Habían transcurrido seis meses desde que Carolina recibió aquella llamada que le daba la oportunidad de empezar a trabajar como lo que siempre había soñado ser: médica veterinaria.
Seis meses desde que cruzó por primera vez aquella puerta de cristal de la clínica, con su título universitario bajo el brazo y los nervios propios de quien se enfrenta a su primer desafío profesional.
Sí.
Ya no era solo un sueño.
Era una realidad.
Y aunque muchas veces terminaba agotada tras largas jornadas de trabajo, aquel cansancio jamás lograba superar la satisfacción que sentía cada vez que ayudaba a sanar a un animal, al verlo recuperarse de una fractura o al colocar una vacuna que protegería una vida.
—Qué rápido pasó el tiempo... —susurró mientras redactaba el último informe del día.
Cerró la carpeta con cuidado y la colocó en el archivador correspondiente.
Casi por instinto, recorrió con la mirada cada rincón de la clínica.
Aquellas paredes blancas, el aroma a desinfectante, los ladridos lejanos y las voces de sus compañeros ya formaban parte de su rutina.
Una agradable sensación de calidez inundó su pecho.
—Hasta me adapté a este lugar... —dijo con una ligera sonrisa, aunque el cansancio seguía reflejándose en sus hombros—. Solo quiero llegar a casa, preparar cualquier cosa para cenar... y dormir durante un siglo.
Soltó una pequeña carcajada.
Después se quitó la bata blanca, la colgó cuidadosamente en el casillero que le correspondía, tomó su bolso y caminó hacia la salida.
En otro pueblo...
En una de las mesas de un elegante restaurante, Sebastián e Isabella cenaban tranquilamente.
—¿Qué piensas hacer durante este feriado largo? —preguntó Isabella mientras cortaba un trozo de carne.
—Tengo pensado ir a Regia y a Kismet —respondió Sebastián.
—En Regia viven dos de tus amigos, ¿verdad?
—Así es. Tomás y Boris viven allá. Hace tiempo que me insisten para que vaya a visitarlos, así que aprovecharé estos días de descanso.
—Haces bien.
Isabella permaneció unos instantes en silencio.
Mientras lo observaba discretamente, notó algo que no había pasado desapercibido durante los últimos meses.
Las cicatrices seguían allí.
Pero ya no sangraban.
Su sonrisa aún era distinta a la de años atrás, aunque poco a poco comenzaba a recuperar parte del brillo que había perdido después del divorcio.
—¿Y tú? ¿Qué harás durante el feriado? —preguntó Sebastián.
—La verdad... aún no he hecho planes.
—Si quieres, puedes venir conmigo. Regia y Kismet son ciudades muy bonitas para conocer.
El corazón de Isabella dio un pequeño vuelco.
Era la primera vez que Sebastián la invitaba a compartir unas vacaciones.
Sabía perfectamente que aquella invitación nacía únicamente de la amistad.
Y aun así...
No pudo evitar sentirse feliz.
—Acepto.
Su sonrisa iluminó el lugar.
En tanto...
Después de darse un relajante baño, Carolina caminó hasta su habitación.
Justo cuando estaba por acostarse, la pantalla de su celular se iluminó.
—¿Un mensaje a esta hora?
Tomó el teléfono.
Leyó atentamente.
Dra. Palmer: Ha sido seleccionada por la clínica para representarnos en un Congreso Internacional. Mañana recibirá más información en la oficina del director.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
Y una tercera.
Era la primera vez que tendría la oportunidad de asistir a un congreso internacional.
Su pecho se llenó de emoción.
Aquella noche le costó conciliar el sueño.
No por preocupación.
Sino por ilusión.
Al día siguiente...
Carolina escuchaba atentamente las palabras del director.
—Y es por ello que te elegí —decía el hombre de cabello canoso y bigote bien cuidado.
—Muchas gracias, señor. Prometo aprovechar al máximo todo lo que aprenda en el congreso para beneficio de la clínica —respondió Carolina con una leve inclinación de cabeza.
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Editado: 13.07.2026