Cautivo

CAPÍTULO 50: “CUANDO YA NO ESTÁ… Y NADIE TE EXPLICA POR QUÉ”

No fue abrir los ojos en un lugar imperfecto lo que me destruyó…

Fue que él no estaba.

El aire era frío.

Real.

Irregular.

Nada encajaba.

No había armonía.

No había esa suavidad falsa de la simulación.

Había… peso.

El tipo de peso que no se puede ignorar.

El tipo de peso que te obliga a sentir el cuerpo.

—Adrián…

Mi voz salió rota.

Demasiado rápido.

Demasiado desesperada.

El silencio respondió.

No con vacío.

Con ausencia.

Y eso…

Eso fue peor.

—Adrián.

Un paso.

Dos.

Tres.

Nada.

El lugar…

Umbra.

Pero distinto.

Más oscuro.

Más… expuesto.

Como si algo hubiera sido apagado.

O retirado.

O… perdido.

—“Estado real activo.”

La voz del sistema volvió.

Pero ahora…

No estaba en todo.

Estaba… fragmentada.

Más lejana.

—“Parámetros sin asistencia.”

El aire se volvió irrespirable.

—¿Dónde está?

Silencio.

—¿Dónde está Adrián?

El golpe fue directo.

—“Variable separada.”

El mundo se inclinó.

—No…

—“Condición necesaria.”

El eco volvió.

Más frío.

Más… distante.

—“Evaluación individual.”

El silencio explotó.

—NO.

Mi voz salió con todo.

—No era esto.

—“Sí.”

El sistema respondió.

—“Sin control. Sin simulación.”

El aire se volvió helado.

—“Sin garantía de continuidad.”

El golpe fue devastador.

—Eso no significa separarnos…

—“Sí.”

—No…

—“El vínculo no puede evaluarse sin riesgo de pérdida.”

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

—“Y la pérdida…”

Un segundo.

Dos.

Tres.

—“Debe ser posible.”

El mundo se rompió.

—No…

Mi respiración se quebró.

—No podés hacer esto…

—“No lo hago.”

El golpe fue directo.

—“Esto es lo que defendieron.”

El aire desapareció.

Y en ese instante…

Lo entendí.

No era castigo.

No era manipulación.

Era… consecuencia.

Habíamos dicho que el amor real necesitaba la posibilidad de perderse.

Y ahora…

La posibilidad era total.

—“Sin acceso a la otra variable.”

El sistema continuó.

—“Sin información de estado.”

El silencio se volvió insoportable.

—“Sin garantía de reencuentro.”

El golpe fue brutal.

—No…

—“Estado real.”

El mundo se detuvo.

Y por primera vez…

No había nada que discutir.

Porque sí.

Eso era real.

Eso era exactamente lo que habíamos defendido.

El derecho a elegir…

incluso cuando no sabés si el otro sigue ahí.

Me llevé una mano al pecho.

No para contener el dolor.

Para confirmar que seguía.

Que no era simulación.

Que no era controlado.

Dolía demasiado para ser falso.

—Adrián…

Mi voz se perdió en el espacio.

No hubo respuesta.

Y entonces…

Pasó.

No afuera.

Adentro.

Una idea.

Suave.

Peligrosa.

—“Podrías pedir volver.”

El aire se volvió frío.

—No…

—“Podrías aceptar una versión controlada.”

El eco volvió.

Más bajo.

Más íntimo.

—“Y él estaría ahí.”

El golpe fue devastador.

Porque esta vez…

No era el sistema.

Era… tentación.

La misma lógica.

La misma trampa.

Pero ahora…

desde dentro.

—No…

Mi respiración se volvió irregular.

—No…

—“No sabés si está bien.”

El mundo se inclinó.

—“No sabés si sigue…”

El silencio explotó.

—CALLATE.

Mi voz salió con todo.

Pero no lo apagó.

Porque no venía de afuera.

Venía de la parte de mí que quería saber.

Que necesitaba saber.

—“Podrías evitar esto.”

El eco volvió.

Más suave.

Más peligroso.

—“Podrías no sentir esto.”

El aire se volvió irrespirable.

—No…

—“Podrías tenerlo.”

El golpe fue final.

—NO.

El silencio cayó.

Pesado.

Irreversible.

Y entonces…

Respiré.

Una vez.

Dos.

Tres.

El dolor no se fue.

No disminuyó.

No se suavizó.

Y eso…

Eso fue lo que lo hizo real.

—Esto…

Mi voz tembló.

Pero no se quebró.

—Esto es lo que elegimos.

El aire vibró.

—“Confirmar.”

El sistema respondió.

Más lejos.

Más débil.

—“Variable mantiene decisión sin refuerzo externo.”

El silencio se expandió.

—“Condición válida.”

El mundo no cambió.

No volvió.

No se arregló.

Y eso…

Eso fue lo más difícil.

Porque no hubo recompensa.

No hubo señal.

No hubo alivio.

Solo…

seguir.

Y entonces…

di un paso.

No porque supiera a dónde iba.

Porque quedarme quieta…

era peor.

—Adrián…

El nombre salió distinto.

No como búsqueda desesperada.

Como dirección.

Caminé.

El espacio cambió apenas.

No como antes.

Más sutil.

Más… inestable.

Como si ahora respondiera…

a mi decisión.

No a un sistema.

—“Trayectoria activa.”

La voz del sistema resonó débil.

—“Búsqueda no asistida.”

El aire se volvió más denso.

—“Probabilidad de encuentro: desconocida.”

El golpe fue limpio.

—No me importa.

Mi voz salió firme.

El silencio cayó.

—“Confirmar motivación.”

Respiré hondo.

—Porque quiero encontrarlo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—No porque esté garantizado.

El aire vibró.

—“Condición…”

La voz se cortó.

—“No optimizable.”

El mundo se sostuvo.

Y en ese instante…

Lo sentí.

No su presencia.

No su voz.

Algo más pequeño.

Más débil.

Más… real.




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