𝓗abía oído sobre los amores que trascienden el tiempo, las páginas y los años.
𝓛os que pasan de boca en boca como canciones viejas.
𝓛os que se quedan viviendo en las casas incluso después de que quienes los amaron desaparecen.
𝓜i abuelo decía que algunas plantas también saben recordar.
𝓨o no le creía.
𝓗asta los diecisiete.
𝓔sta historia empezó con una enredadera colgando de un balcón viejo.
𝓛a misma que mi bisabuela regaba décadas atrás
𝓒ada mañana despertaba antes que el sol terminara de calentar los tejados del pueblo.
𝓢alía al balcón todavía medio dormida, con el cabello desordenado y el olor a café llegando desde la cocina.
𝓓esde ahí podía verse el camino de tierra que atravesaba las milpas secas y bajaba hasta la carretera.
𝓨 casi siempre... a la misma hora... él pasaba por ahí.
𝓜ontado sobre un caballo oscuro.
𝓒omo si el camino ya lo conociera de memoria.
𝓝unca me consideré una gran belleza.
𝓢oy ranchera, morena de sol y de pueblo, de esas muchachas que crecieron entre plantas, tierra caliente y canciones viejas.
《...》
𝓔staba regando una enredadera que tengo al pie de mi ventana, cuando vi pasar aquel joven de caballo.
𝓟asa siempre a la misma hora, como si el camino le marcara el paso.
𝓛a música de mi vieja grabadora, heredada de mi abuelo, se queda en segundo plano. 𝓙osé Alfredo Jiménez canta "Pa' todo el Año", pero yo ya no escucho.
𝓣engo diecisiete y no me interesa ninguna relación. 𝓟ero lo recuerdo.
𝓛o vi muchas veces cuando iba por mis hermanas a la primaria.
𝓔́l estaba junto a un abuelo, o un patrón, no lo sé bien, fincando una casa de nueve a doce.𝓒on el sol pegándole en la frente y el polvo levantando el olor de las milpas secas.
𝓟ara no mirarlo, me hacía la ocupada. 𝓢acaba el teléfono, entraba y salía de una aplicación a otra. 𝓜e daba pena mirarlo cuando me miraba.
𝓨 fue ahí, cuando iba por ellas, que me acordé de la historia que mi abuelo me contó por allá de los mil novecientos cuarenta y tres. 𝓛a historia de un charro de nombre Rafael Iturriaga, que celó a una suculenta conocida como "Rocío". 𝓐sí le dicen por las gotitas que se forman en sus hojas, que parecen el agua de rocío matinal.
𝓤na suculenta que colgaba del balcón de Blanca Ortega, una mujer de aquella época. 𝓢us padres pertenecían a la alta sociedad del pueblo, Blanca Ortega tenía cabellos color café, suaves y terrosos como el polvo fino que quedaba en el molino.
𝓔sa suculenta parecía tener vida propia. 𝓒omo si escuchara lo que no se dice en voz alta. 𝓨 cada vez que el joven pasaba, el viento se metía por mi ventana con más fuerza de lo normal, como empujándome a verlo. 𝓔l no miraba hacia arriba. 𝓢iempre recto, siempre serio, como si el mundo no existiera más allá del caballo y el camino.
𝓟ero aquel día fue distinto.
𝓜e quedé más tiempo de la cuenta en la ventana, fingiendo regar lo que ya estaba mojado.
𝓨 entonces sentí su mirada.
𝓡ápida. 𝓒orta. 𝓒omo un tiro de escopeta.
𝓜e escondí sin pensar, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salir. 𝓟ero ya era tarde.
𝓐l día siguiente, volvió... y no pasó de largo.
《...》
𝓐l tercer día, el joven volvió.
𝓟ero esta vez no venía solo.
𝓔l viento iba con él.
𝓨 no era un decir... era algo raro, como si el aire cambiara de humor cuando su caballo pisaba el camino.
𝓜e asomé apenas, fingiendo que seguía con la enredadera.
𝓟ero la verdad es que lo estaba esperando. 𝓔l no se detuvo frente a mi casa de inmediato.
𝓟asó de largo... y luego, como si algo lo jalara de regreso, el caballo giró solo un poco, lo suficiente para que su mirada encontrara la mía sin buscarla demasiado.
𝓔sa vez no me escondí. 𝓝o supe por qué. 𝓢olo me quedé.
𝓨 él tampoco apartó la vista de inmediato. 𝓕ue breve.
𝓟ero esa brevedad se quedó pegada en el aire, como si el mundo hubiera tomado nota.
𝓐 esa misma hora, la suculenta cambió.
𝓛o noté cuando fui a regar la enredadera.
𝓡ocío... la planta del abuelo... estaba más inclinada hacia la ventana de lo normal. 𝓒omo si escuchara pasos. 𝓒omo si reconociera algo.
𝓟use la mano cerca de sus hojas.
𝓨 lo juro... la tierra estaba más fría que de costumbre.
𝓔sa noche soñé con un charro.
𝓝o con el joven del caballo. 𝓢ino con otro.
𝓜ás antiguo.
𝓤no que no decía nada, pero que miraba como si ya hubiera perdido algo que todavía no había sucedido.𝓨 a su lado... una planta. 𝓣an viva que parecía respirar.
𝓐l día siguiente, el joven volvió a pasar.
𝓟ero ahora ya no solo miraba la casa.
𝓜iraba la ventana exacta. 𝓜i ventana.
𝓨 cuando el viento sopló... la suculenta se movió sola. 𝓝o hacia la luz. 𝓢ino hacia él.
𝓟ara esa tarde, ya no sabía qué me inquietaba más.
𝓢i la forma en que él empezaba a quedarse un segundo más... 𝓸 la forma en que la planta parecía reconocerlo antes que yo.
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Editado: 14.05.2026