Cenizas

Capítulo 1: "Cuando los caminos se separan"

En una de las salas de espera del terrapuerto, una voz se escuchó a través de la bocina. El anuncio hizo que el corazón de Carolina se acelerara, mientras una ola de frío recorría su cuerpo.

No era miedo.

Era ansiedad.

Ansiedad por la decisión que había tomado.

Ansiedad por el nuevo comienzo.

Ansiedad por enfrentar un futuro en el que él ya no estaría.

Fue lo mejor para los dos, Carolina, se repitió en silencio.

Respiró hondo, se puso de pie, tomó la maleta que descansaba a su lado y caminó con paso firme hacia la puerta de embarque.

En otra parte de la ciudad, un hombre de mirada cansada y ojos enrojecidos observaba el cielo a través de la ventana de su departamento. De pronto, una bandada de aves cruzó el horizonte y una sonrisa triste se dibujó en su rostro.

Ya debes estar yendo como ellos… en busca de un nuevo mañana, pensó, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—¿Cómo podré seguir viviendo sin ti? —susurró.

El sonido del celular lo sacó de sus pensamientos. Casi de manera automática, respondió.

—Arquitecto, me estuvo llamando.

—Sí… necesito que me apoye con un trámite —dijo, con la voz apagada—. Yo no tengo el valor para seguir con esto.

—Entiendo. Dígame de qué se trata.

El autobús abandonó el terrapuerto. Carolina observaba el paisaje a través de la ventana, con los ojos vidriosos.

Adiós, ciudad… adiós, amor, pensó, dejando caer unas lágrimas.

Horas después, bajó del bus con la maleta en mano. Su mirada se detuvo en un viejo letrero, desgastado por el sol. Aún podía leerse un nombre: el de Sebastián.

Tres años atrás, él había estado a cargo de ese proyecto. Fue su primer gran logro profesional. El que les abrió nuevas puertas… y cambió su destino.

Recordó la promesa que se hicieron justo en ese lugar. Él no quería irse solo. Ella, llevada por el amor, decidió seguirlo a donde fuera.

El dolor la golpeó de lleno. Sus piernas temblaron. Por un instante pensó en dar la vuelta y regresar.

Pero su voz interior fue más fuerte.

—Sabía que no sería fácil —susurró, obligándose a avanzar.

Tomó un taxi y pidió al conductor que la llevara lo más rápido posible. No quería quedarse ni un minuto más. No quería dudar.

Ese día comenzaba de nuevo.

Para ella.

Para sus sueños.

Ya no era la esposa del arquitecto Sebastián Vallasco.

Volvía a ser Carolina Palmer, por decisión propia.

—¿Se siente bien, señorita? —preguntó el taxista.

—Sí… solo estoy cansada —respondió, respirando hondo.

Sebastián, sentado en el sofá, intentaba distraerse con el televisor. Fue inútil. Su mirada regresaba una y otra vez a la cama vacía.

—Carolina… —susurró.

Apagó el televisor, tomó una almohada y la abrazó con fuerza.

—Siempre lo hice todo por ti… Esta vez también debo hacerlo. Respetar tu decisión… aunque duela.

Una lágrima rodó por su mejilla.

Carolina marcó un número desde el taxi.

—¿Ya estás en el pueblo?

—En media hora llego.

—Bien. Te esperaré en el lugar acordado.

—Gracias.

—Soy tu amiga. Siempre estaré para ti.

El taxi se detuvo frente a una pequeña plazuela. Carolina bajó y buscó con la mirada.

—¡Carolina!

—¡Yolanda!

Se abrazaron con fuerza.

—Todo estará bien —dijo Yolanda—. No le fallaste a nadie.

—Tal vez… solo nos faltó vivir un poco más —respondió Carolina.

La casa era pequeña, pero acogedora.

—Es modesta, pero es tuya —sonrió Yolanda.

—Eso es suficiente.

Antes de despedirse, Yolanda le dio dos noticias: aún podía postular a la universidad… y tenía un empleo esperándola.

—Gracias, Yoli.

Ya sola, Carolina desempacó. Al caer la tarde, se acercó a la ventana y observó el cielo teñirse de naranja.

—Mañana será un nuevo día… un nuevo comienzo —susurró.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.




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