Era el último día de vacaciones para Sebastián y Carolina.
Unas vacaciones bastante particulares para ambos, pues fue la primera vez en sus vidas que estas resultaron ser más un suplicio que un descanso.
Ni siquiera el primer año tras el divorcio sintieron tanto vacío como ese segundo año, en el cual tuvieron que afrontar unas vacaciones sin el otro.
Ambos concluyeron que, con el tiempo, los recuerdos, en vez de esfumarse, parecían aferrarse aún más a ellos.
Sabían que eso no estaba bien.
Pero también sabían que era algo que no podían evitar.
Lo acababan de comprobar.
Intentaron, durante los últimos días, salir de su encierro.
Carolina, si bien no volvió a aceptar otra invitación de Enzo tras su encuentro con él, decidió no permanecer encerrada en casa los días restantes de vacaciones.
Visitó a sus padres, realizó sus compras de la despensa diariamente y hasta fue al cine.
Sebastián, por su parte, viajó a otra ciudad en esos días, pero siempre le era inevitable encontrar algo que le recordara su pasado con Carolina.
—No está bien… —susurró Sebastián, tras posar su mirada en la carta electrónica de un café.
—¿Ya reservó su pedido?
Escuchó.
Inmediatamente posó uno de sus dedos sobre una imagen.
—Sí —expresó.
La mesera miró en su tablet y, tras confirmar el pedido, se alejó de la mesa.
“Tal vez sea porque creamos tantos recuerdos…”
Pensó.
Pero él no era el único que lo creía.
Carolina pensaba lo mismo tras dejar una botella de rehidratante sobre un anaquel.
—Será mejor cancelar ya... —susurró.
Tras cancelar sus compras, regresó a su casa.
Acomodó los víveres en la alacena, se dio un baño y caminó hacia la cocina para prepararse algo para cenar.
De repente, su celular sonó.
Era la llamada que estuvo esperando durante las vacaciones.
Su mirada entristecida se encendió levemente mientras deslizaba la pantalla.
—Yoli —pronunció.
—Caro, ¿qué tal las vacaciones?
Respondió una cálida voz.
Carolina dio un largo suspiro.
—¿Qué puedo contarte? Mejor cuéntame tú… ¿Disfrutaste de tu luna de miel postergada? —contestó con nostalgia.
—Caro… ¿qué sucede?
—Nada —respondió con la mayor calma que pudo.
—Cortaré. Te haré videollamada.
Fue lo último que escuchó, seguido del tono de finalización.
Segundos después, el celular volvió a timbrar.
Carolina no tuvo ni tiempo de recomponer su expresión; por impulso respondió.
—Ese no es el rostro de alguien que ha tenido vacaciones —dijo Yolanda.
—¿Qué?
—Se te ve decaída, sin energía…
—Es que hoy hice limpieza en casa… ya sabes…
—Caro, dime la verdad… ¿te estás arrepintiendo de tu decisión?
Aquella pregunta fue como un balde de agua fría.
Carolina no supo qué responder.
Sintió un fuerte apretón en el pecho, mientras el nudo en su garganta le impedía hablar.
—Si es así, aún estás a tiempo. Por mi esposito sé que…
—No… no me he arrepentido —dijo, sacando fuerzas.
—¿De verdad?
—Sí… de verdad. Solo es cansancio —respondió, forzando una sonrisa.
—Bueno… te creeré.
Hubo un breve silencio.
—Me siento más tranquila… siempre dudé de tu decisión, pero la respeté. Y por eso te daré un consejo…
Aferrarse al pasado lastima. Si ya soltaste de verdad, date la oportunidad de volver a ser feliz.
Aquellas palabras fueron como un puñal en el corazón.
Ella fue quien pidió el divorcio.
No tenía derecho a seguir aferrándose al pasado.
Debía soltar.
Pero soltar el pasado significaba soltar a Sebastián…
Y eso dolía.
Tanto como a Sebastián, quien, a miles de kilómetros, conversaba por videollamada con sus amigos.
—En dos horas sale el tren que me llevará de regreso a… —decía.
—Bueno, bueno, no nos cambies el tema —respondió Boris.
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segundas oportunidades, reencuentros del pasado, amor y crecimiento personal
Editado: 23.04.2026