Cenizas

Capítulo 20: La víspera del olvido

Habían pasado seis meses desde que Sebastián y Carolina tomaron la decisión de soltar.

Seis meses difíciles, pero llenos de voluntad por parte de ambos.

Sí, voluntad.

Ninguno quería retroceder en aquella decisión, pues consideraban que era lo mejor para los dos.

Sebastián no solo siguió aferrándose a su rutina de trabajo para mantener su mente ocupada, sino que también continuó apoyándose en Isabella, no solo como psicóloga, sino como amiga.

Sí, como amiga.

Como su única amiga.

Esa cercanía entre ambos se había vuelto más evidente durante aquellos últimos seis meses. Ya no compartían únicamente momentos dentro del trabajo, sino también fuera de él. Aquello había generado comentarios tanto dentro como fuera de la constructora.

Mientras tanto, en otra ciudad, el tiempo también había seguido avanzando.

Para Carolina, aquellos seis meses tampoco habían sido sencillos. El vacío de la ausencia seguía doliendo, pero la determinación de sanar la mantenía en pie.

Cumpliendo la promesa que se había hecho a sí misma, la pequeña caja que resguardaba su aro matrimonial permanecía oculta en lo profundo de un cajón bajo llave, como el silencioso testimonio de un amor que ya no le pertenecía.

En aquel proceso de reconstrucción, Enzo se había convertido en su sombra más fiel.

Fiel. Inquebrantablemente paciente.

Había cumplido su palabra de no presionarla. Supo respetar la línea de la amistad, aunque sus acciones hablaran con una claridad imposible de ignorar.

Flores sin motivo aparente.

Caminatas silenciosas al atardecer.

Recogerla después del trabajo.

Llamadas nocturnas para asegurarse de que hubiera llegado bien a casa.

Poco a poco, su presencia se volvió parte de la rutina de Carolina.

Sin embargo, a diferencia de Sebastián, el mundo de ella era reducido.

Tras el divorcio se había distanciado de familiares y amigos. La única amistad que conservó fue Yolanda, pero ella vivía en el extranjero y, aunque seguían comunicándose, ya no era igual.

Todo aquello la llevó a apoyarse en Enzo, quien terminó convirtiéndose en su principal vínculo con el exterior.

Por eso, los rumores sobre ellos nacían entre compañeros de estudios, vecinos y conocidos que los veían juntos con frecuencia y asumían que Carolina finalmente estaba lista para rehacer su vida.

—Te dije la última vez que no es necesario que vengas por mí —expresó Carolina al salir de su trabajo.

—Y yo te dije que seguiría haciéndolo. Es mi manera de estar presente en tu vida —respondió Enzo con una sonrisa.

—Pero...

Carolina calló.

—Seguro ya escuchaste los comentarios —dijo él con tranquilidad.

Ella asintió.

—Y por tu expresión, diría que te molestan.

Ella abrió la boca para responder, pero él continuó.

—A mí me hacen feliz.

—¿Qué?

—Porque ser algo más que un amigo para ti es exactamente lo que deseo.

—En...

—No digas nada. Solo deja que el tiempo haga su trabajo.

Le sonrió con calidez.

—Ahora vamos. Estamos en las semanas finales del ciclo. Si reduces el tiempo de traslado, tendrás más tiempo para estudiar.

—Sí... tienes razón.

Subieron al auto.

Pocos minutos después emprendieron camino.

—¿Cómo va tu tesis? —preguntó Enzo mientras conducía—. A mí me hicieron algunas observaciones. Creo que no podré terminar el ciclo y sustentar como tenía planeado.

—La mía va bien. Mi asesor no me ha observado nada. Incluso me sugirió ingresar la solicitud de sustentación. Si todo sale bien, me graduaré apenas termine el ciclo.

—Sabía que eso ocurriría.

—¿Qué?

—Que te iría bien. Eres una persona muy estudiosa y dedicada. Te admiro mucho, Carolina.

Hizo una pausa.

—Además...

—El semáforo —lo interrumpió ella.

Enzo soltó una pequeña risa.

—Además, eres experta esquivando conversaciones. Pero eso también te hace adorable.

En otro pueblo…

Sebastián escuchaba atentamente lo que Gerardo le comentaba.

—¿Lo dejarás así o harás algo al respecto? —preguntó.

Antes de que pudiera responder, Isabella apareció junto a ellos.




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