Él
"El hombre que se va, deja memoria y nostalgia."
Al despertar, el aire del pueblo ya olía a tierra mojada y café recién colado. Me asomé al balcón sin quererlo, como si mis pies supieran que él iba a pasar. Y sí... ahí estaba. El caballo oscuro, levantando polvo como si marcara un ritmo secreto solo para mí.
Esta vez no me escondí. Mi corazón latía fuerte, pero con decisión. Él redujo la velocidad, y por un instante el mundo se quedó en silencio: solo el crujir de la tierra bajo los cascos, el susurro de la enredadera y el olor de la suculenta que parecía más viva que nunca.
-Buenos días... -dijo al fin, con una voz que hacía eco en mi pecho.
No supe qué responder. El calor me subió a la cara y bajé la mirada hacia la planta que temblaba suavemente, como si entendiera todo.
-Buenos días -logré decir, apenas un hilo de voz-.
El joven sonrió, pero había algo en sus ojos, un secreto que no se atrevía a decir. Y yo, sin saber por qué, sentí que debía proteger la enredadera, la suculenta... y tal vez también a mí misma de todo lo que ese misterio traía consigo.
Pasó la semana y los encuentros se volvieron rutina. Cada día, él se detenía un poco más, como acercándose sin acercarse del todo. Y yo aprendí a mirar sin que me mirara, a esperar sin que se detuviera. Pero la suculenta... la suculenta no mentía. Cada hoja se inclinaba hacia él, cada gotita de rocío brillaba con una intensidad que me dejaba sin aliento.
Un día, mientras regaba las plantas, escuché un rumor del viento. Era casi un susurro que decía: "Rafael...".
Mi corazón se detuvo. No era el joven del caballo, sino otro... un eco del pasado que buscaba ser escuchado.
Al volver la vista hacia el camino, él estaba ahí otra vez, pero esta vez con un papel en la mano. Algo escrito, que parecía tan antiguo como la historia de mi abuelo. Me lo entregó sin palabras, solo con la mirada. El viento lo acompañaba, jugando con mi cabello y con la enredadera que parecía inclinarse para leer también.
Abrí el papel y, entre líneas torcidas, entendí que había algo más que nos unía:
"Me gusta tu enredadera y suculenta, me pregunto, ¿te gustan las bugambilia?"
un lazo invisible que atravesaba años, generaciones y secretos guardados por plantas y casas viejas. Y en ese instante supe que no era solo un joven en caballo... sino un guardián de historias que todavía tenían que contarse.
Había una parte que me había contado, Blanca Ortega había regado a Rafael. Si, lo había regado, y no, no lo decía literalmente.
Rafael montaba justo debajo del balcón de Blanca cuando ella salía y vertió una cubeta de agua a la planta, justo el agua le cayó a Rafael. Mojandole los hombros y sombrero.
Ella sonriente le había dicho: "Te vi, te quería mojar, aquí estoy" y con eso le dio motivo a Rafael para que la celara después. Ya que en esa época el agua era bautizo. Lo marco como suyo
El sol bajaba y yo no podía apartar la vista de él. La suculenta, brillante y silenciosa, parecía aprobar.
Y yo... yo empecé a darme cuenta de que esperar podía ser dulce, peligroso y necesario al mismo tiempo.
《...》
La semana paso y ese joven no volvió a pasar por mi balcón.
Una tarde soleada y alegre mi abuelo falleció, un infarto al corazón. Con lo del velorio y entierro no tuve mente para recordar aquel joven, pero no podía descuidar esa suculenta de mi balcón, ni mucho menos dejar secar la enredadera que decora el marco de mi puerta
Los días posteriores al novenario era un cuerpo muerto que caminaba. No metí si dijera en ese momento que no recuerdo lo que paso.
Ver a mi abuelo dentro de esa caja me rompió el corazón de manera desgarradora que nadie podría pensar y sentir.
El momento que me había acercado a la caja rompí en llanto, casi terminaba desmayada. Hasta mi tía mandó traer alcohol para ponerme en la nuca y hacer que lo inhalara. Durante la madrugada solo se oía mi canto. Sí, cantaba para él. La primera solía cantarla en su cumpleaños:
-"En la puerta de tu casa, -cantaba, mi mirada puesta en las veladoras que le traían.-"Te venimos a cantar..., en este día venturoso que dios te dejó llegar..." -mi tío a mi lado solo miraba el mismo punto que yo.-"Si estas dormido despierta... deja ese sueño profundo, que este día es la fecha que llegaste en este mundo..."
Esperar podía ser dulce, peligroso y necesario al mismo tiempo. Ahora también es luto. Y se vale
Para cuando empezaban el último novenario para levantar la cruz los hijos de mi abuelo, vi aquel joven
Estaba sentado en una silla al final de las personas
° 💚 • . ☆ *‿˓ 🪴 ˓ ‿* ☆ . • 💚 °
N
Nota de autor:
Dedicado a mi abuelo. Él decía que las palabras se van, pero asientan, recuerdan y pesan. Hoy le creo.
Pd: Rieguen sus Rocíos 🖤🖋
#1464 en Novela contemporánea
#5448 en Novela romántica
realismomágicocontemporáneo, simbolismo, atmósferapoeticasensorial
Editado: 17.05.2026