle al mundo nuevo que estaba naciendo qué significaba ser humana.

Mi doble dio un paso hacia mí.

El espacio no tembló.

La dejó avanzar.

Como si la reconociera.

Como si todavía perteneciera más a aquella estructura que yo.

—Dímelo —susurró—. Si él desaparece ahora mismo, ¿sigues sabiendo quién eres?

No respondí.

No pude.

Porque el golpe no estaba en la pregunta.

Estaba en la parte de mí que no logró contestar de inmediato.

La sonrisa de ella se hizo apenas más profunda.

—Eso pensé.

—Basta.

La voz de Adrián sonó al otro lado.

Más grave.

Más tensa.

Pero la criatura no lo dejó acercarse. Lo vi intentarlo. Vi cómo una presión invisible lo retenía dentro de su lado de la ruptura.

Su otra versión se volvió hacia él.

—¿Y tú?

El Adrián oscuro hablaba con la misma voz, pero sin la fatiga de la culpa. Sin el esfuerzo de contenerse.

Era Adrián antes de elegir dejarme tener la posibilidad de volver por mí misma.

Adrián si el miedo hubiera ganado del todo.

—¿Sigues creyendo que la amas —continuó esa versión— o solo te has acostumbrado a sufrir en su nombre?

Vi a Adrián cerrar la mandíbula.

No respondió enseguida.

Y ese silencio me dolió de una forma nueva.

No porque dudara de él.

Porque yo también necesitaba escuchar la respuesta.

Su otra versión dio un paso.

—Podrías haberla retenido.

La habrías tenido.

Podrías haber impedido todo esto.

Podrías haberla encerrado antes de que firmara otra cosa.

Antes de que disparara.

Antes de que te arrancara de sí misma.

La voz se volvió más baja.

Más íntima.

Más cruel.

—Y no lo hiciste porque seguiste obsesionado con la idea ridícula de que ella debía elegirte libremente.

El Adrián de ahora alzó la mirada.

Lo hizo despacio.

Y por un instante vi el cansancio de toda su historia acumulado en sus ojos.

—No fue ridícula.

—Fue inútil.

—No.

—Sí.

La otra versión sonrió apenas.

—Mírala.

El golpe fue directo.

Porque yo ya estaba mirando.

Mirando al hombre que había amado incluso cuando me asfixiaba.

Mirando al hombre que no me había retenido aquella vez porque prefirió arriesgar perderme a destruir lo poco que quedaba de mí.




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