Ceniciento. La historia de un hada.

Capítulo 54. El nacimiento de mi hijo. Elvira.

Hace un mes a Alex, le dieron el alta en hospital, después de quitarle el exceso de piel en el abdomen. Él se quedó muy satisfecho, aunque la cicatriz aún era visible un poco. Al principio, el médico le prohibió tomar el sol un par de semanas. Cuando recibió el permiso, no pasaba un solo día, sin que él no viniera a verme a Sun Beach, para nadar en el océano. Finalmente, su sueño se haría realidad: aprender a surfear. Anteriormente le daba vergüenza aparecer en la playa con la piel flácida en el abdomen, lo llamaba delantal, pero ahora todo estaba liso, y nada molestaba admirar su adquirida, con mucho esfuerzo, tableta de chocolate.

A veces yo misma lo miraba, como un artista admira su pintura más exitosa. Su cuerpo se volvió magnífico. Nada sobrante, todo estaba en su sitio y como debía ser. Y si creía a Bree, también en el plano inferior también estaba perfecto.

Su amistad con Bree dio sus frutos. Alex se había vuelto bastante bueno entendiendo la moda y ahora se vestía con buen gusto. Pero lo más importante era, que se sentía confiado y seguro de sí mismo. Un buen trabajo, dinero decente y sexo con una chica comprensiva le dieron esta oportunidad.

Cuando me dijo, que quería comprar una Harley, al principio no lo creí, y luego traté de disuadirlo, porque ese tipo de moto era para los viejos, que estaban atrapados en la era de los hippies, o para los tontos que creían, que eran como “Terminator”. Y Alex no pertenecía a ninguna de esas categorías. Pero me convenció, diciendo que ahora quería sentirse "libre con seguridad". Lo entendí y no insistí en la compra de un buen auto.

Y también hizo amigos. Manu, que era diez años mayor que mi ahijado, lo adoraba y me agradecía por traerlo a Estados Unidos. Bree era su asesora de moda y de las mujeres, Dean y Nick, del banco, eran simplemente unos buenos chicos y amigos, que era difícil de encontrar en Estados Unidos.

En unas palabras, su transformación fue casi completa y en un tiempo récord. Él mismo trabajó mucho en esto, pero también se tuvo en cuenta mi participación directa. Gracias a mi embarazo accidental y la adquisición de un padre "mafioso", mi ahijado creció de un niño incapaz de hacer nada sin mamá, a un hombre, que tenía sus principios. Honestamente, no quería cambiar el carácter de mi ahijado de esta manera, simplemente sucedió.

Mi embarazo ya estaba llegando a su fin. Solo quedaban unas pocas semanas, cuando podría ver la carita de mi hijo. El médico me convenció de una cesárea programada por mi edad y la acepté. Por lo tanto, ya era peligroso para mí quedarme en Sun Beach. Por eso estaba empaquetando mis cosas para regresar a Los Ángeles.  Acordamos, que Alex vendría a recogerme en dos horas. Pero todo cambió en cuestión de minutos.

Los terremotos en California son igual de “inesperados”, como los huracanes en Texas. Rara vez pasa un año sin temblar en alguna parte. Todos los residentes de este estado saben muy bien, cómo actuar, cuando suena la alarma. Solo que hoy, arrastrada por la tarea de mi mudanza, no le presté atención en absoluto. En el momento en que sucedió todo, yo estaba en el garaje. ¿Para qué, diablos, fui allí?

Un estante con herramientas de jardín y todo tipo de tonterías se derrumbó sobre mí, apretándome entre el auto y la pared. Con los brazos extendidos hice todo lo posible por sujetarlo. Lo primero, en que pensé fue en cerrar mi barriga, como cualquier mujer embarazada, para proteger al niño, por eso no noté, que el cortador de hierba se cayó y se clavó en mi muslo. Grité de dolor tan fuerte, que me quedé sorda.

- ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!

 Sentí el dolor ya en mi espalda. Pensé que algo la había presionado, así que traté de alejarme, pero el dolor no desaparecía, e incluso aumentaba de vez en cuando, pero aún podía soportarlo. Recé para que Alex viniera lo antes posible, porque temía, que el cortador, clavado en mi muslo, pudiera causarme pérdida de sangre. Mi fuerza se agotaba, cuando escuché un ruido en el piso de arriba de la casa.

-Alex, estoy aquí en el garaje, - grité, esperando que fuera mi ahijado y no unos ladrones, para saquear mi casa.

Entonces sentí que el estante se levantó y me sentí mejor. Y de repente los ojos del cielo otoñal aparecieron frente a mí. Yo pensaba, que esto era un delirio, pero sintiendo nuevamente un dolor agudo en la espalda, me di cuenta de que esto, no era una ficción de mi conciencia enferma, sino la realidad. Vasiliev estaba a mi lado.

- Eli, querida, aguanta un poco. Todo va a salir bien. - dijo, vendándome la pierna y poniéndome un torniquete.

- Dimitri, me duele la espalda. - susurré, al parecer me rompí la voz, cuando pedí ayuda.

- Ahora, ahora, - me calmó, levantándome en sus brazos.

Me sacó del garaje y me subió a un taxi.

- ¡No! ¡No! ¡Me mancharás todo el interior! - Gritó el taxista.

- ¡Cállate! Idiota, ¡si no me ayudas ahora, te enterraré aquí vivo! - Le gritó Vasilyev enfadado.

- Está bien, está bien, - se asustó el conductor y me ayudó a subir al coche.

- Todo está bien, cariño, ahora todo estará bien, - decía Dimitri, abrazándome y acariciando mi barriga.

- ¿Cómo llegaste aquí? - Le pregunté.

- Ya no importa, lo principal, es que llegué a tiempo, - dijo.

En ese momento, el dolor me atravesó nuevamente, el cual fue descendiendo cada vez más abajo.

- Dimitri, ¿le pasó algo al niño? Me duele mucho la barriga abajo y parece, que me he mojado, - pregunté con miedo y sonrojé de vergüenza.

- ¿De cuántas semanas estas? - Preguntó, pasando la mano por el asiento debajo de mí.

- Treinta y siete semanas, - respondí.

- Puedes ir más rápido, - le preguntó al conductor.

- No, no puedo, mira que atasco hay, parece, que todo el mundo se escapa de aquí, - contestó el chofer.

- Entonces, para en algún lugar y consigue un botiquín de primeros auxilios, - ordenó Vasiliev.




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