Cenizas

Capítulo 30: "Salvemos nuestro amor"

Había pasado tres semanas desde que Carolina y Sebastián habían retornado a las ciudades donde radicaban.

Tres semanas en las cuales la comunicación que una vez escaseó comenzó a fluir como un rio desbordado a través de sus celulares.

Carolina le enviaba fotografías de los animalitos que atendía en la clínica, redactando mensajes llenos de entusiasmo por su labor como veterinaria.

Sebastián, por su parte, le compartía fragmentos de su rutina, bosquejos de proyectos y pequeñas notas de voz donde su risa volvía a sonar ligera, libre de la pesadez de los años anteriores.

Ambos hablaban más en esas semanas de lo que lo habían hecho en sus últimos meses de matrimonio.

Aunque la timidez seguía ahí, latente en cada saludo, la complicidad se reconstruía día a día con cada mensaje o breve audio que se enviaban.

En su oficina, Sebastián se encontraba sentado junto a su mesa de trabajo, observando su teléfono con una mezcla de melancolía y anhelo.

—Esa mirada te delata, Bastián —dijo una voz suave haciendo que él levante la mirada.

Isabella le ofreció una botella de agua.

Él asintió con una sonrisa tímida, guardando el celular.

—Hablamos todos los días, Isabell... pero a veces siento miedo de avanzar —confesó el, no quiero arruinar la amistad que acabamos de recuperar.

Isabella lo miró fijamente.

Sus ojos azules cargados de esa sabiduría que había adquirido al sanar sus propias heridas del pasado, aquellas cenizas de la tragedia familiar que tanto le había costado superar, estaban puestos sobre él, observándolo detenidamente, mientras su mente tejía las palabras adecuadas para él.

—Bastián, la amistad es un refugio seguro, pero tú no quieres un refugio, quieres volver a casa —expresó ella con firmeza.

Él asintió sin pronunciar palabra.

—Carolina ya no es la chica insegura de antes, y tú ya no eres el chico que solo anda concentrado en sus creaciones. Ambos han crecido. No te quedes a medias por temor. Da el siguiente paso. Dile lo que realmente dictan tus sentimientos — acotó Isabella.

Sebastián la observó, conmovido por la generosidad de la rubia.

—Gracias, Isabella. De verdad... mereces encontrar una felicidad tan grande como la que me deseas.

—Lo haré —sonrió ella, con una chispa de esperanza en los ojos—. Pero ahora, ve por la tuya.

Mientras tanto…

En otro pueblo, las gotas de lluvia golpeaban los cristales de la clínica veterinaria.

Carolina terminaba de organizar unos expedientes cuando escuchó la puerta de cristal abrirse.

—Sabía que aún estarías aquí — pronunció Enzo, mientras ingresaba al lugar llevando en sus manos dos vasos de bebidas calientes.

—Estás empapado — dijo ella, en tono preocupado.

—Solo unas cuantas gotitas — respondió el joven, con una sonrisa cálida, mientras se acercaba a ella. — Toma, necesitas un descanso.

Pronunció Enzo, extendiéndole el vaso.

—Gracias, Enzo. Por el té... y por seguir aquí —respondió Carolina con sinceridad, mirándolo a los ojos.

Enzo desvió la mirada un segundo, dejando escapar un suspiro resignado.

Él también cargaba con sus propias cenizas, con el dolor de un pasado donde siempre sintió que debía comprar el afecto de las personas debido a su posición económica. Con Carolina había aprendido que el amor no se compraba, y aunque no fuera correspondido, su amistad era real.

—No estoy feliz con que hables con él, no te lo voy a negar — aceptó Enzo con una sonrisa a medias —. Pero prometí ser tu amigo y apoyarte. Si tú decidiste escucharte a ti misma, lo menos que puedo hacer es respetar tu decisión. No me voy a ir a ninguna parte, Caro.

Carolina le sonrió con profunda gratitud.

Se sentía afortunada.

Tenía a personas que, a su manera, la ayudaban a mantenerse firme.

Esa misma noche, el teléfono de Carolina vibró en su mesita de noche. No era un mensaje de texto. Era una videollamada.

Con el corazón acelerado, aceptó la conexión.

La imagen de Sebastián apareció en la pantalla.

Estaba en su departamento, con el húmedo y una expresión de profunda determinación que a Carolina le robó el aliento.

—Hola, Carolina —saludó él.

Su voz sonaba más grave, más madura a través del receptor, tanto así, que hizo que el cuerpo de ella temblara.

—Hola, Sebastián. — pronunció con la mayor calma que pudo. — Qué sorpresa que llames a esta hora. ¿Pasó algo en el trabajo?

—Pasaron muchas cosas, pero ninguna de gravedad…

Conversaron durante casi una hora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.