Las gotas de lluvia golpeaban la ventana de una habitación donde, sentado en una silla junto a una mesa, se encontraba un hombre de mirada nostálgica, removiendo por décima vez una taza mientras suspiraba con pesar.
—Un día más sin ti —susurró con nostalgia.
De repente, el sonido de su celular lo sacó de sus pensamientos.
Tomó el mismo y contestó de inmediato.
—¿Dónde estás? Te estoy buscando por todos los ambientes de la constructora —escuchó.
—Aún estoy en casa.
—¿Qué?… pero en media hora…
—Lo sé. No te preocupes, Gerardo, ahora voy para allá —contestó Sebastián.
—¿Te pasa algo? ¿Tuviste algún problema?
—Ya te contaré —respondió, dando por finalizada la llamada.
Mientras tanto…
Una mujer de mirada nostálgica se acomodaba el delantal mientras se decía a sí misma:
Sabías que no sería fácil. Sonríe, los clientes no tienen que sentir tus pesares.
—¿Aún no estás lista? —escuchó.
—Ya terminé de cambiarme. Ahora voy a atender las mesas —pronunció.
Carolina respiró profundamente, forzó una sonrisa y salió del vestidor.
—¿Qué mesas me corresponden? —preguntó, tomando una libreta y un bolígrafo.
—De la diez a la veinte —contestó una joven que sostenía una fuente con alimentos.
—Bien, ahora voy a tomarles los pedidos.
En otro pueblo…
Un hombre moreno observaba intrigado al joven de rostro nostálgico que se acercaba al lugar.
—Los demás ya están en la sala de reuniones —expresó Gerardo.
—Lo imaginé.
—¿Discutiste con tu esposita?… aunque eso es absurdo, tú y ella…
Gerardo calló al notar cómo la mirada de su amigo se entristecía aún más.
—Luego te lo platico —pronunció Sebastián con voz temblorosa.
—Claro —respondió Gerardo, intrigado.
—Démonos prisa —añadió Sebastián.
—Sí.
Horas después…
Sebastián y Gerardo tomaban asiento en una de las mesas del cafetín de la constructora.
—Veo que el problema sí fue serio… es la primera vez que te quedas a almorzar aquí.
—Mi matrimonio terminó —expresó Sebastián con la mayor calma que pudo.
—No bromees así, no estamos en el Día de los Inocentes…
—No es broma, es la verdad.
Gerardo observó el rostro de su amigo y comprendió que hablaba en serio.
—Lo lamento —fue lo único que atinó a decir.
La conversación fue interrumpida por una joven de vestimenta sofisticada que se acercó a la mesa.
—Sin duda hoy es mi día de suerte —dijo con una sonrisa—. Ya decía yo que Samantha me mintió. Tú sí almuerzas en el cafetín de la constructora.
—Señorita Isabella.
—Hola, Gerardo —saludó con cierta indiferencia, antes de posar la mirada en Sebastián—. ¿Puedo acompañarlos? Yo también vine a almorzar…
—Claro, no hay problema…
—Solo Isabella. Ya se los he dicho —respondió con tono coqueto, dedicándole una sonrisa a Sebastián.
En tanto…
Tras ocho horas de trabajo, Carolina se quitaba el delantal mientras escuchaba el sermón de su jefa.
—Por hoy te disculpo la distracción, pero no debe volver a suceder. La próxima vez te lo descontaré del sueldo.
—No volverá a pasar. Se lo prometo.
—No prometas nada, solo cúmplelo. Las promesas son palabras que se las lleva el viento; las acciones son las que valen.
Esas palabras hicieron eco en la mente de Carolina.
Su pensamiento retrocedió en el tiempo: se vio vestida de blanco junto a su exesposo, haciendo promesas de amor que, en ese momento, parecían eternas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, que intentó contener apretando los puños.
—No pensé que fueras tan sensible.
—¿Qué?
—Ya puedes irte. Mañana lo harás mejor —acotó la mujer.
—Así será —respondió Carolina, forzando una sonrisa.
Al salir de la pequeña oficina, una compañera se le acercó.
—Así es ella, directa, pero no es mala.
Carolina asintió.
—¿Ya vas a tu casa? ¿O tu novio vendrá por ti?
—Voy a mi casa.
—Entonces vamos juntas, yo también voy para la mía.
#1324 en Novela contemporánea
#5877 en Novela romántica
segundas oportunidades, reencuentros del pasado, amor y crecimiento personal
Editado: 27.01.2026