Celeste

V. LA INVOCACIÓN

El tiempo pasó.

No de una forma que pudiera medirse, ni en intervalos claros que permitieran distinguir un día de otro. El dormitorio no ofrecía referencias suficientes para eso. La luz no cambiaba, el aire no circulaba, y los objetos no se desplazaban si no eran intervenidos.
Aun así, el tiempo ocurrió.
Se acumuló en la distancia que él mantuvo con el escritorio.
En la ausencia de movimiento hacia la pluma.
En la decisión —no del todo consciente— de no volver a escribir.

La hoja permaneció donde estaba.
Con sus tres intentos.
Dos completos.
Uno interrumpido.
“Que alguien suba.”
“Que alguien suba… más.”
“Que yo…”
No había sido retirada.
No había sido cubierta.
Simplemente… evitada.

La pluma tampoco se movió.
No volvió a rodar.
No presentó otra alteración.
Permaneció en el mismo punto exacto donde la había dejado, como si no existiera razón alguna para volver a tocarla.
Y, sin embargo, su presencia no disminuía.
No se volvía parte del fondo.
No se integraba.

Él no se acercaba.
No por miedo.
No por una decisión firme.
Sino por una especie de resistencia pasiva, como si el acto de tomarla implicara cruzar algo que aún no estaba dispuesto a reconocer.

Pero la distancia no resolvía nada.
El cuarto no recuperó su estado anterior.
La inmovilidad seguía ahí… pero ya no era completa.
Había una ligera tensión, constante, que no desaparecía con el paso del tiempo.
Como si algo estuviera pendiente.

En algún punto —no claro, no marcado— esa resistencia dejó de sostenerse.
No colapsó.
No se rompió.
Simplemente dejó de ser suficiente.

Se sentó frente al escritorio.
El movimiento no fue abrupto.
No fue decidido.
Fue… necesario.

La pluma seguía ahí.
La hoja también.
Nada había cambiado en su disposición.

Su mano se acercó.
No con la misma inercia de las primeras veces.
No con la misma neutralidad.
Había algo más en el gesto.
No duda.
No temor.
Algo más cercano a una necesidad que no podía justificarse del todo.

Tomó la pluma.
El contacto fue el mismo.
Pero esta vez no hubo pausa prolongada.
No hubo intento de entender.

La punta descendió hacia el papel.
Debajo de lo ya escrito.
En un espacio que aún no había sido utilizado.

Y escribió.
La tinta fluyó sin interrupciones.
Sin resistencia.
Como si esta vez no existiera límite.

“Que alguien suba… y se quede conmigo.”

El trazo terminó.
La pluma se detuvo.

No ocurrió nada inmediato.
No un sonido.
No un movimiento visible.
El cuarto no reaccionó de forma evidente.

Pero el aire cambió.

No fue una corriente.
No una variación de temperatura.
Fue más sutil.
Una alteración en la forma en que el espacio se sostenía.
Como si algo hubiera sido añadido sin desplazar nada.

Él no levantó la vista de inmediato.
Permaneció observando la frase.
Como si esperara identificar una diferencia en la tinta, en la forma, en cualquier detalle que indicara que esa línea no era igual a las anteriores.
No la encontró.

Entonces levantó la mirada.

Ella ya estaba ahí.

No hubo transición.
No un punto de entrada.
No una señal previa.
No había un antes que pudiera compararse con ese momento.

Simplemente ocupaba el espacio.

De pie, dentro del dormitorio.
En un lugar que, hasta ese instante, había estado vacío.

Celeste.

No lo observaba directamente.
Su presencia no se imponía.
No exigía atención.
Y aun así, era imposible no percibirla.

No parecía desorientada.
No examinaba el entorno como alguien que llega por primera vez a un lugar desconocido.
Tampoco actuaba como si perteneciera a él.

Estaba.

El cuarto no reaccionó a su aparición.
No se expandió.
No se contrajo.
No presentó resistencia.

Pero algo en la distribución del espacio había cambiado.
No físicamente.
No en la forma de los objetos.
Sino en la manera en que el vacío se organizaba entre ellos.

Él no se movió.
No habló.
No intentó acercarse.

La pluma seguía en su mano.

Celeste no dijo nada.
No hizo ningún gesto que indicara intención.

Pero su presencia era suficiente.

La frase permanecía sobre el papel.
Completa.
Sin interrupciones.

Y por primera vez desde que había comenzado a escribir…
algo había respondido dentro del cuarto.




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