El tenue rayo de luz que se filtró por la ventana de una habitación se posó sobre el rostro de una ojerosa joven, quien, ante el contacto, abrió lentamente sus párpados.
Por un instante, Carolina sintió que despertaba en su antiguo hogar, junto a él… pero el eco del silencio le recordó que no era así. Ahora estaba sola, en una habitación casi vacía y silenciosa.
Respiró hondo.
El aire olía a madera vieja y a pintura reciente, una mezcla extraña, pero reconfortante. Ese era el aroma de su nueva vida.
Se levantó, se duchó con agua fría para despejar la nostalgia y preparó un pequeño desayuno improvisado: pan tostado y una taza de café instantáneo.
—Poco a poco, Carolina… —se dijo, mirando el vapor subir.
En tanto…
Sebastián despertó sobresaltado tras escuchar el sonido de un celular. Encendió la luz de la lámpara que estaba en el velador junto a la cama, mientras, de manera inconsciente, expresó:
—Sigue durmiendo, Carolina… de seguro es Boris.
Tras pronunciar esas palabras, sintió una punzada en el corazón. Su mirada se dirigió al espacio que solía ocupar ella, su exesposa. Entonces recordó que ya no estaba allí. Su lugar permanecía vacío, tan vacío como se sentía en ese momento su corazón.
A pesar de la tenue luz que iluminaba el lugar, recorrió la habitación con la mirada. Todo le pareció más grande, más vacío, más gris.
Se sentó a la orilla de la cama, tomó aire y se pasó una mano por el rostro.
—Es por tu felicidad —susurró con nostalgia, mientras sentía su pecho oprimirse.
El celular volvió a sonar.
Tomó el aparato.
Había varias notificaciones de mensajes y llamadas de un mismo número recibidas desde hacía algunas horas. Decidió abrir solo el último.
Boris:
“Nos cambiaron la fecha. No iremos mañana, sino pasado, a Valle de las Flores.”
Sebastián dio un largo suspiro, lleno de pesar. Mientras escribía su respuesta, una pregunta cruzó su mente:
¿Cómo mantengo mi mente ocupada ahora?
Tras enviar el mensaje, volvió a acostarse. Aunque ya era casi de día, necesitaba seguir durmiendo; era la única forma de dejar de pensar en lo que fue, en lo que pasó, en lo que pudo ser.
Sabía que la vida continuaba y que debía adaptarse a ella, aunque no fuera sencillo. Debía hacerlo. Seguir adelante.
Carolina, por su parte, caminaba rumbo a la universidad.
El viento frío del otoño movía su cabello y, aunque su corazón aún dolía, algo dentro de ella comenzaba a sentirse… libre.
Al llegar al campus, respiró hondo.
Ese lugar olía a libros, a papel, a estudiantes que corrían por sus sueños.
Sus sueños.
Tuvo que realizar varios trámites, entregar documentos y explicar su pausa académica, pero todo avanzó sin mayores dificultades.
—Podrá reincorporarse este semestre, señorita Palmer —le dijo la encargada. —Muchas gracias… —respondió con un brillo nuevo en los ojos.
Salió al jardín de la universidad y se sentó en una banca bajo un árbol, dejando que el viento acariciara su rostro.
—Estoy empezando… de verdad —susurró.
Observó durante algunos minutos a los estudiantes pasar. Escuchó sus risas, el bullicio, sonidos que despertaron recuerdos del pasado. En ellos, ella caminaba junto a un grupo de jóvenes, entre quienes estaba quien tiempo después se convertiría en su esposo, inmersos en una animada conversación.
—Esos tiempos ya no volverán —dijo en voz baja.
Se puso de pie, miró el lugar una vez más y giró sobre sus pasos, mientras un nuevo pensamiento se abría paso en su mente:
—Pero crearé nuevos recuerdos… haré nuevos amigos.
Su reflexión fue interrumpida por el sonido del celular. Carolina sacó el aparato de su bolso y contestó.
—¿Dónde estás? —En el jardín de la facultad. —Bien, voy para allá.
Minutos después, Carolina se levantó al ver llegar a su amiga.
—¡Vamos! —expresó Yolanda con calidez. —Sí.
Yolanda la llevó al lugar donde trabajaría. Tras la presentación correspondiente con su jefa, la joven recibió de manos de esta el uniforme que usaría a partir del día siguiente.
—¡Gracias por la oportunidad! —Agradéceselo a Yolanda. Me ha dado muy buenas referencias tuyas… espero que no hayan sido exageraciones. Al menos no mintió al decir que eras muy bonita.
Carolina sonrió con timidez.
—Eso atraerá a la clientela, sobre todo a la masculina —añadió la mujer con una sonrisa.
—Daré mi mayor esfuerzo.
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Editado: 27.01.2026