Celeste

I. LA INMOVILIDAD

El dormitorio no estaba en silencio.
El silencio implicaría descanso, una pausa natural, algo que eventualmente cede.
Aquello era distinto. Era una quietud que no prometía cambio.

Las cortinas permanecían cerradas desde hacía tiempo suficiente como para que la luz dejara de insistir. No había polvo visible flotando en el aire, pero tampoco claridad; el espacio parecía suspendido en una especie de gris constante, como si el día no terminara de decidir si entrar.

Él estaba ahí.

No hacía nada que pudiera llamarse actividad, pero tampoco descansaba. Permanecía. Como un objeto más dentro del cuarto, colocado en una posición que ya no recordaba haber elegido. Su respiración era lo único que se movía con regularidad, y aun así, parecía ajena, como si no le perteneciera del todo.

El escritorio frente a él contenía lo mínimo necesario para no parecer vacío. Una superficie lisa, apenas marcada por el uso, y en el centro, una pluma.

No destacaba.

No tenía detalles que la hicieran especial, ningún brillo que captara la atención. Era, en apariencia, una cosa más, abandonada a la misma suerte que el resto del cuarto. Y sin embargo, estaba ahí, exactamente donde su mirada terminaba cada vez que no encontraba nada más que observar.

No recordaba haberla puesto ahí.

El pensamiento no generó inquietud. No hubo sorpresa ni curiosidad suficiente como para romper la inercia. Solo fue una constatación leve, como notar que un objeto ha cambiado de lugar sin que eso altere realmente el orden de las cosas.

Sus dedos se movieron.

No hubo decisión clara detrás del gesto. No un impulso definido. Solo un desplazamiento lento, casi mecánico, hasta rodear la pluma y sostenerla. El contacto fue seco, sin resistencia. Encajaba en su mano como si siempre hubiera estado destinada a estar ahí.

Frente a él, una hoja.

También simple. También sin historia.

La punta de la pluma descendió hasta tocar el papel, y durante un momento no ocurrió nada. El contacto no generó trazo inmediato. Permaneció así, detenido en el punto exacto donde algo debería comenzar, pero aún no lo hacía.

Entonces escribió.

No pensó en la frase antes de trazarla. No la construyó. No la eligió. Simplemente apareció, como si la mano hubiera recordado algo que la mente no alcanzaba a formular.

Las palabras quedaron ahí, oscuras sobre la superficie clara:

"Que alguien suba."

No hubo reacción.

El cuarto no cambió. Las paredes no se alteraron, el aire no se tensó, la luz no varió. Todo permaneció exactamente igual, como si nada hubiera sido escrito realmente.

Él observó la frase sin interés particular. No buscaba significado. No esperaba respuesta. La acción no había sido un intento de nada; no había intención detrás que pudiera frustrarse.

Dejó la pluma sobre el escritorio.

El sonido fue leve, apenas perceptible. Un pequeño golpe seco que no reverberó más allá de la superficie en la que descansó.

Su mirada se quedó un momento sobre las palabras. No las leyó de nuevo. No las analizó. Solo permaneció ahí, frente a ellas, como si fueran parte del mismo fondo inmutable que todo lo demás.

Después, se reclinó ligeramente.

No cerró los ojos.

El tiempo pasó sin anunciarse. No había reloj visible, pero tampoco era necesario. En ese lugar, el tiempo no avanzaba; se acumulaba.

En algún punto, algo externo ocurrió.

No dentro del cuarto. No en el espacio que ocupaba. Pero lo suficientemente cerca como para rozar su atención.

Un sonido.

No era claro. No era fuerte. Podía haber sido cualquier cosa: un vehículo a la distancia, una voz filtrada a través de muros ajenos, el eco de algo que no tenía relación con él. Sin embargo, fue suficiente.

Su cabeza se movió apenas.

La dirección no importaba. No buscaba el origen. Solo reaccionaba a la interrupción.

El cuarto seguía intacto.

La pluma seguía en el escritorio.

La frase seguía escrita.

Y, sin embargo, algo —mínimo, casi inexistente— había cambiado.

No en el espacio.

Sino en la posibilidad de que ese espacio ya no fuera completamente inmune a lo que ocurría fuera de él.

Él no lo entendió.

No en ese momento.

Pero no volvió a ser exactamente lo mismo.




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