Un año después...
La vida había florecido para todos de maneras inesperadas.
Sebastián y Carolina se casaron en una boda íntima, pero llena de felicidad.
Carolina continuó laborando en la clínica veterinaria y Sebastián como arquitecto para una constructora de su pueblo natal. Cuando él tenía algún proyecto fuera del pueblo, Carolina organizaba su horario para ir con él, al igual que él lo hacía cuando ella tenía alguna capacitación en otro pueblo.
Pero ellos no fueron los únicos en sanar sus propias cenizas.
Enzo también aprendió a resurgir de las cenizas.
Tras la boda de Carolina, él había pasado por un proceso doloroso de aceptación, pero aquello lo llevó a madurar.
Él decidió utilizar su inmensa fortuna para fundar una organización benéfica de refugios de animales, cuya sede principal se encontraba en su pueblo natal.
Enzo, fiel a su promesa con Carolina, seguía manteniendo su amistad con ella. Pero no solo eso: ambos trabajaban en conjunto, a pesar de no hacerlo en la misma clínica, para beneficio de la fundación.
Un día, mientras supervisaba uno de los refugios del pueblo, conoció a una joven fotógrafa que retrataba a los animales para ayudar a encontrarles un hogar.
Él decidió apoyar su labor, comenzando así una amistad que, con el pasar de los meses y debido a la química entre ambos, se fue convirtiendo en amor.
Fue así como Enzo encontró su verdadero amor: un amor correspondido, un amor real, no unilateral.
Por el lado de Isabella, ella había cumplido la promesa que le hizo a su madre: se había convertido en un pilar para muchas personas, incluido Sebastián en su momento.
Además, durante ese tiempo había tratado más a Carolina, forjando una gran amistad con ella.
Debido a la amistad que tenía con esposos Vallasco, Isabella era invitada a las reuniones que organizaba la pareja. Reuniones en las que pudo tratar más a los amigos de ambos, entre ellos a uno de los amigos de Sebastián que había quedado prendado de ella desde el día en que la conoció.
Isabella llevaba una amistad a distancia con dicho joven, quien, a manera de broma, siempre le hacía notar su interés por ella. Un interés que Isabella también correspondía.
Y cómo no hacerlo. Boris era muy gentil con ella. A pesar de la distancia debido a su trabajo, estaba pendiente de ella a diario, ya fuera a través de un mensaje, una llamada o algún detalle que le hacía llegar mediante alguna agencia.
Detalles que, poco a poco, fueron encendiendo ese calorcito en su corazón que solo se puede sentir cuando alguien comienza a interesarte de verdad.
Un día, al llegar al estacionamiento de la constructora para abordar su auto e ir a su departamento, Isabella se llevó una gran sorpresa: Boris estaba allí, parado junto a su auto.
El corazón de Isabella latió con fuerza.
Hacía semanas que había aceptado que Boris era para ella algo más que un amigo, pero no sabía si ella también significaba algo más para él o si sus palabras solo eran bromas para sacarle una sonrisa.
Pero todo indicaba que él correspondía a sus sentimientos.
Él la esperaba con un ramo de flores y una sonrisa sincera.
Isabella sonrió con timidez, sintiendo un calorcito hermoso en el pecho, mientras él se acercaba a ella.
—¿Te sorprendí? —pronunció él con una gran sonrisa mientras le entregaba el ramo—. Para ti.
—¡Gracias! —dijo ella, con el corazón acelerado—. Sí, me sorprendiste.
Añadió mientras posaba su mirada en el ramo.
Rosas rojas.
Ella sabía perfectamente el significado de aquellas flores.
Le fue inevitable no sentir aquel calor en sus mejillas.
Boris la miró con ternura.
—Solo para dejarlo en claro —pronunció él, tomando una de sus manos entre las suyas—, cada palabra que te dije o que te escribí es cierta. Me gustas mucho, Isa. Quisiera que me dieras una oportunidad para conquistarte.
—Claro que te la doy —respondió con una sonrisa la psicóloga.
Isabella ese día comprendió que sus propias cenizas familiares y personales habían sanado.
Se dio cuenta de que, tras haber sido el faro de luz para tantos corazones rotos, finalmente era su turno de ser feliz.
Tan feliz como lo eran Sebastián y Carolina, quienes ese mismo día recibían la mejor noticia de sus vidas.
—Serán padres —decía un hombre de bata blanca.
Sebastián y Carolina se abrazaron y sonrieron de alegría.
Su amor, ese amor que había pasado por tantas cosas, ahora se veía bendecido con aquel pequeño ser que Carolina llevaba en su vientre.
#2230 en Novela contemporánea
#9763 en Novela romántica
segundas oportunidades, reencuentros del pasado, amor y crecimiento personal
Editado: 29.08.2026