Cenizas

Capítulo 25: "Cuando el pasado vuelve"

En cuatro habitaciones de un mismo hotel, parados frente a la ventana y observando el anochecer de Kismet, se encontraban cuatro jóvenes. Cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos mientras la noche caía sobre la ciudad.

—Ni siquiera me permitió decirle nada —susurró Sebastián, mientras su mirada perdía el brillo—. Es comprensible, ya tiene un nuevo amor.

Añadió con nostalgia, sintiendo cómo el corazón se le oprimía en el pecho.

—Pero duele... duele mucho —pronunció, llevando una mano a su pecho al tiempo que el rostro de su exesposa inundaba su mente—. Sigue siendo tan hermosa —susurró, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

En tanto, Carolina estaba tan conmocionada por el reencuentro como él; tanto que ni siquiera respondió las insistentes llamadas que Enzo le hizo tras dejarla instalada en su habitación.

—¿Por qué tiene que estar aquí? —expresó, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. Una cosa es escuchar rumores, y otra tenerlos frente a frente, esto es muy doloroso —añadió, dejando caer las lágrimas—. Tal vez lo mejor sea que regrese a mi pueblo.

Se llevó las palmas de las manos al rostro para limpiarse el llanto mientras respiraba hondo, al tiempo que la voz de su subconsciente le recriminaba:

«No, Carolina. No les des el gusto».

—No les daré el gusto. Yo no tengo por qué irme de aquí —pronunció con firmeza, a pesar de la opresión en su pecho.

En la habitación aledaña, un joven de prendas elegantes bebía una copa de vino mientras meditaba a solas.

—Esta tiene que ser mi oportunidad. Sí, no pudo ser mejor —pronunció, llevando la copa a sus labios mientras el recuerdo de una hora atrás regresaba a su mente.

- . Una hora atrás. -

Una joven se soltó del agarre de Enzo, obligándolo a posar su mirada sobre ella.

—No vuelvas a hacer eso —dijo Carolina con seriedad.

—Pero…

—Solo somos amigos —agregó ella con firmeza, continuando su camino por el pasillo.

—Por lo mismo no podía permitir que él te viera desprotegida —pronunció él, apresurando el paso para seguirla.

—¿Desprotegida? —susurró la joven, deteniendo su avance.

—Sí. Él ya rehízo su vida y, aunque tú no has querido rehacer la tuya todavía, pensé que lo correcto sería que él no lo supiera. ¿O hice mal? —añadió el joven con fingida calma.

Carolina guardó silencio. El joven la observó detalladamente mientras esbozaba una leve sonrisa.

—Hiciste bien — respondió ella de forma serena.

—Lo sé, por algo soy tu amigo.

-. Fin del recuerdo: Tiempo actual. -

—Ya es momento de dejar de jugar al amigo comprensivo; es más, hoy ya empecé a jugar mis nuevas cartas —pronunció Enzo, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa ambiciosa.

En tanto, Isabella también estaba sumergida en sus propias reflexiones.

—A veces el tiempo no es suficiente —susurró, evocando lo sucedido poco antes.

- . Una hora atrás. -

Isabella miraba con profunda nostalgia a Sebastián, quien seguía con la mirada entristecida el camino de su exesposa.

—Subamos —le dijo con suavidad, pasando junto a él para abordar el ascensor.

Él no respondió. Ingresó en absoluto silencio y se mantuvo de esa forma hasta que el ascensor se detuvo en su piso.

Isabella respetó su espacio. Sin embargo, tras salir al pasillo, Sebastián expresó unas palabras con tanto sentimiento que le produjeron un fuerte vuelco al corazón de la psicóloga.

—¿Por qué, Isabella?

En ese momento, a pesar de que tenía la respuesta clara, ella no fue capaz de decirla. Solo colocó la palma de su mano sobre el hombro del arquitecto en señal de apoyo.

—Iré a descansar —agregó Sebastián, alejándose hacia su habitación y dejando un eco de dolor en el pecho de la joven.

-. Fin del recuerdo: Tiempo actual. -

En el rostro de Isabella se plasmó una ligera sonrisa.

—Aún la ama... y quizá ella a él.

Agitó la cabeza para aclarar sus ideas.

—¿Puede ser posible? —se preguntó—. Creo que esto no es una simple coincidencia del destino. Quizá es una oportunidad para los dos.

La joven buscó en el bolsillo del abrigo que llevaba puesto.

Sacó su celular y marcó al servicio del hotel.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —escuchó al otro lado de la línea.

—Quisiera información sobre una de sus huéspedes...

Mientras tanto…

Sebastián observaba el anochecer de Kismet a través del cristal de su habitación.

—¿Ya se habrá casado con él? ¿Quizá están aquí en su luna de miel? —pronunció, mientras el corazón se le estrujaba y su mirada se ensombrecía.

Cerró las cortinas y caminó con pesar hacia la cama.

—No tiene caso seguir atormentándome. Yo la perdí hace seis años —susurró, sentándose en el borde del colchón—. Seis años... qué rápido pasó el tiempo. Aunque yo no he podido olvidar aquel día; cada palabra, cada silencio, cada mirada... todo lo llevo grabado en mi mente y en mi corazón.

Su pensamiento se vio interrumpido por el repentino sonido de su celular.

Con pesadez, tomó el mismo.

—Isabella, te dije que no quiero cenar —expresó de inmediato.

—No llamo para insistirte con la cena, sino para darte una respuesta a la pregunta que me hiciste hoy —escuchó.

—¿A qué te refieres?

—Me preguntaste: "¿Por qué?" —continuó ella, mientras Sebastián sentía un frío repentino recorrerle el cuerpo—. Y es porque nadie más que nosotros escribimos nuestra propia historia.




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