Ceniciento. La historia de un hada.

Capítulo 19. Sweet home. Elvira.

Durante todo ese tiempo, que estuve en la ciudad, no me atreví a acercarme a la casa donde vivía hasta los diecisiete años, donde perdí a mi madre y a mi padre, donde me di cuenta de que mi prometido era una mierda de hombre, que solo se quería a sí mismo. En resumen, mi casa no era el mejor lugar al que me gustaría ir. Fue un gran error para mí volver aquí. Los recuerdos me inundaron con una ola tan emocional que yo, sentada en el auto, lloré como una Magdalena durante quince minutos. Luego, me recompuse con mucho esfuerzo, me arreglé el maquillaje y fui al encuentro de mi odio con pasos firmes y un rostro imperturbable. 

¿Por qué fui a encontrarme con Victoria? Yo misma no me conocía. ¿Quizás quería verla vieja e indefensa? ¿Puede, que quisiera recordarle a la chica, a la que privó de su último ser querido? ¿Puede que quisiera regodearme? No pude encontrar una respuesta definitiva a esa pregunta. Pero caminé con firmeza hacia las puertas del mal inevitablemente. 

De repente, el portal a la finca se abrió y un Mercedes último modelo salió de ella, salpicándome el agua de un charco. Sorprendida, me detuve con la boca abierta. 

- ¡Qué diablos! - Exclamé, mirando mi falda blanca de Pierre Cardín manchada de barro. 

El coche se detuvo y de él salió el doctor Vasiliev. No se me ocurrió ninguna sorpresa mayor ni en las comedias de Hollywood. "¿Qué está haciendo aquí?" - pasó por mi mente. 

- ¡Elvira Vadimovna! ¿Qué está haciendo aquí? - Me preguntó con evidente sorpresa, igual que la mía. 

"¡Se acordó de mi nombre!" - pensé, pero inmediatamente quité las tonterías de mi cabeza, - "No estoy aquí, para pensamientos románticos". 

- Gracias a usted, ya nada, no puedo presentarme de esta forma frente a ... – paré involuntariamente, pero seguí recuperando los nervios, - el cliente. 

- Sí, lo siento, no me fijé en usted. - respondió confundido. 

- Me insultó la última vez, ahora me ha echado barro encima, así que estamos en paz, - dije con sarcasmo. 

- ¿Con qué paz? - Preguntó, sin entender a qué me refiero. 

- Me ayudó dos veces y le pagué con mi humillación dos veces, - le respondí con enojo. 

- Créame, no quería humillarle, y mucho menos arrojarle el barro, - trató de justificarse. 

- Está bien, no hay necesidad de disculparse, - le dije, y dándole la espalda, caminé hacia mi coche. 

La visita a Victoria se canceló por hoy, porque no podía darme el lujo de aparecer frente a mi enemiga con la ropa sucia. Tenía que lucir al cien por cien. 

- Espere, Elvira, sé dónde está la tintorería más cercana, - me detuvo Vasiliev. 

- ¿Y cómo lo ve? ¿Debería irme a casa sin ropa? - Pregunté con una sonrisa. 

- Trabajan rápido, pero si no quiere esperar, puedo ofrecerle usar mi lavadora y secadora, por supuesto, si lo considera una opción factible, - sugirió. 

- ¿Usted duda que sepa utilizar los electrodomésticos? Después de todo, soy de América, ¡y allí todo el trabajo lo hacen los negros! – el veneno cínico salía por mi boca, como de una víbora venenosa. 

“¿Está tratando de humillarme de nuevo?"- me justifiqué mi comportamiento. 

- No, es eso, simplemente no sabía cómo ofrecerle mi ayuda más cómodamente. Créame, no tenía pensamientos ofensivos, - se disculpó, y sus ojos, del color del cielo otoñal, de repente se tornaron de un azul veraniego. 

- Está bien, acepto su invitación, - dije, sin saber por qué. Como si el mismo diablo me tirara de la lengua o de la curiosidad. 

Estaba muy interesada en saber, qué estaba haciendo el Dr. Vasiliev en la casa de Victoria, o más bien en mi casa. 

Entramos y me mostró dónde estaba la lavandería, aunque yo lo sabía muy bien. 

- ¡Qué hermosa casa tiene! - Dije devorada por la curiosidad. 

- La compré hace diez años, pero apenas vivo aquí por el trabajo. Esta, es más, la casa de mi hija, que la mía. A veces aparezco para controlar. Ella tiene veinte años, ya sabe, - dijo sonriendo. 

Todo me quedó claro. Victoria vendió nuestra casa y se mudó a la capital, para estar más cerca de su esposo o por culpa de su esposo. 

- Pero necesitaré algo de ropa mientras lavo la mía, - dije. 

- Espere un minuto, yo lo arreglaré todo ahora, - contestó y desapareció por la puerta. 

Regresó cinco minutos después con una pila de ropa y una mujer. 

- Tome, esta es la ropa de mi hija, creo que le quedará bien. Y esta es Valentina, - me la presentó, - es nuestra "administradora de la casa". Si necesita ayuda, ella está a su servicio, y discúlpeme, pero necesito regresar a la clínica. 

- Gracias, claro, no le demoraré más, - respondí con la voz dulce. 

- Perdóneme, pero ¿por qué no vino a verme con sus análisis? - Preguntó. 

- Porque no me siento tan mal, y no quiero hacerle perder su apreciado tiempo, - bromeé sarcásticamente. 

- Una vez más, perdóneme las molestias - respondió y se fue, evidentemente se dio cuenta, que en este momento era mejor no meterse conmigo. 

Y me quedé con Valentina, que me ayudó a lidiar con la lavadora. Me puse la camiseta y los pantalones cortos de la hija del médico y salí al jardín. En nuestro jardín, que no había cambiado en absoluto, sin embargo, los manzanos, que plantó mi madre se convirtieron en grandes árboles. Ya tenían fruta. Arranqué una, le di la vuelta en mis manos y me la llevé a la nariz. “Mamá, ¡cómo querías esperar a que estas manzanas llenaran la casa de este dulce olor!” – recordé a mi madre y nuevamente las lágrimas brotaron de mis ojos. 

- ¿Margarita Pavlovna? -  Escuché una voz asustada detrás de mí, pronunciando el nombre de mi madre. 

Me volví y vi a nuestro jardinero. Envejecido, pero le reconocí. 

-No, Simón, soy yo, Elvira, - le aseguré al pobre anciano, que temblaba de miedo, como si hubiera visto un fantasma. 

¡Oh, niña, ¡cómo has crecido! – se tranquilizó. - ahora te pareces a tu madre muchísimo. 




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.