Cenizas

Capítulo 22: Con el tiempo

Muchas veces Sebastián y Carolina escucharon decir la frase:

—A veces es mejor dejarlo todo al tiempo.

Sin embargo, tras su divorcio, aquella frase les parecía falsa. Para ambos, el tiempo, en lugar de convertirse en un aliado para el olvido, parecía haberse transformado en el verdugo de su inconsciente.

Sí, hasta ese día.

Hasta el día en que ambos comprendieron que aquella frase no podía ser más cierta. Quizá el problema nunca fue el tiempo, sino la forma en que lo habían interpretado.

Después de más de cinco años desde su divorcio, ambos podían afirmar que sus heridas habían dejado de sangrar. Se habían convertido en cicatrices. Cicatrices tatuadas en sus almas que tal vez nunca desaparecerían por completo y con las que tendrían que aprender a convivir.

La rutina se convirtió en el mejor escudo para evitar que aquellas cicatrices se abrieran nuevamente.

Y el tiempo, en su mayor aliado.

El reloj no se detenía.

Carolina lo comprobaba cada mañana al despertar en su pequeña casa alquilada en su pueblo natal.

Sebastián lo sentía cada vez que iniciaba un nuevo proyecto arquitectónico.

La vida de ambos seguía avanzando, obligándolos a cumplir metas, perseguir objetivos y buscar el éxito.

Porque, con el tiempo, el mundo te exige continuar, aunque una parte de tu alma siga detenida en el pasado.

En un restaurante…

El sonido del celular interrumpió el silencio del vestidor.

Carolina, que terminaba de colocarse el uniforme de trabajo, tomó el aparato con desinterés, esperando otra llamada publicitaria o una nueva respuesta negativa a sus solicitudes de empleo.

—¿Hola? —respondió con calma.

—¿Hablamos con la doctora Carolina Palmer? —escuchó al otro lado de la línea.

Su corazón dio un vuelco.

—Sí, soy yo.

—Le llamamos de la Clínica Veterinaria Amigo Fiel. Hemos evaluado su currículum y su historial universitario. El puesto de médico veterinario adjunto es suyo, si aún está interesada. Puede comenzar el lunes.

Carolina sintió que las piernas le temblaban.

Sus ojos se empañaron de inmediato.

Pero esta vez no fue por tristeza.

Fue por alivio.

Fue por orgullo.

—¡Sí! Por supuesto que estoy interesada. Muchas gracias.

Cuando la llamada terminó, dejó el teléfono sobre la mesa y una enorme sonrisa apareció en su rostro.

La primera sonrisa completamente sincera en mucho tiempo.

—Lo logré... —susurró mientras observaba sus manos—. Por mis propios medios. Soy yo.

Por impulso, buscó un nombre en su agenda.

Pero ese nombre ya no estaba allí.

Su sonrisa vaciló.

La realidad la golpeó con suavidad.

Durante años había imaginado aquel momento.

Había imaginado llegar a casa y contarle la noticia.

Había imaginado verlo sonreír con orgullo.

Había imaginado escucharlo decir:

—Sabía que lo lograrías.

Pero aquella conversación ya no existía.

Solo permanecía en sus recuerdos.

Él ya no estaba.

Ya no podía llamarlo para compartir aquella alegría.

Ya no podía escuchar su voz felicitándola.

Sintió una punzada de nostalgia.

Sin embargo, por primera vez en muchos años, el dolor no fue más grande que la felicidad.

Sí, habría querido compartir aquella noticia con él.

Sí, seguía doliendo.

Pero esta vez el orgullo logró imponerse a la tristeza.

Y aquello también era una forma de sanar.

Respiró profundamente.

—Lo logré —repitió con una sonrisa más tranquila—. De verdad lo logré.

Ese logro era suyo.

Y con el tiempo aprendería a celebrarlo sin mirar hacia atrás.

Horas más tarde, tras culminar su turno, habló con su jefa, le agradeció por la oportunidad brindada y por todos sus consejos.

Luego se despidió de sus compañeros y abandonó el restaurante.

Al salir, encontró a Enzo esperándola, como cada fin de semana.




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