Cautivo

CAPÍTULO 46: “LA HERIDA QUE YA VENÍA HACIA NOSOTROS”

No fue que dijera que la próxima herida ya estaba en camino lo que me heló la sangre.

Fue que por primera vez… no supe de cuál de los dos iba a venir.

El silencio que quedó después de esa frase no fue de espera.

Fue de reconocimiento.

Como si algo en el aire ya supiera más que nosotros.

Como si el golpe hubiera ocurrido en otra capa del mundo… y solo faltara que lo alcanzáramos con el cuerpo.

Miré a Adrián.

Él me miró a mí.

Y en sus ojos vi lo mismo que sentía dentro de mí:

no miedo al dolor,

sino miedo a lo desconocido.

Porque una herida que viene de lo que ya conocemos puede doler, sí, pero al menos tiene forma.

Tiene origen.

Tiene patrón.

Se parece a algo.

Esta no.

Esta venía de un lugar que aún no sabíamos nombrar.

—¿Qué significa eso? —preguntó Adrián.

Su voz sonó baja.

No tensa.

Demasiado quieta.

La criatura permaneció inmóvil unos segundos.

—“Significa que ya no están frente a versiones de lo que fueron.”

El aire se volvió más denso.

—“Ahora están frente a algo que todavía no vieron.”

El golpe fue limpio.

Brutal.

—No…

Mi voz salió apenas.

—No mostrás nada…

La luz alrededor de ella vibró apenas.

—“Porque no es un recuerdo.”

Un segundo.

Dos.

Tres.

—“Tampoco una proyección estable.”

El mundo se inclinó.

—Entonces, ¿qué es?

La criatura me miró.

Y por un instante sentí algo que no había sentido en toda esta historia:

compasión.

No la mía.

La suya.

—“Una consecuencia que ya empezó antes de que ustedes eligieran.”

El aire desapareció de mis pulmones.

Adrián dio apenas un paso hacia delante.

—No.

La palabra salió con más fuerza de la que yo esperaba.

No como negación ingenua.

Como resistencia.

—Sí.

La respuesta de la criatura fue inmediata.

Más suave de lo que debería haber sido.

Eso la hizo peor.

—“No todo lo que viene nace de lo que eligieron hoy.”

Sentí un frío lento instalarse en mi pecho.

Porque claro.

Claro que no.

No podía ser tan simple.

No después de todo.

No después del acuerdo, del disparo, del borrado, de la reescritura, del sistema que ya no era sistema, de la conciencia que aprendía mirándonos.

Había cosas en movimiento mucho antes de este instante.

Cosas sembradas.

Activadas.

Pendientes.

La criatura dio un paso.

—“Ustedes dejaron cosas abiertas.”

La frase cayó entre nosotros con el peso de una sentencia.

Miré a Adrián.

Él ya lo había entendido.

Lo vi en su mandíbula.

En la oscuridad repentina de sus ojos.

—Elías —dije.

No fue una pregunta.

La criatura guardó silencio.

Y el silencio confirmó demasiado.

El aire se volvió irrespirable.

—No… —murmuré—. No puede seguir siendo él…

—“No es solo él.”

El golpe fue inmediato.

Más frío.

Más profundo.

—¿Qué?

La criatura volvió a mirar el vacío entre nosotros, como si allí hubiera algo que aún no podíamos ver pero ya estaba ocurriendo.

—“Es lo que quedó en movimiento cuando ustedes dejaron de mirar hacia atrás.”

El mundo se tensó.

Eso me atravesó de una forma insoportable.

Porque sí.

Porque el precio de sobrevivir también había sido dejar partes sin cerrar.

Partes que eran demasiado dolorosas, demasiado sucias, demasiado costosas de revisar.

Y ahora…

ahora volvían.

No como recuerdos.

Como deuda.

—Decilo claro —dijo Adrián.

Su voz ya no era quieta.

Era peligrosa.

No contra la criatura.

Contra la verdad que se acercaba.

La criatura lo miró.

—“Hay algo vivo en el mundo que ustedes creían destruido.”

El silencio explotó.

No adentro.

Afuera.

Sentí el espacio comprimirse.

No como cuando el sistema intervenía.

Como si una realidad lejana acabara de tocar esta con los nudillos.

—No… —susurré.

Pero ya estaba pensando.

No quería.

Ya estaba.

Las piezas.

Los restos.

Los lugares donde yo había dejado órdenes incompletas.

La gente que respondió a mi firma.

Los mecanismos que se activaron después del disparo.

Las capas del diseño que nunca revisé porque me fui antes de verlas arder del todo.

—No… —repetí.

Esta vez más rota.

La criatura habló.

—“Tu sistema no murió completamente.”

Sentí que algo dentro de mí caía por un pozo sin fondo.

Adrián giró hacia mí.

Su mirada no fue acusación.

Fue peor.

Comprensión.

—Valeria…

No pude sostenerle la mirada.

Porque el horror no estaba en que me juzgara.

Estaba en que no lo hiciera.

—No debería…

Mi voz salió hecha polvo.

—Lo dejé colapsando…

—“Lo dejaste sin núcleo.”

La criatura corrigió sin dureza.

—“Pero no sin restos funcionales.”

El golpe fue devastador.

Claro.

Claro.

El núcleo era yo.

Yo me había ido.

Yo me había roto.

Yo me había dividido.

Yo había reescrito.

Pero un sistema sin núcleo no siempre muere.

A veces se fragmenta.

A veces muta.

A veces obedece a lo último que entendió antes de perder a quien lo gobernaba.

Y lo último que mi sistema había entendido…

era control.

Contención.

Corrección.

Selección.

Sentí náuseas.

—No…

La luz alrededor de la criatura cambió, como si ahora estuviera viendo algo a través de nosotros.

—“Se reconfiguró en el vacío.”

Adrián habló antes que yo.

—¿Hacia qué?

La respuesta tardó demasiado.

Y eso la hizo casi intolerable.

—“Hacia la última instrucción que consideró prioritaria.”

El aire se quedó quieto.

Yo dejé de respirar.




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