Cenizas

Capítulo 9: "El peso de la soledad"

Las vacaciones de invierno habían llegado. Cuando Carolina era estudiante, las anhelaba, pues significaban tiempo para compartir con las personas que quería. Pero en su presente ya no era aquella chica de escuela; ahora era una universitaria que lidiaba con una realidad más fría.

Tras su divorcio, se había distanciado de sus antiguas amistades y solo conservaba con Yolanda. Sin embargo, desde que esta se casó y se mudó a otro pueblo, el contacto se había limitado a breves llamadas cada quince días. Ese día era el más esperado por Carolina, pues una videollamada con Yolanda solía ser su único refugio contra la soledad.

Pero la noticia que recibió la última vez fue un balde de agua fría: Yolanda no llamaría en un mes, pues disfrutaría de una luna de miel postergada.

—Serán mis peores vacaciones de invierno —susurró Carolina con pesar al cruzar el umbral de su casa.

Dejó su bolso en el sofá y se despojó del abrigo y la bufanda, pero el frío parecía no abandonar su cuerpo. Caminó hacia la cocina, arrastrando los pies en un espacio que se sentía demasiado grande para una sola persona.

—Ni siquiera podré entretener mi mente con el trabajo; a la jefa se le ocurrió darme descanso todo mes —pronunció con nostalgia, mirando la sala.

De pronto, le pareció escuchar el eco lejano de una narración deportiva. Posó su mirada en el televisor apagado. Con un suspiro, tomó el control remoto y lo encendió. Casualmente repetían un partido de la selección nacional. Tras el divorcio, ella se había jurado no volver a ver fútbol, pero ese día la soledad pesaba más que sus promesas.

—Solo esta vez —susurró con los ojos empañados.

Se preparó un café cargado y se sentó a observar. Pero al ver los movimientos en la pantalla, el nudo en su garganta se apretó. Sin los comentarios apasionados de él a su lado, el juego carecía de alma.

—No es lo mismo —dijo en un hilo de voz.

Apagó el televisor y regresó a la cocina. La libertad de las vacaciones, que antes era un regalo, ahora la sentía como una condena de treinta días frente a un espejo que solo le devolvía su propio vacío.

A miles de kilómetros de distancia, Sebastián se sentía igual. Con los proyectos a su cargo concluidos, su jefe le había ordenado que tomara las vacaciones que venía postergando. Pero, como ya sospechaba, fue una decisión difícil. Mantener su mente ocupada en el trabajo había sido su refugio para evitar pensar en el pasado. Ni siquiera mirar los partidos de la liga, que tanto solía disfrutar, era suficiente ahora.

A pesar del ruido del televisor, el espacio se sentía vacío.

—Ya no es igual —pronunció con pesadez tras apagar la pantalla.

Caminó hacia el baño con la esperanza de que una ducha despejara su mente, pero no fue así. Tras cambiarse, se sentó a la mesa, solo, como lo hacía desde que firmó aquellos papeles. Sintió su pecho apretarse. Consideró viajar a otros pueblos, a cualquier lugar donde el paisaje no le recordara lo que había perdido. En ese momento, una notificación en su celular iluminó la pantalla:

“Disfrutando de las vacaciones con los amigos de mi ciudad natal”.

Era una foto de sus dos mejores amigos de la época estudiantil.

—Vaya… están allá —expresó con una nostalgia punzante.

El sonido del teléfono lo sobresaltó. Al intentar rechazar la llamada de Isabella, terminó contestando por error.

—¡Bastián, querido! —escuchó.
—Estoy de viaje —mintió de inmediato.
—No necesitas mentir… solo quería invitarte a pasar unos días en mi casa junto al mar.
—Gracias, Isabella, pero de verdad estoy fuera. Debo colgar.

Al cortar, el golpe seco del celular contra la mesa de vidrio resonó como un trueno. Isabella le ofrecía compañía, pero él sabía que hay soledades que no se curan con gente, sino con la persona amada. Mentir era más fácil que explicar que su corazón seguía varado en lo que dejó ir.

En otro pueblo, Carolina acomodaba unas cajas cuando un pequeño objeto cayó al suelo. Se quedó paralizada. Era la envoltura de una galleta que Sebastián le había compartido años atrás, cuando apenas eran amigos.

—Pensé que la había tirado al mudarme… —susurró con la mirada cristalina.

Guardó el envoltorio dentro de un libro, como quien esconde una herida que no quiere que cierre. Fue a la cocina por un vaso de agua y, al abrir la alacena, su mano rozó una barra de chocolate: la marca preferida de él.

—La próxima vez compraré otra marca —se dijo, aunque luego rectificó con amargura—: ¿Por qué? Si ahora también es mi favorita…

Al beber el agua, comprendió la dolorosa verdad: su hogar seguía configurado para dos. Sus gustos, sus rutinas y sus silencios estaban entrelazados con los de él. Había decidido soltar, pero el peso de la soledad la hacía aferrarse a esos fragmentos de manera inconsciente.

Bajo cielos distintos, pero con el mismo vacío calando en los huesos, ambos compartían una realidad invisible. A miles de kilómetros de distancia, Sebastián y Carolina seguían habitando el recuerdo del otro, descubriendo que el divorcio había firmado los papeles, pero sus almas aún no sabían cómo vivir por separado.




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