El aroma a café recién tostado inundaba el pequeño establecimiento en donde en una de sus mesas una pareja de jóvenes permanecía en silencio.
Uno de ellos observaba fijamente al otro quien tras las palabras que escuchó se encontraba con los brazos cruzados y un visible gesto de amargura.
—Forzar a alguien a quedarse no es salvarlo. — pronunció Isabella con calma.
Enzo posó su mirada en ella.
—Enzo. Carolina necesita sanar su pasado para poder vivir su presente. — expresó Isabella con calma. — Yo estuve ahí. Me enamoré de Bastián, pero entendí que su corazón siempre le ha pertenecido a ella. Aceptar la realidad no te hace débil, te hace maduro.
Añadió ella con calma.
Enzo se quedó en silencio, sintiendo cómo las palabras de la psicóloga golpeaban directamente su orgullo, obligándolo a mirarse en un espejo que prefería ignorar.
Mientras tanto…
Lejos del café, los pasos de Sebastián y Carolina los guiaron de forma casi magnética hacia el Puente de las luces. El sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de Kismet con tonos dorados y rojizos que se reflejaban en las aguas del rio que pasaban bajo el puente. El murmullo de la ciudad parecía desvanecerse, dejándolos a solas con el sonido de la brisa.
Caminaron en silencio durante unos minutos, manteniendo una distancia prudente, hasta que Carolina se detuvo a mitad del puente. Respiró hondo, reuniendo el valor que no había tenido en seis años.
—Sebastián... —comenzó con voz suave—. Necesito decirte la verdad sobre el pasado. Sobre el divorcio.
Él se detuvo y la miró, con el corazón acelerado.
—Durante nuestro matrimonio, me dejé llevar por los comentarios de la gente —confesó ella, bajando la mirada mientras jugaba con sus manos.
Sebastián la miro intrigado, pero a pesar de ello, permaneció en silencio.
—Creí que me estaba olvidando de mí por vivir solo para tus sueños. Quise ser la esposa perfecta que nunca se quejaba, pero me ahogué en mis propios silencios. — expresó con la voz casi quebrada.
Sebastián sintió un fuerte apretón en su pecho.
Ella continuó hablando.
—Me arrepentí... me arrepentí incontables veces de haber firmado esos papeles, pero tuve miedo de buscarte. Pensé que te había herido demasiado y que no merecía tu perdón.
Sebastián se acercó un paso, con los ojos brillando por la emoción contenida.
Quiso abrazarla, pero ella dio un paso a un costado.
—Carolina... yo también tuve la culpa —dijo él, con un nudo en la garganta.
Ella posó su mirada sobre él.
Su cuerpo empezó a temblar, bajo la mirada.
—Me sumergí tanto en mi profesión que no supe leer tu silencio. — expresó con amargura. Incluso llegué a pensar que te había truncado la vida y me invadió la culpa. Pero estos seis años... no ha habido un solo día en que no haya pensado en ti.
Carolina levantó la vista, sorprendida.
—Isabella... pensé que tú y ella...
—Isabella es mi psicóloga y una gran amiga, nada más —la interrumpió Sebastián de inmediato, ganándose un leve sonrojo en las mejillas de ella—. He estado solo todo este tiempo, Carolina. Mi corazón se quedó contigo.
Un suspiro de alivio genuino escapó de los labios de ella.
Su corazón dejo de doler y sintió como una ola de felicidad la invadía.
El peso de seis años de dudas y suposiciones se desvaneció en un segundo.
—¡Disculpa! No debí decirlo, tú estás…
—Sola también — dijo la Carolina con calidez, mientras sus mejillas se teñían de carmín. Enzo es solo un buen amigo. Nos conocimos en la universidad, él también es…
Carolina le comento a Sebastián sobre su amistad con Enzo, y todo el apoyo que recibió de este. También le aclaro que ambos estaban juntos en Kismet por el curso de capacitación, y que tras culminar este aprovecharon para conocer un poco la ciudad.
Ambos confirmaron que el espacio que dejaron seguía intacto.
El silencio volvió, pero esta vez ya no era incómodo; era el silencio tímido de dos personas que se reconocían de nuevo.
Sebastián, rascándose la nuca con esa timidez clásica de su adolescencia, la miró con timidez.
—Carolina... sé que no podemos borrar el pasado. Pero... ¿crees que podríamos intentar ser amigos otra vez? Como al principio. Sin presiones.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco.
Una sonrisa auténtica, de esas que no mostraba en años, iluminó su rostro.
Sus mejillas se tiñeron de rosa.
—Me encantaría, Sebastián. Volvamos a ser amigos.
La mirada del joven se iluminó.
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segundas oportunidades, reencuentros del pasado, amor y crecimiento personal
Editado: 24.08.2026