Celeste

III. LO QUE OCURRE AFUERA

El cambio no fue inmediato.

No hubo señal dentro del dormitorio que indicara que algo había sucedido. Las frases permanecían en la hoja, alineadas, sin alteración visible.

“Que alguien suba.”

“Que alguien suba… más.”

Nada en ellas parecía haber sido suficiente para modificar el espacio que las contenía.

El cuarto seguía en su estado habitual.

Cerrado.

Suspendido.

Ajeno.

Y, sin embargo, algo ya no estaba en su lugar.
No ahí.

El primer sonido fue seco.

Breve.

Como si algo hubiera sido desplazado con más fuerza de la necesaria.

No fue suficiente para definirlo. Pudo haber sido un objeto cayendo, una superficie golpeada, un movimiento torpe dentro de otro espacio que no le correspondía.

Provenía de la misma pared.

Del otro lado.

Él no reaccionó de inmediato.

El sonido, por sí solo, no exigía una respuesta.

Pero no fue el único.

Un segundo impacto, más cercano en tiempo que en distancia, cortó el aire con menos ambigüedad.

No era un eco del anterior. Era una continuación.

Algo no había terminado en el primer golpe.

El silencio que siguió no fue limpio.

Se sostuvo apenas unos segundos antes de quebrarse en pequeños movimientos: un arrastre corto, irregular, como si algo —o alguien— intentara recuperar una posición que no terminaba de estabilizarse.

No era constante.

No era ordenado.

Se detenía y regresaba.

Más lento cada vez.

Él giró ligeramente la cabeza.

No para escuchar mejor.

Sino porque ahora había algo que no encajaba del todo con la normalidad de lo que había percibido antes.

No era solo ruido.

Era insistencia.

El patrón continuó unos instantes más.

Un desplazamiento.

Una pausa.

Otro intento.

Luego, un último sonido.

Distinto a los anteriores.

Más contenido.

Más corto.

Como si no hubiera tenido espacio suficiente para completarse.

Después de eso, nada.

No una transición.

No una disminución progresiva.

Solo un corte.

El silencio regresó, pero no con la misma forma.
No era el silencio cerrado del dormitorio.

Era uno que parecía haber llegado después de algo.

Un espacio que ya había sido ocupado… y abandonado.

Él no se movió.

No se acercó a la pared.

No intentó reconstruir lo que había ocurrido.

No había suficientes elementos para hacerlo.

Pero tampoco hacía falta.

Su mirada descendió hacia el escritorio.
La pluma seguía en su lugar.

La hoja también.

Las palabras no habían cambiado.

Y, sin embargo, ya no podían sostenerse como antes.

El tiempo transcurrió sin medida.

Lo suficiente para que el evento dejara de ser inmediato.

No lo suficiente para volverse lejano.

Entonces ocurrió.

No del otro lado.

Dentro.

Una vibración leve atravesó la superficie del escritorio.

No fue brusca.

No desplazó nada de forma evidente.

Pero estuvo ahí.

Suficiente para romper la inmovilidad perfecta del espacio.

La pluma se movió.

No cayó.

No giró completamente.

Solo avanzó unos milímetros, como si algo invisible la hubiera empujado sin intención de hacerlo.

El movimiento se detuvo por sí solo.

Él observó.
No la pluma.
El hecho.

No había corrientes de aire.

No había contacto.

Nada dentro del dormitorio justificaba ese desplazamiento.

Por primera vez, no respondió de inmediato.

Su mano permaneció inmóvil.

A cierta distancia.

Como si el siguiente gesto ya no pudiera surgir sin conciencia.

El cuarto seguía intacto.

Pero algo había terminado al otro lado de la pared.

Y ese final…
había encontrado la forma de cruzar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.