Cenizas

Capítulo 14: Refugios en la tormenta

El aire soplaba con fuerza por las calles del pueblo.

A pesar de ser de día, el cielo estaba cubierto de nubes. Pequeñas gotas de lluvia comenzaban a caer sobre los hombros de quienes transitaban por el lugar.

Una de ellas era Carolina.

Acababa de salir de la universidad. Aquel era uno de los pocos días en los que podía volver a casa para descansar un poco antes de ir al trabajo y, aprovechando eso, decidió ir a pie. Además, necesitaba comprar algunas cosas en un supermercado cercano.

Lo que no esperaba era que empezara a llover.

No llevaba paraguas. Tampoco tenía una carpeta impermeable para protegerse. Optó por correr hacia la entrada de una tienda vacía para no empaparse. Pero al hacerlo, tropezó con alguien.

Un paraguas cayó al suelo.

—¡Disculpe! —pronunció Carolina.

Lo recogió para devolvérselo a su dueño, pero al alzar la vista quedó inmóvil.

Frente a ella estaba la madre de su exesposo.

Carolina sintió una opresión en el pecho.

Sus piernas comenzaron a debilitarse.

Tras el divorcio, no volvió a tener contacto con ella ni con ningún familiar de Sebastián.

Un nudo se formó en su garganta mientras se sentía observada.

—Carolina…

—Señora Vallasco… —dijo con dificultad.

—Me alegra saber que estás bien —agregó la mujer con calidez.

Hubo un largo silencio.

La mujer sacó un paraguas plegable de su bolso.

—Toma —dijo con una cálida sonrisa.

Carolina no supo qué responder.

Su mente viajó años atrás. Recordó las veces en que Sebastián, con una sonrisa gentil, le ofrecía su paraguas cuando ella olvidaba llevar uno.

La opresión en su pecho aumentó. Su vista empezó a nublarse.

—Tómalo o te resfriarás —añadió la señora Vallasco.

Sin mirarla, Carolina tomó el paraguas.

—Gracias… —pronunció.

—No te preocupes por devolvérmelo, quédatelo. Me alegra saber que estás bien.

No hubo más palabras.

La señora Vallasco continuó su camino, dejando a una entristecida Carolina bajo la lluvia.

—Perdóneme, señora Dalia… —susurró, conteniendo las lágrimas.

Respiró hondo y siguió su camino.

En otro pueblo, en una constructora…

La perilla de una puerta giró y por ella entró un joven de mirada cansada y ropa formal.

Era Sebastián.

—Pensé que pondrías algún pretexto para evitar venir —expresó Isabella con calma.

—No puedo hacerlo. Es parte del examen médico pasar por el área psicológica. Ya estaba programado.

Isabella sonrió levemente.

—Cierto… pero estar aquí también podría ayudarte.

Con un gesto de la mano, le indicó que tomara asiento frente a ella.

—Te aplicaré unos test. Seguramente ya los has hecho antes…

Una hora después, Isabella observaba detenidamente las respuestas de Sebastián, mientras él esperaba impaciente la orden para retirarse.

—Tu subconsciente está pidiendo ayuda a gritos.

—¿Qué?

—Permíteme ayudarte… te lo pido como terapeuta.7

Sebastián bajó la mirada.

—La falta de sueño no es buena para tu rendimiento en el trabajo. Y si a eso sumamos tu aislamiento…

—Comprendo lo que intentas decirme, pero hasta ahora mi rendimiento sigue igual…

—Sí, lo sé. Y eso me preocupa más.

Sebastián la miró fijamente.

—Te estás esforzando demasiado. Te esfuerzas por mostrar que estás bien, aunque no lo estás. Vas camino a la depresión… y no pienso dejar que llegues a eso.

Isabella habló con firmeza, aunque sus ojos se entristecieron.

—¿Depresión…? —susurró él.

—Sí. Así empieza: pequeñas señales que pasan desapercibidas. Te aíslas, sufres insomnio, te sientes triste casi siempre…

—Es que…

—No pongas más pretextos, Sebastián. Ya perdí a alguien querido por esto… y no pienso perderte también.

Por primera vez, Sebastián la miró de verdad.

Entonces comprendió que él no era el único que se escondía tras una máscara.

—Desde hoy empezaré a trabajar contigo…

Sebastián no objetó nada. Solo la escuchó en silencio.

Mientras tanto…

Carolina salía del supermercado con una pequeña bolsa de papel.

—Ya dejó de llover…

Guardó el paraguas.

“Debo continuar… en algún momento tenía que encontrarme con la señora Dalia. Después de todo, vivimos en el mismo pueblo…”

Su pensamiento fue interrumpido por el sonido de un claxon.

—Enzo… —susurró.

—Te dije que me esperaras —dijo él, bajando del auto.

—No te escuché.

El joven sonrió.

—Tendré que creerte.

Luego miró la bolsa de papel.

—¿Cocinarás?

—Sí. Hoy tengo tiempo para prepararme algo.

—Me encantaría probar tu sazón.

Carolina lo miró.

Necesitaba mantener la mente ocupada. Y estando sola en casa, sabía que eso sería imposible.

Entonces una idea cruzó por su mente.

“No tiene por qué malinterpretarlo…”

—Si gustas… acompáñame a casa. Haré asado de cerdo.

Enzo sonrió ampliamente.

—Acepto.

—Bien.

—Vamos en mi auto.

Carolina asintió.

—Ahora sí puedo considerarme tu amigo —dijo él mientras conducía.

—Pues qué bien… —respondió ella.

En otro pueblo…

Isabella sonrió con satisfacción tras lograr que Sebastián se abriera un poco con ella.

—¿Ves que no era tan difícil?

Él asintió.

—¿Cómo te sientes ahora?

—Un poco mejor.

—No se puede cargar con los problemas solo.

—Ahora lo sé.

—Bueno… por hoy tu terapia con Isabella la psicóloga terminó. Pero con Isabella, tu amiga, puede continuar…




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