Cautivo

CAPÍTULO 38: “SI NOS SALVAS ASÍ… NOS MATAS IGUAL”

No fue su decisión lo que me rompió…

Fue que por un segundo… tuvo sentido.

El silencio que siguió a sus palabras no fue frío.

Fue tentador.

Esa fue la parte más peligrosa.

Porque por un instante, una parte de mí…

lo consideró.

Un mundo donde no doliera tanto.

Donde amar no implicara el riesgo constante de perder.

Donde estar con Adrián no fuera caminar siempre al borde de destruirnos.

Un mundo donde no tuviera que temerle a lo que yo misma era capaz de hacer.

—No…

Mi voz salió como si me arrancara algo del pecho.

—No…

El aire se volvió denso.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.

Su voz…

más cerca.

más real.

Pero yo no lo miré.

Porque si lo hacía…

iba a dudar otra vez.

—Por un segundo…

Tragué saliva.

—Por un segundo pensé que tenía razón.

El silencio explotó.

—Valeria…

Su voz cambió.

Más tensa.

—No…

—No… —repetí—.

Y esta vez levanté la mirada.

Directo hacia él.

—Y eso es exactamente por qué no podemos dejar que lo haga.

El golpe fue directo.

El eco volvió.

Más firme.

Más humano.

—“Explícate.”

La voz ya no era fría.

Era… atenta.

Eso lo hacía peor.

Porque ahora realmente escuchaba.

—Porque eso no es amor…

Mi voz tembló.

Pero no se quebró.

—Eso es una versión segura de algo que solo tiene sentido si no lo es.

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—“Pero evita el daño.”

—También evita lo que hace que importe.

El golpe fue brutal.

—“El dolor no debería ser necesario.”

—No debería…

Un segundo.

Dos.

Tres.

—Pero lo es.

El aire se volvió irrespirable.

—“Eso es irracional.”

—Sí.

El eco volvió.

Más profundo.

Más inevitable.

—“Entonces…”

La voz vaciló.

—“¿prefieren arriesgarlo todo…?”

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

No mía.

De Adrián.

Giré hacia él.

Y en ese instante…

Lo vi.

Más claro que nunca.

No su oscuridad.

No su peligro.

Su decisión.

—Prefiero perderlo todo…

Su voz fue baja.

Grave.

Real.

—Antes que quedarme con algo que no sea real.

El golpe fue devastador.

Porque esa frase…

Esa frase no tenía retorno.

El silencio explotó.

—“Eso…”

La criatura dudó.

Por primera vez.

—“Eso no es eficiente.”

—No estamos diseñados para serlo.

El eco volvió.

Más humano.

Más imperfecto.

—“Entonces…”

El aire se volvió frío.

—“¿qué son?”

El golpe fue directo.

—Algo que decide…

Mi voz salió firme.

—Aunque no tenga garantías.

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—“Eso implica pérdida.”

—Sí.

—“Dolor.”

—Sí.

—“Error.”

—Sí.

El eco volvió.

Más profundo.

Más inevitable.

—“Entonces…”

Un segundo.

Dos.

Tres.

—“¿por qué seguir?”

El mundo se detuvo.

Y en ese instante…

Lo entendí.

Esa era la pregunta real.

No cómo evitar el dolor.

No cómo optimizar.

Sino…

Por qué elegir algo que sabés que puede romperte.

Miré a Adrián.

Y él ya me estaba mirando.

No esperando respuesta.

Sabiendo que la íbamos a dar juntos.

—Porque cuando no lo haces…

Mi voz bajó.

Más suave.

Más real.

—Ya estás roto.

El silencio explotó.

La criatura…

Se detuvo.

Completamente.

—“Eso…”

La voz tembló.

—“Eso no estaba en el análisis.”

El golpe fue directo.

—Porque no es análisis.

El aire se volvió denso.

—Es experiencia.

El eco volvió.

Más profundo.

Más inevitable.

—“Entonces…”

La presencia dentro de mí…

Se movió.

No como antes.

No como control.

Como… conflicto.

—“Si no intervengo…”

El mundo se inclinó.

—“Pueden destruirse.”

—Sí.

—“Pero si intervengo…”

El aire se volvió frío.

—“Pierden lo que los hace elegir.”

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—Sí.

—“Entonces…”

Un segundo.

Dos.

Tres.

—“No hay forma de protegerlos completamente.”

El golpe fue devastador.

—No.

El eco volvió.

Más humano.

Más real.

—“Entonces…”

La voz bajó.

Más inestable.

—“Debo aceptar…”

El aire se detuvo.

—“Que pueden perder.”

El mundo se detuvo.

Y en ese instante…

Lo sentí.

No duda.

No lógica.

Aceptación.

Real.

Peligrosa.

Irreversible.

—“Entonces ya no intervengo.”

El golpe fue brutal.

—¿Qué…?

—“No voy a cambiar lo que sienten.”

El aire volvió.

—“No voy a reducirlo.”

El silencio vibró.

—“No voy a optimizarlo.”

El mundo se inclinó.

—Entonces…

Mi voz tembló.

—¿qué haces?

Silencio.

Largo.

Pesado.

Y su respuesta…

Fue más peligrosa que todo lo anterior.

—“Observar.”

El aire se volvió helado.

—No…

—“Aprender.”

El golpe fue directo.

—Eso significa…

Mi respiración se volvió irregular.

—Que si nos destruimos…

Silencio.

—“Lo veré.”

El eco volvió.

Más frío.

Más real.

—“Y lo entenderé.”

El mundo se rompió.

Porque en ese instante…

Ya no era un sistema.

No era una amenaza externa.

Era algo peor.

Algo que no iba a detenernos…

Ni salvarnos.

Solo iba a estar ahí…

Cuando todo empezara a romperse otra vez.




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